Opinión

La arrogancia del corrupto

Angel Rodríguez Fernández | Jueves 23 de abril de 2026

El corrupto que se precie debe ser como el adúltero clásico cuando es pillado en la cama con su amante en una infidelidad flagrante: no solo lo niega, sino que convierte su defensa en un esperpento de dignidad y orgullo. Estamos en tiempos convulsos, en los que negar lo evidente y tirar pa’lante es de obligado cumplimiento para cualquier político, hasta que, a un metro del precipicio, se van descolgando jefes y camaradas para no caer al vacío con él.

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Esta marca de estilo es rubricada con el lema: “Podría estar en medio de la Quinta Avenida y disparar a alguien, y no perdería ningún votante”, que decía Trump, dando por hecho que el mismo muerto, si fuera votante, volvería en plan zombi y votaría por su candidatura. Tal vez, si Trump hubiera vivido los días del Watergate, habría negado audios, filtraciones y documentos para pasar al ataque y tachar de feos a Woodward y Bernstein, los periodistas que destaparon esa trama de escuchas en la sede del Partido Demócrata, y de ser un chico malo a Garganta Profunda (título que quedó para quienes, con su testimonio, confirmaban una trama de corrupción, siendo su origen una de las primeras películas pornográficas modernas, en las que se veían escenas de sexo explícito en primer plano: “Deep Throat”).

Nuestra democracia más reciente también tiene sus referentes. “No he recibido dinero ni de Flick ni de Flock”, decía un Felipe González acosado por la trama del “caso Flick”.

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O el famoso SMS (para los más jóvenes, una especie de señal de humo primitiva de nuestros móviles más antiguos, los “zapatófonos”): “Luis, sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo”. Le pedía fortaleza, y él dio un punto más: arrogancia. Más adelante moduló sus declaraciones y llegó tarde a colaborar; esta semana lo vimos lamentando la pérdida en la nube de grabaciones con su jefe, M. Rajoy.

Pero es de justicia volver a la actualidad, ya que Nixon está muerto, a Felipe solo le hacemos caso los fachas y Rajoy poco o nada tiene que ver con los dirigentes del actual Partido Popular: ya pagó en los juzgados primero, en el Parlamento después y sus éxitos electorales pírricos más tarde, sus penas pasadas.

Estos días tenemos en los juzgados el caso Mascarilla y el caso Kitchen, un desfile de presuntos corruptos ahora en las salas judiciales, un poco menos arrogantes.

Sin embargo, en una de las sedes de la voluntad popular han desfilado distintos actores sobre presuntos casos de corrupción. Ahí sí que la arrogancia se manifiesta en todo su esplendor. “La Paquí” y “Cerdán” se han atrincherado en un silencio arrogante. Ella, deslizando su móvil con una agilidad envidiable, ajena a la lista de curiosidades que sus señorías querían resolver; ella, dale que te dale. En los centros educativos sabemos del perjuicio que ha provocado el smartphone en la atención de nuestro alumnado, tan necesario en el aprendizaje: se han prohibido y, a veces, requisado. ¿Por qué no se hizo con la señora Dª Francisca en el Senado? Ella solo paralizó el scroll infinito cuando una senadora la citó como “La Paquí”. Por ahí no: ese apelativo vulgar y machista la hizo revolverse de su sillón y volvió de lo virtual a lo real. “No soy La Paquí, eso es clasista”, le dijo a la senadora de UPN, María Caballero, que veía una y otra vez frustrados sus intentos de conocer el carácter de los pagos con tarjeta a cargo de Servinabar.

Ahora me toca confesar y disculparme, y bajar de mi arrogancia mi pequeña corruptela. Le pido disculpas a usted, señor lector, que ha completado la lectura de este artículo, ya que mi intención no era tanto la denuncia de arrogantes y corruptos personajes sino colar a mi director una viñeta humorística, que es lo que realmente me gusta hacer. Lo siento, espero volverlo a hacer.

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