Opinión

Insultar y pactar

Rafael M. Martos | Domingo 17 de mayo de 2026

Escribo estas líneas durante el sábado, metido de lleno en ese extraño oasis de veinticuatro horas que es el día de reflexión, rumiando el ruido acumulado durante las últimas semanas para que este análisis vea la luz hoy domingo, 17 de mayo de 2026, justo cuando se abren las urnas en la provincia de Almería y en el resto de la Andalucía. Es el momento idóneo para limpiar la mente y repasar con datos el espectáculo que nos han brindado. Un show que, más que a un debate de altura sobre las necesidades estructurales del sureste peninsular, se ha parecido al ambiente difuso de un after de Nochevieja a altas horas de la madrugada, donde la elocuencia cotiza a la baja y la palabra gruesa de barra de bar se convierte en el lenguaje vehicular.

El protagonismo indiscutible de esta degradación teatral ha corrido a cargo de Vox. Resulta fascinante, desde una perspectiva puramente lógica, observar cómo una formación política puede diseñar toda su campaña electoral basándose en la demolición moral y personal de aquel con quien, en el peor de los casos para el Partido Popular y en el mejor para ellos, tendrá que sentarse a pactar apenas unas horas después de que se cierren los colegios. No estamos ante sutiles discrepancies programáticas sobre la rebaja fiscal o el modelo agroalimentario; la estrategia elegida ha sido la deslegitimación absoluta.

Durante los mítines de la campaña, algunos de ellos celebrados precisamente en plazas de la provincia de Almería con el único fin de encender los ánimos del electorado, el líder nacional de Vox, Santiago Abascal, no ha escatimado en calificativos pintorescos hacia el actual presidente de la Comunidad Autónoma y candidato popular, Juan Manuel Moreno Bonilla. Lo ha bautizado en público como el «chiquilicuatre de San Telmo» y, en un alarde de su habitual fijación despectiva, llegó a etiquetarlo bajo el mote de «Juanma Moruno» (a Fernández Mañueco lo llamó «Fernández Marruecos», en lo que empieza a ser un trastorno maniático obsesivo).

Por su parte, el candidato de Vox a la presidencia de la Junta de Andalucía, Manuel Gavira, ha completado el catálogo de lindezas acusando al Partido Popular de ser un bloque «cobarde», asegurando que Juanma Moreno «sueña en socialista», que «no tiene palabra y no cumple» y que sus presupuestos «los hubiese soñado cualquier dirigente socialista». Para coronar la jugada, Manuel Gavira reprochó al líder popular que «la moderación no se come», disparando directamente al lema de centralidad de los populares, mientras insistía en situar a ambos partidos en un mismo bloque de «bipartidismo» sustentado en «pactos y tejemanejes» para dejar fuera al resto. Es verdad que no le han llamado «mierda», ni tampoco «hijo de puta», como a Pedro Sánchez, pero igual es que la campaña se les ha quedado corta.

Ante semejante artillería pesada, la respuesta de las filas populares ha consistido en aplicar una llamativa contención epidérmica, evitando bajar al barro para no engordar el relato ajeno; una pasividad que ha servido a sus rivales para crecerse en el escenario. El propio número uno de la lista popular por la provincia de Almería, Ramón Fernández-Pacheco, resumía la situación con frialdad al constatar que en Vox llevan «poniendo a Juan Manuel Moreno verde desde el primer día».

[publicidad:922]

Y aquí es donde el análisis riguroso nos sitúa ante un escenario que ni el mismísimo Shakespeare, con todo su talento trágico, habría sido capaz de parodiar de forma tan burda.

El votante se topa así con un trilema político de difícil digestión. Por un lado, si Vox exageraba de forma teatral en sus mítines para arañar votos en el poniente o el levante almeriense, significa que mintió de forma flagrante durante toda la campaña. Por otro lado, si Santiago Abascal y Manuel Gavira decían la verdad y consideran firmemente que Juanma Moreno es un traidor cobarde entregado al socialismo, cualquier pacto posterior para gobernar la Comunidad Autónoma se convertirá en un monumento a la incoherencia moral. Y finalmente, si el pacto se consuma como si nada hubiese pasado, el mensaje que se transmite a la ciudadanía es desolador, pues demuestra que el insulto ya no describe convicciones, sino que es simple estrategia electoral de consumo rápido, una bravuconada que se olvida al pagar la cuenta.

Hoy se abren las urnas. Corresponde a los electores de la provincia de Almería decidir si compran el guion de este sainete o si exigen que la política recupere la seriedad que las instituciones públicas merecen.

TEMAS RELACIONADOS: