A ver si nos aclaramos. Mientras usted, lector, se peleaba probablemente con el vecino por una plaza de aparcamiento en el Zapillo o discutía en la cola de la pescadería sobre si el AVE llegará antes que el fin del mundo, hay cuatro personas flotando a miles de kilómetros de la provincia de Almería que nos acaban de recordar lo ridículamente pequeños que somos, aunque Pedro Duque nos confirmara en una visita a la UAL, que sí, que los invernaderos se ven desde allí arriba, desde el espacio.
La misión Artemis II está de vuelta. La nave Orion ya enfila el camino a casa tras haber rodeado la Luna, ese pedrusco blanquecino que tanto gusta de iluminar nuestras noches de moragas y que ahora parece habernos dado una lección de humildad que no terminamos de digerir entre tanto bombardeo y tanto odio.
Resulta que durante el vuelo, los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen se quedaron en silencio absoluto. Un apagón de comunicaciones de 40 minutos mientras pasaban por la cara oculta del satélite. Cuarenta minutos sin cobertura. Piénselo bien. Aquí hay quien entra en un ataque de ansiedad si el WhatsApp tarda tres segundos en marcar el doble check azul o si pierde el 5G al entrar en un túnel de la A-7. Estos cuatro señores y señora estuvieron aislados del planeta entero, en la negrura más absoluta, recordándonos que somos una única humanidad —aunque nos empeñemos en parcelarla— y que nuestra fragilidad es tan real como un bache en la carretera de El Alquián.
Desde allá arriba no se ven las fronteras, ni las razas, ni los sexos. Se ve una canica azul que compartimos a regañadientes.
Sin embargo, la paridad de la NASA sigue siendo un concepto algo elástico, tirando a rácano. En la tripulación solo viaja una mujer, Christina Koch, que representa ella solita al 50% de la población mundial, y un solo hombre negro, el piloto Victor Glover. Un avance, dicen. Menos es nada, supongo, en esta carrera por demostrar quién la tiene más larga... la antena de comunicaciones, se entiende.
Y como no hay éxito sin que alguien intente apropiárselo, ahí tenemos a Donald Trump. El actual presidente de Estados Unidos —el Estado que paga la fiesta— ya ha sacado pecho en su red social Truth Social. Curioso movimiento para alguien que en su momento fue un crítico feroz del programa iniciado bajo el mandato de Barack Obama. Ahora que la Orion no ha estallado en mil pedazos, Donald Trump se apresura a colgarse una medalla que no le pertenece, proclamando que "estamos ganando en el espacio y en la Tierra". Da cierto escalofrío pensar que, con su habitual sutileza, esté ya diseñando mentalmente una base lunar. No para investigar el origen del cosmos, no sean ingenuos, sino quizás para tener un sitio desde donde tuitear —o bombardear, que para el caso es lo mismo— con mejores vistas.
Deberíamos relativizar un poco. Ni gobiernos mundiales de ciencia ficción, ni un pacifismo de ganchillo y margaritas. Simplemente, un poco de cordura. Si la humanidad ha sido capaz de enviar a un canadiense y a tres estadounidenses a dar una vuelta por el vecindario espacial, quizá podríamos ser capaces de no tirarnos los trastos a la cabeza por cada linde provincial. Al fin y al cabo, desde la Luna, Almería es apenas un destello de luz rebotada en los plásticos, y nuestras cuitas, puro ruido de fondo en el vacío.