Opinión

Que todo siga como antes

Rafael M. Martos | Jueves 07 de mayo de 2026

En la política actual, venderle hielo a un esquimal es de aficionados. El verdadero arte, ese que se destila en los despachos donde el aire acondicionado siempre está demasiado alto, consiste en prenderle fuego al iglú para luego cobrarle al inquilino por el uso de la manguera. El ejemplo más refinado de esta pirotecnia electoral nos lo está brindando Donald Trump desde Estados Unidos. Lo que en Almería llamaríamos "hacer un pan como unas tortas", en el Despacho Oval se vende como alta estrategia geopolítica.

No hace tanto, el Estrecho de Ormuz era un lugar donde los petroleros circulaban con la aburrida parsimonia de quien espera turno en la Seguridad Social. No es que Irán fuera un balneario democrático —las teocracias suelen tener esa molesta costumbre de recortar libertades—, pero el equilibrio, aunque precario, mantenía el barril de Brent en cifras que no obligaban a los agricultores almerienses a hipotecar un riñón para llenar el depósito del camión. Sin embargo, Donald Trump decidió que la calma era poco televisiva. Sin consultar a la OTAN y ninguneando a la Unión Europea, el presidente estadounidense ha tensado la cuerda hasta que el estrecho se ha cerrado de facto, disparando el crudo por encima de los 120 dólares este marzo de 2026.

Ahora viene el giro maestro del populismo: tras dinamitar la estabilidad energética global y poner contra las cuerdas a países como Arabia Saudí, Catar o los Emiratos Árabes Unidos, Donald Trump se viste de bombero. El mismo que amenazó con "eliminar a Irán en una noche" ahora pretende que le pongamos una medalla por conseguir que las cosas vuelvan a estar, en el mejor de los casos, exactamente como estaban antes de que él metiera la mano. El éxito, nos dicen, es recuperar la normalidad que ellos mismos destruyeron. Es una victoria pírrica donde los muertos, las infraestructuras destruidas y la inflación galopante son solo "daños colaterales" en el camino hacia su reelección.

Este modelo de negocio político ha cruzado el Atlántico y ha echado raíces en España. Lo observamos estos días en Andalucía, con la campaña de las elecciones autonómicas del próximo 17 de mayo en pleno apogeo. Algunos actores políticos se dedican a importar el manual de Donald Trump: generar incendios sociales o institucionales donde no los había para luego presentarse como la única fuerza capaz de apagar las llamas. Y en España la cosa no es muy distinta.

Los almerienses, que sabemos lo que cuesta que el agua llegue al grifo y que el camión de hortalizas llegue a Perpiñán, este espectáculo resulta especialmente irritante. Mientras en el ámbito internacional se juega con el suministro energético en el Golfo Pérsico, aquí sufrimos las consecuencias reales de esos juegos de artificio. El populismo no busca solucionar problemas; busca perpetuarlos para que la solución siempre dependa de su presencia. Después de tanto ruido y tanta furia, nos quedamos como estábamos, pero con el bolsillo más vacío y la sociedad más fracturada. Un negocio redondo, siempre que no seas tú quien paga la factura.

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