Opinión

No seas un hombre, hijo mío

Angel Rodríguez Fernández | Martes 05 de mayo de 2026

“Yo, de verdad, de todas las cuestiones más complicadas que me he encontrado en este ministerio hay una, y es el fútbol. ¿Y sabe por qué? —menos mal que el fútbol femenino cada vez tiene más fuerza—. Porque hay demasiado hombre”. Aplausos. Milagros Tolón, ministra de Deportes.

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No hay día que me mire al espejo y no maldiga al destino por haberme hecho hombre. ¿Se figuran ustedes a un ministro de la cosa diciendo: “El problema de la natación sincronizada es que hay demasiada mujer”, y, a continuación, una salva de aplausos? Y sigue la política de la confrontación, de buenos y malos, de muros, de fascistas y machistas. ¿Será esta expresión susceptible de ser llamada hembrista? ¿Puede una ministra de un gobierno de progreso declararse hembrista?

Política para dummies, en un país que busca en los libros de autoayuda su redención. “Tenemos los políticos que nos merecemos”. O al revés: la política genera ciudadanía de cuarta clase. Empezamos por legislar cargándonos la presunción de inocencia, promovemos los jurados populares fuera de los palacios de justicia, los linchamientos sociales, y luego nos extrañamos de que nuestros jóvenes, más ellos que ellas, caigan en manos de la ultraderecha.

No en vano, el grito desesperado: “¡El rey está desnudo!” en el cuento que Hans Christian Andersen tituló “El traje nuevo del emperador” lo puso en boca de una niña. Es difícil entender en las cabezas adolescentes que ellos deben pagar las facturas de sus hermanos mayores, que en su generación se cobrará una historia de machismo y desigualdad, que no solo debieran pedir perdón, sino que serían tildados de presuntos culpables de algo. La ministra lo tiene claro: culpables de la complicación en el fútbol.

A la ultraderecha no le importa admitir que el rey está desnudo; no es que sean niños, son más bien borrachos, remitiéndonos a la frase “solo los borrachos y los niños dicen la verdad”, diablos viejos que conocen el alma del votante. Su aspiración es desbancar la idiotez extrema por otra idiotez extrema.

Y así vamos, pendulazo tras pendulazo, eterno como el péndulo de Foucault. ¿No sería más razonable plantar cara a la ultraderecha con la moderación? ¿No es lo contrario del desequilibrio la ecuanimidad? En España parece ser que no. El antifascismo que muchos proponen tiene grandes dosis de fascismo, o si no que se lo digan al periodista de El Español: José Ismael Martínez, linchado por una multitud “antifascista” por cubrir una noticia que no era del gusto de los “antifascistas”.

Otro periodista, Manuel Chaves Nogales, puso pies en polvorosa en cuanto pudo tras el comienzo de la guerra “incivil”. Él conocía a los violentos de ideologías extremas, unidos en sus métodos, separados por sus ambiciones; entrevistó a Goebbels, se perdió por Europa y dio por perdida a España. La tercera España, esa que convive en bares y grupos de amigos, y que determinados políticos quieren en trincheras, no en las barras de un bar; no para defender ideas, sino para defender sus puestos y su forma de vida.

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Pablo Hasél milita en este moderno antifascismo que no termino de entender. Ahora lleva unos años en la cárcel por enaltecimiento del terrorismo, con una condena ratificada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Como dije de Vito Quiles, este activista-agitador tampoco me gusta, ni él ni sus canciones, pero tampoco me gusta que siga en la cárcel. Una democracia militante como la nuestra no puede permitirse esta circunstancia. Que salga, que cante, que insulte si quiere y que se deje insultar, aunque yo preferiría que razone y se deje razonar, pero esa es harina de otro costal.

Un muro de insultos y descalificaciones nos separa, nada que objetar, con la esperanza de que no pasemos de las palabras a los hechos, que estas rítmicas amenazas no se sustancien y que los insultos amainen, decaigan por la propia desgana de vivir enfrentados. Que la España mayoritaria, la que desea convivir en paz, se exprese en las urnas o donde sea y devuelva a los violentos, los que prefieren la confrontación al entendimiento a la marginalidad.

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Y yo, por mi parte, trataré día a día de ser menos hombre, para no complicar a la ministra Milagros Tolón su trabajo… y que Rudyard Kipling me perdone.

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