Opinión

Lo queremos en Málaga

Rafael M. Martos | Lunes 06 de abril de 2026

Hay que reconocerle a Imanol Pradales una virtud que por estas latitudes parece ciencia ficción: la ambición sin complejos. El lehendakari se plantó en el Palacio de la Moncloa con una lista de pedidos que incluía desde la gestión de los puertos de Pasajes y Bilbao hasta los tres aeropuertos vascos, para terminar pidiendo el Guernica como si fuera un souvenir de la tienda del Museo Reina Sofía. Lo de Pradales no es para criticarlo; es para tomar nota. El mandatario vasco hace su trabajo, que consiste en exprimir la debilidad parlamentaria de Pedro Sánchez para llevarse a casa hasta los óleos de un malagueño universal. Lo verdaderamente sangrante no es que el Gobierno Vasco pida, sino que la Comunidad Autónoma de Andalucía ni está ni se la espera en el reparto de la herencia pictórica de Pablo Picasso.

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La propuesta es clara: el Ejecutivo vasco quiere que la obra se exponga en el Museo Guggenheim Bilbao entre octubre de 2026 y junio de 2027, coincidiendo con el 90º aniversario del bombardeo de Gernika, aunque ya puestos, estoy convencido de que no volverá a Madrid.

Un plan sin fisuras, salvo por el detalle de que los técnicos del Museo Reina Sofía han advertido que el cuadro está tan delicado que un viaje en camión podría dejarlo hecho un puzzle de mil piezas. Pero a Imanol Pradales la química del pigmento le importa poco cuando hay un "objetivo político" de por medio. Mientras tanto, en San Telmo, los representantes andaluces parecen observar la jugada con la misma pasividad con la que se ve llover en la provincia de Almería: con asombro, pero sin mover un dedo.

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El Guernica fue el encargo de la II República para denunciar el horror de la destrucción de esa ciudad vasca de un modo intencionado por tropas fascistas. Pero no debemos olvidar tampco un horror que en febrero de 1937 también tomó forma con la "Desbandá" aquí en Andalucía. Miles de civiles fueron masacrados por tierra, mar y aire mientras huían desesperados por la carretera que une Málaga con la provincia de Almería. Aquella tragedia es el Guernica andaluz, un episodio de la Guerra Civil que guarda paralelismo con el dolor que Pablo Picasso inmortalizó en sus trazos monocromos. Sin embargo, mientras el lehendakari utiliza el lienzo de un andaluz para apuntalar su agenda soberanista y de gestión de infraestructuras, el andalucismo político —desde el institucional de Juan Manuel Moreno Bonilla hasta el de las formaciones más a la izquierda— sigue perdiendo el tren de la reivindicación histórica.

Es casi cómico que la vicelehendakari Ibone Bengoetxea y el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, vayan a sentarse después de Semana Santa para ver cómo "tecnológicamente" se puede forzar el traslado del cuadro. Si la voluntad política de Pedro Sánchez es capaz de ignorar los informes de conservación para satisfacer a sus socios, ¿dónde están los políticos andaluces exigiendo que ese símbolo de "reparación" pase por la tierra donde nació su autor? ¿Dónde está la exigencia de que el Guernica sea también el recordatorio oficial de la matanza en la carretera de Almería, nuestro Guernica?

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La oportunidad de reclamar el patrimonio andaluz se escapa otra vez por el norte. Si el Estado decide que la obra de Pablo Picasso es movible por decreto, lo mínimo que debería hacer Andalucía es levantar la voz y recordar que el autor no nació en las orillas del Nervión. Lo queremos en Málaga porque es suyo, y lo queremos en Andalucía porque nuestra memoria histórica también merece lienzos de primera categoría y no solo declaraciones de buenas intenciones en el Parlamento. De nuevo, asistimos a un banquete donde otros ponen el hambre y nosotros, involuntariamente, ponemos al genio.

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