Opinión

Que se vayan, se vayan, se vayan

Rafael M. Martos | Lunes 27 de abril de 2026

Cualquiera que peine canas recordará con una mezcla de ternura y sorna aquellas mañanas de domingo en las que la ciudad se despertaba con el eco de cánticos que hoy sonarían a delirio lisérgico. Eran los años de la adolescencia precoz, esa época en la que uno salía a la calle con la bandera verde y blanca en una mano y una pancarta de "OTAN NO, bases fuera" en la otra. Quién nos iba a decir, mientras entonábamos aquello de «plantaciones de marihuana en las bases americanas» o cantábamos con una ingenuidad casi bucólica «que se vayan, se vayan, se vayan/ que se vayan los yankees de aquí/ No queremos estar en la OTAN/ de la OTAN queremos salir», que el guion de esta película daría un giro digno de un mal episodio de Black Mirror.

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Resulta que ahora es el mismísimo Donald Trump, ese hombre cuyo tono de piel compite en intensidad cromática con un atardecer en el Cabo de Gata, quien amenaza con dar el portazo. El mundo al revés: los que gritábamos que se fueran estamos asistiendo al espectáculo de ver cómo el dueño del cortijo amenaza con quemar las escrituras porque el resto de los invitados no le pagan la fiesta al nivel que él exige. La geopolítica tiene estas cosas; es capaz de convertir un eslogan antisistema en una política de despacho en Washington.

El conflicto actual con Irán ha sido el detonante de una nueva rabieta del presidente Donald Trump, se ha sacado una guerra de la manga, una de esas producciones unilaterales donde no ha consultado ni con la estructura de la OTAN ni, por supuesto, con la Unión Europea. La soberbia es un rasgo muy propio del magnate, pero pedir que los países de la Unión Europea le secunden en sus aventuras militares sin haber compartido siquiera el índice del plan es, cuanto menos, optimista. O cínico.

En este tablero, España se ha plantado. No se le permite a Estados Unidos el uso discrecional de las bases de utilización conjunta para sus planes personales. No es una cuestión de cortesía, es una cuestión de rigor jurídico y respeto a los tratados. Si el Gobierno que preside Pedro Sánchez, a través de su Ministra de Defensa, Margarita Robles, decide que Rota o Morón no son el patio de recreo para una ofensiva no consensuada contra Teherán, está simplemente ejerciendo la soberanía que tanto reclamábamos en aquellas manifestaciones juveniles. Es curioso que lo que antes era un grito de rebeldía callejera, hoy sea una nota de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores que dirige José Manuel Albares.

La hipocresía internacional alcanza niveles estratosféricos cuando Donald Trump reprocha a los aliados no llegar al 2% del PIB en gasto militar mientras él desprecia la propia esencia de la alianza atlántica actuando por libre, vamos, que quiere que le paguemos la fiesta. Si quiere que la OTAN le acompañe, debería haber contado con el Secretario General, Mark Rutte, y no tratar a los aliados como simples figurantes de su campaña militar a mayor gloria del genocida Benjamín Netanyahu.

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Aquellos adolescentes que a los 14 o 15 años recorríamos las calles entre banderas andauzas y ecologistas, hoy miramos el televisor con una ceja levantada. Resulta que el imperialismo ha descubierto que el aislamiento también es una opción de marketing. Si tanto insisten en que la alianza no les sale a cuenta, si tanto les molesta que el España, Francia, Alemania o Reino Unido no les preste el suelo para sus bombardeos por cuenta propia, la solución es sencilla y ya la teníamos escrita en las pancartas de hace décadas. Que se vayan.

Podríamos recuperar la sintonía, actualizar los instrumentos y dedicarles una última serenata desde este rincón del sureste peninsular. La letra, ajustada a la realidad de 2026, quedaría algo así: «que se vayan, se vayan, se vayan, si se quieren ir; no los queremos en la OTAN, de la OTAN los queremos ver salir».

No crean, todo es posible. Aquel Felipe González y aquel PSOE que llegaron al Gobierno con el «OTAN de entrada No», acabaron pidiendo el Sí en el referendum y dirigiendo la Alianza Atlántica... después de tanta vuelta, va a resultar que el sarcasmo de la historia es el único dato que nunca falla.

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