Opinión

Estuve tan ocupado haciendo la crítica que no tuve tiempo de leer el libro

Rafael Sanmartín | Miércoles 22 de abril de 2026

La frase es ¿cómo no? de Marx, Groucho. Y con el humor, crítico y hasta en ocasiones ácido, propio del trío, como todas las frases legadas a la historia y en ese grupo están las del genial actor, es una denuncia. La denuncia de un error hecho horror por la frecuencia y el daño provocado de forma gratuita, por falta de rigor y de responsabilidad en el trabajo encargado a un lector-juez de una obra literaria, y sin embargo reparable con suma facilidad, sólo hace falta voluntad. Pero la voluntad sólo se puede ejercer cuando hay voluntad, precisamente.

Cuando se escribe un libro, con independencia de su calidad, se ha puesto en él todo el genio, toda la imaginación, toda la creatividad, toda la sensibilidad, todo el corazón, toda la mente, el alma y toda la necesidad de comunicación que su autor intenta poner en su obra, unas veces con más, otras con menos fortuna, Pero muchas veces lo juzga alguien sin sensibilidad ni corazón. Es evidente que no todo el mundo puede ser García Márquez ni Cervantes. Pero no por eso es despreciable todo cuanto llegue a manos de un editor, si no es de alguien conocido o no le cae simpático, no le ha “entrado por el ojo” desde el primer momento.

Ese es el caso de cientos de lectores, elevados a “analistas” de textos literarios al ser contratados por empresas editoras para juzgar las obras recibidas. Parece que, ensoberbecidos, auto elevados en el encargo puesto en sus manos —o en sus pies, eso sí que merece un análisis— al encargarles la lectura de textos y con ello el poder de decidir quien pasa la prueba y quien se queda fuera por su única e inapelable voluntad. Demasiada responsabilidad acogida muchas veces sin asumirla. Se han dado casos como recibir una novela después de un acuerdo con el correspondiente director de ediciones y recibirla devuelta sin siquiera abrir el sobre, con una nota indicando “no entra en nuestra línea de edición”, excusa muy frecuente, aunque resulte imposible conocer su “línea de edición”, o un negativo y tajante rechazo con el pretexto de “no publicamos novelas”, cuando en su catálogo cuentan con al menos dos sellos dedicados a creación literaria, a ficción, o sea: a novela. O exijan “que la novela sea escrita en tres actos”, cuando los tres actos están perfectamente diferenciados en sus puntos de giro, o la afirmación del crítico “tiene múltiples faltas de ortografía” y sin embargo nueve lectores beta no hayan encontrado ni una sola.

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Cada editor tiene derecho a elegir sus preferencias que, no se olvide, siempre serán subjetivas, porque —no se nos eleven por si los batacazos— sólo son personas. Y como personas deben comportarse. Al menos, así deberían actuar. Como personas honradas (no decimos “honestas” porque, aunque esté de moda, la honestidad es otra cosa), comprometidas con la mayor objetividad posible, en cuanto eso conduce a la Justicia. Por tanto, junto con el derecho que le asiste, también y en la misma medida, le obliga la responsabilidad de asumir sus errores, que también los tiene y muchas veces, más de los debidos, errores tan de bulto, por su volumen difícil darlos por simples equivocaciones (también responsabilidades que deberían ser reconocidas y resueltas por quien las comete, antes de rechazar algo sin el debido y debería ser obligado, análisis). Recuérdense casos como los de The Beatles, María Ostiz, Bizet o Mozart en lo relativo a enjuiciamiento de su obra, por citar alguno. Pero los errores se pueden resolver, casi siempre, con voluntad y honradez. Ausente de ambas virtudes está la lectura de quien afirmó, como parte de sus razones para el rechazo, “la novela, que se desarrolla en Sevilla-este…” Error u horror, más lo segundo, porque esta zona de Sevilla sólo se menciona una vez, en la página cuatro, en toda la novela. Es obligado deducir que el lector o lectora hizo el juicio después de haber leído… ¡las cuatro primeras páginas!

Editar es una gran responsabilidad. Por eso y por interés de la empresa, el encargo debe ser atendido de forma absolutamente responsable. No basta con la comedia de ser “mordaz”, “agudo” e “incisivo”. Y si cansa, es mejor descansar; y dedicarse a algo dónde el fallido revisor pueda encajar y en vez de destructor de ilusiones sea útil a su trabajo. También en beneficio de la empresa que le paga.

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