Opinión

Campaña atípica

Rafael M. Martos | Viernes 15 de mayo de 2026

Es curioso cómo el clima electoral en esta esquina del Estado ha mimetizado esa calma chicha que precede a la tormenta en el Levante. A escasas horas de que los almerienses acudan a las urnas el próximo 17 de mayo para decidir el futuro de Andalucía, la sensación predominante no es de efervescencia, sino de una extraña y calculada placidez. Ha sido una campaña atípica, descafeinada por diseño, donde el ruido se ha sustituido por un susurro anestésico que parece beneficiar exclusivamente a quien ya ocupa el sillón en el Palacio de San Telmo. Juan Manuel Moreno Bonilla, candidato del Partido Popular, ha transitado por estas semanas con la pericia de quien sabe que, en política, a veces el mayor éxito es que no pase nada.

Sin embargo, esa tranquilidad es un espejismo para el votante distraído. Bajo la superficie de la "gestión moderada", el Partido Popular se juega algo más que la reelección; se juega la autonomía frente a sus propios fantasmas. Moreno Bonilla no tiene asegurada la mayoría absoluta y su estrategia ha consistido en evitar cualquier charco que pudiera salpicar su perfil institucional. El riesgo, claro está, es que el electorado conservador decida que el domingo es un buen día para irse a la playa en lugar de depositar la papeleta. Por eso, el mensaje subliminal del PP ha mutado: ya no piden el voto solo para gobernar, sino para evitar que el "argumento de la mayoría" sea secuestrado por las exigencias de una formación situada a su derecha.

El panorama en la acera de enfrente, el PSOE, roza lo satírico si no fuera por la relevancia de lo que se dirime. Presentar a María Jesús Montero como la gran esperanza blanca para recuperar el sur es, cuanto menos, una decisión audaz, por no decir un ejercicio de amnesia colectiva. Resulta sorprendente observar cómo alguien que ha pilotado las finanzas del Estado bajo la sombra de pactos con el nacionalismo catalán pretende ahora dar lecciones sobre financiación autonómica, y eso no puede colar en una provincia que siempre se siente la última de la fila en el reparto ya sea desde Madrid o desde Sevilla. Escuchar a Montero hablar de defensa de la sanidad pública, con los antecedentes de su gestión y el ecosistema de consejerías que dejó tras de sí en su etapa previa en la Junta de Andalucía, donde estuvo en todos los gobiernos, incluidos los más corruptos, se siente como una broma de mal gusto que los almerienses, con su memoria histórica particular, difícilmente van a digerir sin un gesto de escepticismo.

Mientras tanto, el resto de la izquierda, fragmentada entre Por Andalucía y Adelante Andalucía, parece haber aceptado su papel de figurantes en una obra donde solo aspiran a ser los peones que faciliten el retorno de la candidata socialista. Da igual lo que pormetan y lo que digan, porque su única función será esa. No han logrado articular un mensaje propio que trascienda; se han limitado a orbitar alrededor de una hegemonía perdida, lo que ha permitido a Moreno Bonilla ignorar la confrontación directa. El candidato del PP no ha necesitado entrar al trapo porque los números 1 de las listas apenas han asomado la cabeza por encima de la media de sus propias siglas.

En Almería, el termómetro real de la movilización solo lo han marcado los mítines de gran formato del Partido Popular y de Vox. Y es precisamente aquí donde reside el núcleo del conflicto. El verdadero adversario de Moreno Bonilla en estas elecciones no es el PSOE, incapaz de ganar ni solo ni acompañado, sino Santiago Abascal y su estrategia de asedio. Vox ha dejado claro que su objetivo no es facilitar gobiernos, sino enquistarse en ellos. Lo hemos visto en el resto del Estado: la parálisis en el gobierno de Extremadura durante meses o las tensiones en Aragón y Castilla y León no han sido accidentes, sino una coreografía ensayada.

[publicidad:922]

El hecho de que Vox haya esperado deliberadamente a consolidar sus posiciones en esos gobiernos justo antes de la cita andaluza es una declaración de intenciones. Quieren demostrar que están listos para entrar en San Telmo, esperando que ese anuncio movilice a los suyos y, de paso, agite el "miedo a la ultraderecha" para que el electorado de izquierda no extrema -el que ha abandonado a los socialistas y no comulga con Por Andalucía ni Adelante Andalucía- despierte pero no para entregarse al PP. Es un juego de espejos peligroso. La campaña ha sido atípica porque el PSOE ni siquiera cuenta como actor principal en el escenario electoral, dejando la función reducida a una pugna interna en el bloque de la derecha por ver quién marca el paso de los próximos cuatro años en la Comunidad Autónoma. El domingo los almerienses no solo votarán por un presidente, sino por el tipo de parálisis o de avance que están dispuestos a tolerar.

TEMAS RELACIONADOS: