A veces uno tiene la sensación, desde esta esquina de la península que es la provincia de Almería, de que el nivel del debate político en España no es que haya tocado fondo, es que ha empezado a cavar.
Lo de Esther Muñoz, portavoz del Partido Popular y una de las voces más estridentes de su formación en el Congreso, ya no es una cuestión de posicionamiento ideológico, sino de una alarmante carencia de talla institucional y, lo que es peor, de una preocupante desconexión con la realidad.
Resulta que a Muñoz le preguntaron por la retención de un casco azul español por parte de las fuerzas militares de Israel. Un soldado de las Fuerzas Armadas de España, integrado en la misión de paz de la ONU en el Líbano (FINUL), retenido ilegalmente por una potencia extranjera mientras intentaba, precisamente, evitar que la región termine de saltar por los aires. Pues bien, la brillante respuesta de la diputada leonesa no fue la condena, ni siquiera un prudente silencio diplomático por falta de información. No. Esther Muñoz prefirió tirar de ironía de barra de bar, comentando que una hora de retención tampoco es para tanto, que a ella la Guardia Civil la ha parado a veces más tiempo en la carretera.
Hay que tener el cuajo muy fino, o la formación muy escasa, para comparar un control de alcoholemia o de documentación en cualquier autovía con lo que oficialmente es el secuestro temporal de un militar en una zona de guerra por parte de unas fuerzas de ocupación. porque de eso es de lo que se trata ni más ni menos.
Conviene recordarle a la vicesecretaria, por si el cargo se le ha subido a la cabeza antes que los conocimientos de derecho internacional, que lo que hace Israel en el sur del Líbano es una ocupación militar. Comparar a un agente de la Guardia Civil cumpliendo su labor de seguridad ciudadana en una democracia con un soldado israelí encañonando a un representante de las Naciones Unidas es, además de una sandez, un insulto a la inteligencia de los almerienses y de cualquier ciudadano con dos dedos de frente.
Parece que Esther Muñoz tiene una brújula moral que siempre apunta hacia el mismo lado, y no es precisamente hacia los intereses de los españoles a los que se debe. Ya nos regaló un momento glorioso de coherencia intelectual cuando, durante el último festival de Eurovisión, alardeó de haber votado por la canción de Israel sin haberla escuchado siquiera. Así, por principio, por una suerte de fervor sionista que la lleva a arrodillarse ante cualquier decisión del gobierno de Benjamín Netanyahu, aunque ello implique dejar vendido a nuestro propio ejército. Resulta curioso que sea precisamente ella quien luego se desgañite acusando a la izquierda de politizarlo todo, cuando es capaz de convertir un festival de música en un acto de fe política sin pasar por el trámite de usar el oído.
Pero la trayectoria de patochadas de Muñoz no es nueva. En esta provincia sabemos bien lo que es la dignidad y el respeto a la historia, algo que ella pisoteó alegremente cuando se burló de la Ley de Memoria Democrática. Aquella frase de que el Gobierno se dedicaba a gastar dinero en "desenterrar huesos" en lugar de atender otras necesidades fue el preludio de lo que hoy vemos: una falta absoluta de humanidad y de sensibilidad hacia las víctimas, ya sean de la represión franquista o de los bombardeos en Gaza. No se le ha escuchado ni una sola palabra de condolencia por los miles de civiles palestinos asesinados, ni un atisbo de preocupación por la violación sistemática de los derechos humanos.
Quizá el problema sea ese mal endémico de los partidos políticos actuales. Se prima la obediencia y la capacidad de soltar el titular más bárbaro antes que la preparación académica o la experiencia profesional. Se cree que el acta de diputado infunde ciencia infusa, y lo que termina ocurriendo es que tenemos a personas como Esther Muñoz ocupando puestos de altísima responsabilidad sin el nivel mínimo exigible para representar a nadie.
Dimitir sería el acto más patriótico y coherente que podría realizar en su carrera. Defender a un ejército extranjero en medio de una acción terrorista, por encima de un soldado español que se juega la vida bajo bandera de la ONU es, sencillamente, inaceptable. No podemos más que asistir con asombro y desprecio a este espectáculo de mediocridad. Por dignidad institucional y por respeto a las Fuerzas Armadas, Muñoz debería recoger sus cosas y dejar el puesto a alguien que, al menos, sepa distinguir entre un control de tráfico y un conflicto internacional.