La política ha alcanzado ese punto de elasticidad metafísica donde un mismo fuego quema de forma distinta según quién sostenga la antorcha. Vamos, es como si el sol de Almería quemara más a unos que a otros.
Les cuento: En la localidad malagueña de El Burgo, la tradicional Quema del Judas decidió este año que el rostro del mal —ese que debe arder para purificar los pecados colectivos— fuera el de Benjamin Netanyahu. Siete metros de armazón y catorce kilos de pólvora para reducir a cenizas al primer ministro israelí bajo el beneplácito de la alcaldesa, María Dolores Narváez, quien se apresuró a enmarcar el rito en la libertad de expresión y la raigambre popular.
Para el PSOE, cuando las llamas lamen la efigie de un mandatario extranjero en pleno conflicto bélico, estamos ante una manifestación artística y cultural inofensiva, y está el derecho a la libertad de expresión. Sin embargo, la memoria democrática de conveniencia es corta: no hace mucho, cuando el muñeco que se balanceaba y ardía en las protestas de la calle Ferraz tenía los rasgos de Pedro Sánchez, el discurso mutó instantáneamente de la antropología festiva a la denuncia ante la Fiscalía por un presunto delito de odio. Se ve que el odio, como el buen vino, depende estrictamente de la etiqueta y del año de cosecha.
Esta curiosa geometría moral se traslada ahora al plano espiritual. Resulta curioso observar a Pedro Sánchez erigirse en el principal escudero de León XIV tras los exabruptos de Donald Trump. El presidente del Gobierno de España ha salido en tromba a defender al Pontífice, alabando su valentía por sembrar la paz y mostrándose radiante ante la inminente visita papal al Estado. El inquilino de la Moncloa abraza la autoridad moral del Vaticano cuando esta coincide con sus intereses geopolíticos o su retórica migratoria. No obstante, el idilio tiene fecha de caducidad y se llama reforma constitucional.
Mientras Sánchez le pone la alfombra roja al Papa, su ministra de Igualdad, Ana Redondo, trabajan a destajo para blindar el aborto como un derecho fundamental en la Constitución Española. Aquí es donde la coherencia saltará por los aires por el mismo precipicio por el que tiraron al Judas de El Burgo. En el preciso instante en que León XIV cumpla con su cargo y critique la intención del Gobierno socialista de elevar la interrupción voluntaria del embarazo a rango constitucional, el Papa dejará de ser el "sembrador de paz" para convertirse, a ojos de la factoría monclovita, en un injerencista que no entiende la separación entre Iglesia y Estado.
Pasaremos de la defensa apasionada del Pontífice frente al histrionismo de Donald Trump a los reproches por "meterse en temas que no le competen". Es el ciclo sin fin de una política que no busca principios, sino espejos que le devuelvan una imagen favorecedora.
En esta provincia, acostumbrada a que el viento de Poniente lo mueva todo menos las promesas de infraestructuras, ya sabemos que para el actual Gobierno la verdad es un concepto tan volátil como la pólvora de un Judas malagueño: brilla un segundo, hace mucho ruido y termina dejando solo un rastro de humo negro.