Dicen que Bettino Craxi se marchó de España con una frase breve como un veredicto: “manca finezza”. Falta finura. Y uno imagina a Felipe González acompañándolo por los pasillos largos de una democracia recién estrenada, enseñándole las costuras aún visibles del traje, orgulloso de la hechura y, a la vez, consciente de los hilos sueltos que todavía colgaban.
España era entonces un país que aprendía a pronunciarse a sí mismo. Había una prisa noble por ser moderno y parecer Europa. Pero en esa prisa se confundió velocidad con consolidación, como si bastara llegar para haber llegado bien. En esa aceleración no solo se perdía el matiz, sino el tiempo necesario para que las decisiones adquirieran forma y no solo dirección. La política como oficio de orfebres y no como herrería. Ahí, en ese filo, cabe la frase de Craxi.
González, que entendió como pocos el poder de la palabra, eligió la eficacia frente al arabesco y entendió que gobernar era avanzar, cerrar acuerdos y domar inercias. Y lo hizo. Pero también dejó
al final de su mayoría absoluta escenas concretas -la gestión del desgaste político, la acumulación de sombras que nunca terminaron de aclararse- episodios donde el fondo avanzó más rápido que la forma, sin tiempo para sedimentar del todo las consecuencias. Y la “finezza” -esa delicadeza que no es debilidad, sino precisión- quedó arrinconada, como un lujo inapropiado.
Es precisamente esa ausencia de finura la que hoy asoma en los aspavientos de González hacia la actual dirección de su partido, el PSOE. No tanto por lo que dice, sino por el modo en que lo expresa: entrevistas donde la discrepancia se convierte en descalificación o silencios que pesan más que los argumentos. No es solo un problema de estilo, sino de efecto político en la cohesión interna de un espacio ya tensionado.
Resulta paradójico que quien exigió lealtad de hierro hoy la dispense con cuentagotas, olvidando que el líder del PSOE, Pedro Sánchez, encarna la legitimidad de las siglas que él mismo ayudó a levantar. No hay “finezza” en el desdén público hacia su sucesor cuando ese gesto, más que corregir el rumbo, contribuye a erosionarlo desde dentro.
Y son dolorosas sus últimas advertencias. Anunciar una abstención en las próximas generales como “forma política de oposición” no es una lección de Estado ni de partido, sino un despropósito. Supone intervenir en el equilibrio político desde fuera del terreno de juego, sin asumir el coste directo de ese movimiento. Y así, Felipe no solo falta a la cortesía debida a su secretario general, sino que se desliza hacia un papel más ruidoso que influyente.
Ahí queda la frase, como quedan las buenas frases: suspendida en el aire de una época, esperando a que Felipe la escuche de verdad. Y quizá su vigencia consista precisamente en eso: en recordarnos que la política no se mide solo por lo que consigue, sino por el modo en que lo deja todo colocado cuando abandona la escena.
Como un despacho apagado a última hora, con los papeles aún abiertos sobre la mesa, la luz encendida en una sala vacía y la sensación de que alguien acaba de salir sin cerrar del todo la puerta.
Y cuando la recuerdo, ya no habla ni de entonces ni de ahora. Habla de un modo de hacer política que decide, en silencio, si una democracia es solo eficaz… o también digna de ser recordada.