Opinión

Puertas, ventanas y espejos

Angel Rodríguez Fernández | Sábado 09 de mayo de 2026

“Cortina de hormigón, especulación y sueño en la Almería de los años 60”. Bajo ese título, en el Museo de Almería nos encontramos con una exposición que recuerda el nacimiento de algunos de los edificios surgidos a partir del boom inmobiliario de los años 60, relacionado con pinturas, postales y otros fetiches más o menos kitsch.

Es un acierto el término de “cortina” en contraste con el “hormigón”; podría haber optado por “hormigón de seda”. Ese concepto de cortina de hormigón se refleja en uno de los paneles de la exposición, un panel monumental que, siguiendo el skyline de nuestro paseo marítimo, apunta fechas, autores y siluetas. Giradas, alzadas unas, sumergidas otras, se muestran en una composición discontinua de alturas, surgidas de forma indiscriminada por la voracidad y el poco escrúpulo de promotores y responsables políticos de los años 60. Hemos de decir que esta ansia de dinero y hormigón no la detuvo ningún plan urbanístico; solamente fue aminorada por las crisis económicas o la escasez de suelo.

De entre los esperpénticos edificios turísticos, como un oasis de mesura, se pueden observar en ese gráfico casonas de Guillermo Langle, el arquitecto por antonomasia de Almería, como lo fue Antoni Gaudí en Barcelona o Víctor Beltrí en Cartagena, hilo conductor de los distintos regímenes políticos: Restauración, República y Dictadura. Como ejemplo, la casa donde desde hace tres décadas reside el Bar París, allí donde humea su clásico chorizo al infierno, que a más de uno nos ha chamuscado el bigote por la impericia propia del neófito.

Este panel se interrumpe, creo recordar, en el Palmeral, mas allá el paseo sigue teniendo vida, y dos buenas razones para no abandonarlo. Una es la conservación y rehabilitación del Chalet de la Marina, de otro de los grandes arquitectos almerienses, Enrique López Rull, en este caso gracias a las resilientes y persuasivas actividades de la Asociación Amigos de la Alcazaba, que han conseguido no solo paralizar su derribo, sino propiciar su restauración.

La segunda se refiere, siguiendo ese paseo hasta el delta del Andarax, donde habita la puerca —amiga de los almerienses que periódicamente vienen a verla hocicar—, a los antiguos búnkeres de la República, la Guerra Civil y la Dictadura, que se encuentran en un estado lamentable: una hilera de memoria histórica que sería pacto del olvido si no fuera por historiadores como Francisco Miguel Guerrero, historiador, magnífico actor, compañero y amigo —y es por este orden por el que lo nombro—, que los ha estado defendiendo durante los últimos veinte años de su ruina. El último impulso llegó en el Parlamento andaluz, donde defendió que fueran nombrados Bien de Interés Patrimonial.

Durante decenios, Almería ha devorado joyas del arte modernista y defecado verdaderas monstruosidades en su lugar. Incluso en el paseo, que ahora podemos observar en todo su esplendor, han sucumbido casas por este interés predominante de la especulación. Cuando llegué a Almería era noticia reciente —y así recuerdo que me la contaban— el bolazo de Puerta Purchena: una plaza con varias esquinas, una de ellas el edificio de las Mariposas, y enfrente cuentan que otro edificio modernista sucumbió de un día para otro a la eficaz bola de acero de la construcción.

Aún hoy persisten edificios modernistas e históricos. Si se pasea con cronistas de nuestra ciudad —y yo he tenido la suerte de hacerlo con mi amigo José María Verdejo— se conocen curiosidades y datos que aún se pueden leer entre sus piedras y enrejados. Por el paseo, y como aquella casa del viejecito de la maravillosa película de animación “Up”, aparecen casas llenas de historia amenazadas en las alturas por sus arrogantes hermanas, no mayores, pero sí más altas y engreídas.

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En Almería han convivido dos almas: una, la del canibalismo inmobiliario; otra, la del gusto y la preciosidad. En esta segunda cabe destacar la restauración y uso de Casa del Cine, Museo de Doña Pakyta, Cortijo Fischer o la mas reciente la restauración y conversión en museo del hospital provincial.

De la Casa del Cine, MUREC y del Museo de Doña Pakyta disfrutamos almerienses y turistas: exposiciones, conferencias y actos culturales. El Museo de Doña Pakyta nos regala de forma permanente la obra de los indalianos Jesús de Perceval, Miguel Cantón Checa o Luis Visconti, además de magníficas exposiciones temporales.

Tal vez sea el Cortijo Fischer el edificio público restaurado menos accesible, el gran desconocido solo unos pocos elegidos pueden disfrutar de sus suelos, salas y jardines. Es utilizado desde hace unos años por el Instituto de la Mujer, después de que se trasladara la Delegación de Educación al que llamaron en su momento “El titanic”.

Aprovecho la ocasión para poner en valor las casas modernistas que lloran sin desconsuelo su olvido y ruina, en especial dos. Ambas se ven desde la Rambla de Almería a su salida de la ciudad por el barrio de Los Ángeles. La primera, situada en el parque de La Molineta, fue en su momento una casa con edificio de verano y huerta; hoy, tapiada, ruinosa y rodeada de coches y vertederos. La otra, por detrás del Lidl de la Rambla, crepuscular y con ademanes gótica en su decrepitud: la yedra, la suciedad y algunos trapos son hoy inquilinos de lo que fue sin duda una joya de la arquitectura en Almería.

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Una pena que nuestro ayuntamiento no sepa mirar a los barrios y no comprenda que Almería es la suma de sus barrios. A los barrios nos vienen bien los arreglos del centro, como ha sido la peatonalización del paseo o actividades como el rastro en el Parque Nicolás Salmerón. Pero también al centro y a Almería le vendría muy bien esa rehabilitación antes indicada. No es Almería una gran ciudad por su tamaño; sí lo es por su gente y su cultura. Todos estamos tan cerca que lo que se haga bien en cualquiera de sus calles será bien recibido por todos.

Para acabar vuelvo con la exposición con la que empecé y con un pintor: Paco de la Torre. Sus pinturas son una ventana y un espejo de la Almería de su tiempo. El western, los locales de alterne y de no alterne, la playa… son retratados con personalidad, en la luz y color adecuados y con una sensibilidad que traspasa sus pinturas. Se le ven influencias de Juan Gris y de Jesús de Perceval, catalizadas por las luces y sombras de nuestra ciudad. Un acierto incluirlo en la exposición

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