Opinión

Dame la razón y dime tonto

Angel Rodríguez Fernández | Viernes 15 de mayo de 2026

¡Lo que nos gusta que nos den la razón! ¿A que sí? A mí mucho. Pero no creo que en esto sea un ser especial. España se ha constituido social, política y culturalmente en grupos que se dan la razón entre sus integrantes. Siempre he sido un ser especialmente díscolo, poco disciplinado, lo que vulgarmente han venido diciendo “mosca cojonera”. Es conocida la frase de D. Miguel de Unamuno al llegar a una reunión: “No sé de qué se trata, pero me opongo”, como una marca de estilo de la heterodoxia más fina. En la magnífica película “Mientras dure la guerra”, de Alejandro Amenábar, D. Miguel hace lo indecible por mantener la tertulia a tres (formada por: Salvador Vila — rector y amigo de Unamuno, interpretado por Carlos Serrano-Clark, Atilano Coco — pastor protestante y amigo cercano de Unamuno, interpretado por Luis Zahera, y el propio Unamuno interpretado por Karra Elejalde. Los tres fueron víctimas del odio) pase lo que pase, y lo que pasaba era una España que se atizaba y donde no cabían los matices.

Un amigo me ha enseñado una frase como pócima mágica: “Claro que sí”. Imagínense, después de lo que llevamos, que alguien te dijera: “¡Pedro Sánchez es un baluarte contra el fascismo!”. “Pues claro que sí”, y tan contentos. O, en otra ocasión, alguien dijera: “¡VOX es la única salida a tanta Anti-España!”. “Pues claro que sí”. Eso sí, no acompañar la pócima con irónicos ademanes, ya que puede ser contraproducente; hacerlo de forma convincente, asintiendo sin sobreactuar.

Los truhanes, los malos políticos, han utilizado a la buena gente y quitado sentido a la ideología, amoldando esta en cada momento a sus intereses. En la película “El gran Dictador” en su secuencia final el personaje del barbero judío se ve frente a la multitud como el tirano Hinkel y aprovecha para lanzar un mensaje al mundo justo antes de la II Guerra Mundial: “...Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos...”.

Así estamos los que nos aferramos a una sociedad civil bien estructurada frente a una política demagoga, llena de consignas que han perdido su valor y escondidas bajo lo que se ha venido a llamar “el relato”, que consiste en dar excusas baratas para tapar las vergüenzas propias y hacer jarana de las del adversario.

Presagio que las moscas cojoneras terminaremos diciendo, como el gran dramaturgo Pedro Muñoz Seca: “Me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”. Solo espero que esto no lo digamos ante un pelotón de fusilamiento, como le pasó al bueno de D. Pedro.

De esta manera, solo el sentido del humor puede ser el umbral entre la decencia y la idiotez. Yo lo practico con suerte desigual y me sirve en muchas ocasiones para separar el grano de la paja. La risa es el pomo de la puerta de entrada a una amistad, y si esta es irónica, sarcástica, y el otro la recibe con simpatía y complicidad, sabes que merecerá la pena cruzarla. Un amuleto que nos defiende de muros y bloqueos, de miradas asesinas, de saludos interruptus, y que hace al que la practica inmune a los totalitarismos, al sectarismo y a los trucos de los vendedores de crecepelo.

Como votante socialdemócrata me lo han puesto difícil, y me temo que no soy el único. En cada mentira, en cada truco, la manga del mago tiene un nuevo jirón; los hilos se ven y las vergüenzas afloran. ¿Será necesaria una hecatombe electoral para que la izquierda se tome en serio y nos tomen en serio?

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