Hubo un tiempo en el que Vox se esforzaba por planchar el uniforme. En sus inicios, aquel partido que irrumpió con fuerza tras las elecciones al Parlamento de la Comunidad Autónoma de Andalucía se presentaba como el baluarte del orden. Sus filas estaban nutridas por militares retirados, agentes de la autoridad y señores de la judicatura que hablaban con la solemnidad de quien guarda las llaves del cofre del Estado. Eran, o decían ser, gente de orden. Pero el almidón se ha ido perdiendo por el camino, y lo que queda es un partido que ha mutado en algo más parecido a una gamberrada de patio de colegio que a una alternativa de gobierno seria.
Ideológicamente pueden seguir defendiendo lo mismo, pero las formas han descarrilado. El partido que venía a salvar las instituciones ahora es el primero en darles la espalda. No se les ve en los actos oficiales del Día de la Constitución, esa misma Carta Magna que dicen defender, ni tampoco aparecen por las celebraciones del día de Andalucía, la misma institución que, curiosamente, les paga la nómina cada mes a través del erario público... ellos, que criticaba a los nacionalistas por cobrar de un Estado del que reclaman la secesión, como ellos cobran de una institución que quieren destruir... igual coherencia.
La gamberrada no es solo una cuestión de ausencia, sino de actitud. Lo hemos visto en la gestión de los pactos. En Extremadura, por ejemplo, todavía estamos esperando a que la situación se desbloquee porque Vox prefiere supeditar la gobernabilidad a sus propios intereses de marca y ahí sigue María Guardiola tras ganar las elecciones hace unos cinco meses, una parálisis que también han intentado —con mayor o menor éxito— en Aragón o Castilla y León.
Sin embargo, el culmen de esta mutación hacia lo infantil lo hemos vivido en la reciente campaña electoral andaluza. La gran aportación intelectual de Santiago Abascal, caudillo exterminador, ha sido bautizar a Juan Manuel Moreno Bonilla como "Juanma Moruno". Esa es la altura del debate. Más allá del chascarrillo de dudoso gusto, cabe preguntarse por la estrategia: si Vox no va a ganar las elecciones —algo que hasta sus propios datos internos confirman—, ¿con quién pretenden pactar? Resulta difícil explicar a sus votantes que, tras llamar "moruno" al líder del Partido Popular y equipararlo sistemáticamente con el PSOE, se sentarán con él a repartirse los sillones de San Telmo. O es una falta de coherencia asombrosa o, simplemente, les importa más el titular gamberro que la gestión real.
Esta deriva también tiene su versión local en la provincia de Almería. Rodrigo Alonso, diputado por Almería y uno de los rostros visibles de la formación, decidió estrenarse en su presentación en Málaga con una maniobra cuanto menos curiosa. En lugar de desgranar soluciones para los problemas estructurales la provincia o atacar la gestión de la candidata socialista, María Jesús Montero —responsable de las cuentas andaluzas durante años—, prefirió centrar su fuego en Juan Manuel Moreno Bonilla.
Rodrigo Alonso utilizó su tiempo para rescatar el "caso mascarillas" que afecta a exi dirigentes del PP, intentando salpicar al presidente de la Junta con un asunto que, aunque grave y bajo investigación judicial, no parece ser el objetivo lógico para alguien que aspira a formar parte de un bloque alternativo a la izquierda. Llama la atención que contra las políticas históricas del PSOE en Andalucía, Rodrigo Alonso parezca no tener nada que decir en sus mítines más recientes, prefiriendo el desgaste del que debería ser su aliado natural.
La metamorfosis se ha completado. De aquel partido que presumía de rectitud castrense queda una formación que se siente más cómoda en el boicot, el mote ingenioso y la pataleta parlamentaria.