Comienzo con un spoiler. En este artículo acusaré a gran parte de la izquierda y lo haré solo con la izquierda por tres razones: una, es la izquierda la que manda en nuestro país desde hace más de diez años; segundo, los pecados políticos de la derecha fueron, en parte, digeridos con la moción de censura; y tercero, al ser quien suscribe de izquierdas, le duelen los errores propios más que los ajenos y, sin explicitarlos y luego extirparlos, observo que la izquierda será, en no mucho tiempo, un erial, un desierto anecdótico. Ocurre en muchos países de Europa y está ocurriendo ya en España; ejemplo de ello son las elecciones en Extremadura, Galicia, País Vasco, Castilla y León, Aragón y, por último, el desastre en Andalucía. Pensar que los fracasos son debidos a errores ajenos solo lleva al desconsuelo y a la melancolía.
La sublimación, además de un proceso químico, es la paranoia que sufrimos los que nos creemos más de lo que seguramente somos. En este nuevo ejercicio de sublimación retomo el título de la carta al periódico L'Aurore del eminente escritor Émile Zola, que a principios del siglo XX, y enmarcado en el caso Dreyfus —como reseña y consejo dos magníficas películas: The Life of Emile Zola, del injustamente olvidado director alemán William Dieterle, sobre los últimos años de vida del escritor, con un magnífico Paul Muni; y An Officer and a Spy, del siempre divertido e inesperado Roman Polanski— acusaba a la sociedad francesa de antisemitismo.
Pues bien, empiezo mi homenaje naturalista.
Acuso a Pedro Sánchez, truhán, trilero, timador y, accidentalmente, presidente del Gobierno, de haber mentido y engañado a su electorado y a la sociedad a la que debe su cargo. De no haber cumplido sus compromisos de limpieza; al contrario, cuando los juramentaba sabía que eran palabras llenas de cinismo. A la mentira y el engaño sumo la complicidad en la corrupción, cuanto menos en su vigilancia; el supuesto nepotismo, ya que aún no se han sustanciado los procesos judiciales contra hermano y mujer; haber construido un muro entre españoles; haber metido mano, o haberlo intentado, en todos los instrumentos de control; y haber vendido a la madre de todos en su beneficio, únicamente para permanecer en el poder.
A sus más cercanos camaradas —y pongo algún nombre no por su especial culpabilidad, sino por sus declaraciones manifiestamente cómplices—: Óscar Puente, Óscar López, Patxi López, María Jesús Montero, José Luis Ábalos, Santos Cerdán, José Luis Rodríguez Zapatero, Álvaro García Ortiz, José Félix Tezanos… que lo auparon, que aplaudieron, que lo trataron como amo y no como leal camarada; que desmantelaron todos los instrumentos de control dentro del partido y que, en su momento, inflaron, supuestamente, los procesos de primarias.
Acuso a los partidos y políticos de izquierdas que no solo lo permitieron, sino que lo defendieron, defendiendo así su patrimonio institucional, olvidando el fin mismo de la izquierda con la premisa “mejor nosotros que los otros”. Y hablo de Sumar, Izquierda Unida, Podemos y lo que se ha venido a llamar la izquierda plurinacional: Esquerra Republicana de Catalunya, EH Bildu, Compromís, Bloque Nacionalista Galego; que, por sus propios intereses, dejaron hacer a cambio de prebendas, olvidando la labor ética de la izquierda, prefiriendo el ascenso de la podredumbre por ministerios, financiaciones singulares o excarcelaciones de terroristas.
Acuso a la derecha catalana y vasca por haber sostenido con sus votos a un Gobierno que, si bien era legítimo, no era, a todas luces y así se ha manifestado caso por caso —el último, la imputación de Zapatero—, digno de ser apoyado. Por la misma razón por la que desbancaron al Gobierno de Mariano Rajoy, pues entonces sí apoyaron la moción de censura. Unos lo hicieron para sacar a sus corruptos dirigentes de la cárcel y otros llevados por razones que aún hoy desconocemos.
Acuso a los medios de comunicación que no actuaron como el instrumento de control social que se les supone. Al contrario: corrupción tras corrupción, sacadas por otros diarios, fueron tapadas y disimuladas con cortinas de humo. Los acuso como actores fundamentales; sin ellos, el tramposo mayor del reino no podría haber llegado donde ha llegado. Conducidos por una mal entendida disciplina, propia del mal activismo, olvidaron sus deberes con la sociedad. Fueron duros con los pecados de la oposición, pasados y presentes; blandos y babosos con los presentes de la actual administración. Manifiestos y comunicados donde los abajo firmantes más pronto que tarde pasarán a la historia como devotos admiradores del líder más que como periodistas. La explicación de sus comportamientos solo ellos la saben.
Acuso a parte de la sociedad que, por engaño o concienciación, ha participado en estos timos, convertida en una manifestación de tuertos y hemipléjicos políticos, viendo la realidad por un solo ojo. Llevados por el sectarismo, no han querido ver, no han querido oír y han sentido y pensado por la piel del líder. Han defendido una cosa y la contraria, verdaderos responsables de la continuidad del mago en el poder. Si cada grupo ideológico fuera más autocrítico, una sociedad más justa nos cantaría.
Por todo ello, solicito que ha llegado el momento de quitarnos las orejeras, como principio de higiene política y como génesis de una nueva forma de entender la política: comenzar una y otra vez, tantas veces como sea necesario. Cuando el instrumento se ha corrompido, no sirve; hay que darle sepultura y empezar de nuevo. He dicho. Y que Émile me perdone.