Opinión

II República

Angel Rodríguez Fernández | Jueves 16 de abril de 2026

Hoy hace dos días del XCV aniversario de la proclamación de la Segunda República. Recibí salutaciones y felicitaciones de los pocos amigos que aún me creen cuando digo que soy de izquierdas y republicano, y creo que en parte es por culpa de expresar y compartir mis opiniones en este diario.

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Dejado el aniversario tomando cuerpo durante dos días y 95 años , me decido a conmemorar lo que tiene de conmemorable. Llegó ese día la república soñada por Unamuno, Madariaga, Sánchez Albornoz, Ortega, Chaves Nogales, Besteiro, Wenceslao Carrillo… Soy consciente de elegir estos nombres de forma premeditada: son españolitos que querían construir, y para eso no necesitaban destruir. En eso, en destruir, se pusieron manos a la obra otros soñadores republicanos, y el sueño se tornó pesadilla.

Personalmente, el recuerdo va unido a mi familia. A parte de mi familia, la familia paterna: el teniente Benito y sus hijos Benito y Ricardo (abuelo y tíos). Los tres, militares y masones, se quedaron en España como perdedores, como rebeldes a una causa que era la de la rebeldía contra la República. Tres condenas de muerte, dos de ellas conmutadas a cadena perpetua (mi abuelo Benito y su hijo Benito), de las que cumplieron diez años en cárceles franquistas, y una condena a muerte ratificada (mi tío Ricardo, con 19 años).

De esas cárceles franquistas, un poema, con la esquina rota, guardado en uno de los cajones del aparatoso mueble que habitaba el salón de mi niñez, y que cada vez que mi padre lo desplegaba sus ojos se cubrían de ese cristal tembloroso en el que habita la pena. Era una cuartilla destartalada, doblada a trozos ínfimos supongo que para ocultarla de las miradas poco amistosas, al que llamamos “El poema incompleto de Benalúa” (incompleto por el trozo que faltaba y Benalúa por la cárcel de Alicante donde lo escribió mi abuelo).

Mi padre, en los años ochenta, mandó a los periódicos (“La Verdad” de Murcia lo publicó) esta historia, mejor contada, con más verdad —ya sabemos que la memoria degenera—. Yo, casi cincuenta años después, realicé un corto con historias de mis abuelos (el otro, materno, sufrió las persecuciones de las checas en Cartagena) que tuvo algún éxito en festivales por España y el extranjero.

Mi padre, que visitaba con su madre a su padre, mi abuelo, aseguraba que esos versos que aunque no fueron dictados —ya que Benito, mi abuelo, tenía la formación literaria para realizarlos—, pero sí contaron con el asesoramiento de Miguel Hernández. Eso sí, solo queda el testimonio de mi padre, sin poder confirmarlo documentalmente. Comparto alguno de sus versos:

“...¡No me llores, hijo! ¿No ves que me muero sorbiendo tus lágrimas de rabia y con celos? ¡Qué angustia, Dios mío! ¡Qué crueles tormentos! ¡Si hasta de mis hijos me haces sentir miedo!...”

Una República que aprobó el voto femenino, que luchó contra el analfabetismo, que normativamente amplió las libertades, que estructuró el Estado para que pudiéramos convivir… pero no fue así: el sueño se truncó en pesadilla. Una violencia explícita de unos contra otros. Así lo escribió dramáticamente el magnífico escritor y periodista Manuel Chaves Nogales:

“...El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y, con el cuchillo entre los dientes —según la imagen clásica—, va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado...”

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Era un final cantado, triste para una generación en España de concepciones autoritarias tales como “nosotros o nadie”. En el Parlamento se respondía a las violencias verbales con amenazas de muerte, y en las calles el asesinato de un activista de izquierdas se pagaba con la muerte del líder de la oposición de derechas. Huelgas revolucionarias y, cómo no decirlo, quema de iglesias: ese era el espectáculo revolucionario de un Madrid en manos de nadie, lo que hizo que Federico, asustado, regresara a Granada y encontrara la muerte (muy recomendable en RTVE Play ver La clave sobre Lorca, donde aparece el poeta y amigo Luis Rosales, entre otros).

Hoy quise acordarme de ellos, de los que salieron ese 14 de abril a las plazas de España celebrando el advenimiento de la Segunda República y que, más pronto que tarde, se vieron secuestrados por la violencia de unos y de otros en una Europa que dejó a España en manos de los nazis de Alemania, los fascistas de Italia y, en menor medida, los estalinistas de la URSS.

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