A escasas semanas de que se abran las urnas el próximo 17 de mayo, la izquierda ha decidido que, tras años de reproches, desplantes y portazos en el Congreso de los Diputados, lo mejor para su supervivencia en Andalucía es unirse en un abrazo que tiene más de asfixia mutua que de romance político. Ya es oficial: Izquierda Unida, Sumar, Iniciativa del Pueblo Andaluz, Alternativa Republicana, Partido Verde, Alianza Verde y, finalmente, Podemos, concurrirán bajo una misma papeleta. Han tardado, pero la realidad del manual de supervivencia electoral es tozuda, incluso para quienes prefieren la pureza del grupo mixto a la eficacia de las mayorías.
Resulta enternecedor observar el regreso de Antonio Maíllo, aquel azote del PSOE-A, y actual coordinador federal de Izquierda Unida, quien encabezará la candidatura para recuperar un escaño en el Parlamento andaluz del que se retiró hace años. Su figura emerge como el pegamento necesario para una amalgama de siglas cuya aspiración es reponer en el Gobierno a los mismos a los que cuestionaba tan duramente. En la provincia de Almería siempre ha tenido dificultades para que el votante distinga dóndeempiezan unos y otros. La novedad, sin embargo, no es el retorno de un veterano, sino la claudicación de la formación de Ione Belarra. En 2022, Podemos apuró hasta el último segundo de la prórroga para acabar integrándose como independientes en Por Andalucía, en un alarde de descoordinación que rozó el esperpento administrativo. Hoy, con la debilidad llamando a la puerta y las encuestas soplando de cara para la derecha, han decidido que el paraguas de Sumar y la estructura de Izquierda Unida no son tan "casta" como solían predicar.
La coherencia, ese concepto que en política suele ser etéreo, brilla por su ausencia en esta maniobra. Es digno de estudio sociológico que el 81% de las bases de Podemos haya votado a favor de esta confluencia única, mientras sus élites se han pasado meses dinamitando cualquier puente con Yolanda Díaz. Parece que las bases tienen una percepción de la realidad mucho más nítida que sus dirigentes: o van juntos, o el 17 de mayo se dedicarán a ver la sesión constitutiva del Parlamento desde el televisor de su casa. En la provincia de Almería, donde cada voto es un ejercicio de resistencia para la izquierda, esta sopa de siglas se presenta como la única balsa de salvamento.
Pero el giro de guion no es la unión en sí, sino el destino final de este esfuerzo. Podemos, que desde su púlpito madrileño fustiga diariamente la tibieza del sanchismo y los recortes del gobierno central, se presenta ahora como los voluntariosos escuderos de María Jesús Montero. La actual vicepresidenta primera del Gobierno de España y "mano derecha" de Pedro Sánchez es la apuesta del socialismo para recuperar el Palacio de San Telmo. Es decir, que el voto a Podemos o a Izquierda Unida en las ocho provincias andaluzas servirá, en última instancia, para apuntalar a la figura que mejor encarna la ortodoxia del PSOE.
Pero también Iniciativa del Pueblo Andaluz prefiere ponerse de calzo en el sillón de la dirigente socialista que tanto ha cedido a las exigencias de los nacionalistas catalanes, y tanto ha perjudicado a los intereses andaluces. Es andalucismo de palmeros.
La estrategia es transparente: convertirse en la "muletilla" necesaria. Resulta curioso que Izquierda Unida, que históricamente ha hecho de la crítica al socialismo andaluz su razón de ser, esté ahora dispuesta a alfombrar el camino de María Jesús Montero. Esa misma Montero que, desde Madrid, gestiona los prorrogados presupuestos del Estado que estas formaciones a menudo califican de insuficientes. La coherencia de Podemos, tras su ruidosa salida al Grupo Mixto en el Congreso, queda reducida a una pirueta dialéctica: en Madrid son oposición al sanchismo, pero en Andalucía se ofrecen como socios sumisos para echar al Partido Popular.
Al final, este acuerdo de las izquierdas no parece nacer de una visión alternativa de sociedad para Andalucía, sino del pánico al vacío. En Almería, provincia que sabe bien lo que es ser la última prioridad en las agendas políticas, este baile de siglas suena a música conocida. Se unen no para liderar, sino para condicionar; no para proponer, sino para evitar quedarse fuera de un reparto de poder donde, paradójicamente, aspiran a ser el satélite de aquello que dicen combatir. La política andaluza se prepara para un 17 de mayo donde la supervivencia de unos pocos se vende como la unidad de todos.