Hay tradiciones en esta provincia que son inamovibles: el viento de Levante cuando decides ir a Genoveses, la arena en los ojos y ese esqueleto de hormigón que preside la playa del Algarrobico en Carboneras como si fuera el tótem de nuestra propia incapacidad colectiva. Se acerca la campaña electoral y, como si de una procesión se tratara, ya empiezo a notar esa inquietud en el ambiente. Esa pregunta que flota en el aire antes de que el primer candidato se baje del coche oficial: ¿cuándo aparecerá el tema del derribo del hotel?
Es el ejemplo paradigmático de que la realidad es tozuda, compleja y, sobre todo, mucho más difícil de gestionar que un discurso desde un atril con el Mediterráneo de fondo. Porque prometer es gratis, pero demoler, por lo visto, sale carísimo en términos de voluntad política.
Si echamos la vista atrás —no mucho, apenas unos 14 meses—, recordaremos aquel 10 de febrero de 2025. Por aquel entonces, la hoy candidata del PSOE a la Presidencia de la Junta de Andalucía, María Jesús Montero, todavía ejercía como vicepresidenta del Gobierno y ministra de Hacienda. Se plantó en la arena, frente al mamotreto, y con una rotundidad propia de quien tiene las llaves del inmueble, aseguró que en cinco meses el hotel desaparecería. Aquello de los "cinco meses" sonó a música celestial para algunos, pero el calendario, que es un juez bastante más severo que cualquier tribunal de instancia, nos dice que ha pasado más de un año y el hotel sigue allí, imperturbable, recordándonos que el papel —y la arena— lo aguanta todo.
A la secretaria general del PSOE de Andalucía se le suele olvidar siempre que si el hotel sigue ahí es por culpa de los socialistas. Es un juego de trileros institucional fascinante. Resulta curioso que nunca llegue a mencionar cómo llegó ese hotel a ocupar lo que no debía. No querría yo ser quien tuviese que anotar que el inicio de esta odisea tuvo el sello de un alcalde socialista, Cristóbal Fernández, quien tras ser condenado por un delito electoral fue indultado por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, curiosamente también socialista, permitiéndole volver al cargo. Tampoco hace falta insistir en que el proyecto contó en su día con los parabienes de la Junta de Andalucía cuando el PSOE la gobernaba, ni que recibió el visto bueno bajo el mandato de Zapatero. Pero ahí sigue el hotel, y ahí siguen las sentencias, acumulando polvo en los despachos mientras los políticos se lanzan el ladrillo unos a otros.
No es que uno quiera ser malpensado y acusar a nadie de falta de ganas. Dios me libre. Pero es que la memoria es, a veces, demasiado buena. Cuando Juanma Moreno llegó a la presidencia de la Junta de Andalucía, su entonces consejera de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible, la almeriense Carmen Crespo, fue tajante en su primera rueda de prensa en la sede del Gobierno andaluz en Almería. Dijo que se haría lo que dictara la justicia, que la justicia decía que había que demoler y que se coordinarían con el Gobierno central. Ha pasado una legislatura entera, ha pasado otra, y el 17 mayo comenzará la tercera, y el hotel sigue allí, sirviendo de fondo para selfis de turistas despistados y para promesas de políticos con prisa.
Lo que resulta verdaderamente increíble es el cinismo de vender plazos imposibles a sabiendas de que la maraña administrativa y judicial es un laberinto sin salida rápida. Que María Jesús Montero se pusiera a sí misma una fecha de caducidad de cinco meses el pasado 10 de febrero de 2025 es, cuanto menos, un ejercicio de optimismo antropológico que roza la tomadura de pelo.
El Algarrobico no es solo un hotel ilegal; es el monumento al "ya si eso, mañana". Es la prueba de que, en campaña, la excavadora siempre está arrancada, pero en cuanto se cierran las urnas, parece que a todas las administraciones se les acaba el gasoil al mismo tiempo. Mientras tanto, los almerienses seguimos esperando, no sé si el derribo o simplemente que dejen de tratarnos como si no supiéramos contar los meses en el calendario.