Opinión

Cuba y María Corina

Rafael M. Martos | Lunes 20 de abril de 2026

A juzgar por lo visto este último fin de semana, la coherencia política ha pasado a mejor vida, o al menos se ha tomado unas vacaciones largas lejos de aquí. Hemos asistido a un festival del equilibrismo donde los dos grandes partidos han demostrado que la realidad es un chicle que se estira según convenga el titular del lunes.

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En Barcelona, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha puesto la medalla de anfitrión en la IV Reunión En Defensa de la Democracia. Un título pomposo para un encuentro donde se ha hablado mucho de frenar a la ultraderecha y poco, o nada, de las dictaduras que incomodan al ideario de algunos invitados.

Resulta fascinante observar cómo se llena la boca la izquierda con la palabra "democracia" mientras se rodea de líderes como Luiz Inácio Lula da Silva o Gustavo Petro, cuya miopía selectiva con Cuba y Venezuela es ya de estudio clínico. En esta cumbre, el apoyo a la isla caribeña fue explícito, pero la exigencia de libertades civiles y políticas en La Habana brilló por su ausencia. Parece que, para el Partido Socialista, hay autocracias de primera y de segunda: si el dictador viste guayabera y habla de revolución, se le invita a la foto; si no, se le llama amenaza global. ¿Traer la democracia a Venezuela? De eso mejor no hablar, no sea que a José Luis Rodríguez Zapatero se le estropee el papel de mediador eterno.

Pero si en la izquierda llueve hipocresía, en la derecha graniza surrealismo. Alberto Núñez Feijóo ha recibido en Madrid a María Corina Machado con todos los honores. Hasta aquí, todo dentro de la lógica del respaldo a la oposición venezolana. Lo que roza lo cómico es que el líder del Partido Popular afirmara sin pestañear que Machado "ganó las elecciones".

Cualquiera con un mínimo de rigor —ese que a veces falta en los despachos de la capital— sabe que la líder venezolana ni siquiera pudo presentarse debido a una inhabilitación tan injusta como real. Decir que ganó unos comicios en los que no figuró en la papeleta es, cuanto menos, un ejercicio de creatividad política digno de una novela de realismo mágico. Un respeto para María Corina Machado como figura política, desde luego, pero las matemáticas y el censo electoral son tercos, incluso para los asesores del PP.

Lo más sangrante de este sainete dominical es el idilio de la propia Machado con el bloque de la derecha y la ultraderecha española. Resulta paradójico que la esperanza de los venezolanos se abrace a quienes, sistemáticamente, votan en el Congreso de los Diputados en contra de la regularización extraordinaria de inmigrantes.

Es curioso ver a Santiago Abascal y a los líderes de Vox —esos que defienden la "preferencia nacional" por encima de cualquier otro derecho— sacándose fotos con la diáspora venezolana mientras sus programas políticos proponen, básicamente, que un venezolano que paga impuestos en Almería sea siempre un ciudadano de segunda frente a un nacional. Si usted es venezolano, para estos partidos es un héroe si está en Caracas, pero parece ser un problema si intenta trabajar legalmente aquí y pide que se le reconozcan los papeles.

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En definitiva, hemos vivido un fin de semana de abrazos de Judas y fotos de escaparate. En este país nuestro, la política exterior no es más que un decorado para ocultar que, a la hora de la verdad, a unos les sobra la democracia en el Caribe y a otros les sobran los venezolanos en la ventanilla de extranjería.

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