Opinión

Truhanes

Angel Rodríguez Fernández | Domingo 24 de mayo de 2026

Tomo el nombre de la magnífica película de Miguel Hermoso para describir esta tragicomedia costumbrista en la que estamos estancados, como en Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993). En ella, dos personalidades totalmente contrapuestas se ven obligadas por circunstancias a entenderse; su único nexo de unión: el delito.

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Por un lado, Ginés (Francisco Rabal), del arrabal, que ha vivido el robo como una necesidad primaria, con la única formación de bares y billares; y, en el otro extremo, Gonzalo (Arturo Fernández), vivo y clasista, que necesita el robo de guante blanco para perpetuar su nivel de vida. Uno roba por las migas con engañifa y el otro por el arroz con bogavante.

Actualmente hay más aprendices de Gonzalo que de Ginés. En nuestra clase política se dan codazos por el arroz con bogavante. Vamos a tratar de retratarlos, siempre y, como decía don Felipe, sin acritud.

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Para hablar de Zapatero y sus pesquisas humanistas tomo como referencia a Oskar Schindler, aquel alemán nazi que se desvivió por salvar a los judíos de los hornos crematorios y que tan bien describió Steven Spielberg en Schindler's List (La lista de Schindler). Recordad en este punto que el guion pasó de mano en mano por Hollywood durante muchos decenios; que Billy Wilder deseó haberla dirigido —gran parte de su familia fue asesinada en campos de concentración—, pero que, en sus últimos años, las aseguradoras no quisieron participar en una película con un director de tan avanzada edad. Nos privaron de la última maravilla de Billy.

Volviendo a la película, en ella vemos la transformación de un empresario que aprovecha las circunstancias para ganar dinero, de cínico comparsa con sus amistades nazis a espectador aterrorizado ante los campos de exterminio y, por último, a empresario arruinado que se deja hasta el anillo por salvar a un judío más.

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Con Zapatero, las circunstancias lo situaron entre el petróleo venezolano, la dictadura chavista, y sus víctimas. Podrían permitirnos hacer una analogía con Schindler, salvando las distancias. Pero ocurre que Schindler sí tuvo éxito, y así lo atestiguan las mismas víctimas que él pudo salvar, nombrándolo Justo entre las Naciones del pueblo judío; mientras que las víctimas de la dictadura venezolana, en su mayoría, hace años condenaron la actuación de Zapatero por interesada y garante del régimen bolivariano. Además, lejos de arruinarse, Zapatero ha visto incrementado su patrimonio con su participación en estos trámites, que, remotamente humanitarios, bien podríamos tratarlos de negocios, a la espera del juicio para apellidarlos ilegales.

Cuando nuestro activismo o bonhomía nos hace más ricos o nos sitúa en lugares muy provechosos, deberíamos retomar nuestras actuaciones y someterlas a un cuidadoso examen de conciencia. Parece ser que Zapatero no lo hizo; no solo no le importó, sino que hizo participar de todos sus provechosos negocios a su familia, hijas y esposa. Todo supuestamente, todo bajo sumario.

Hasta este 15-M han transcurrido 15 años del famoso 15-M. En él nos dimos cita los “indignados”. Nos juramentamos para no creer a pie juntillas a la clase política, mantenerla lejos de las estructuras ciudadanas y continuamente vigilada, bajo los consejos de filósofos insignes como Agustín García Calvo, que avisó del posible secuestro de aquella voluntad popular desde las plazas públicas como Puerta del Sol, Tahrir Square o Syntagma Square.

Por entonces aprendimos a descreer de las mentiras de los truhanes. No había izquierda ni derecha, no había muros; solo arriba y abajo. Los gritos sonaban con fuerza cuando un político de la vieja política venía a visitarnos, ya fuera de izquierdas, derechas o medio pensionista.

Y vino Podemos, y creímos que eran de los nuestros, que eran el cuerpo de nuestras ilusiones. Pero no eran nuevos: eran viejísimos. Estaban amparados por dictaduras y teocracias y eran más viejos que Santiago Carrillo; anteriores incluso a este. Eran los chicos de Ignacio Gallego, aquel comunista prosoviético que no comulgó con el eurocomunismo ni con el parlamentarismo y que siguió defendiendo las atrocidades estalinistas mucho después de la Primavera de Praga.

Nos prometieron los cielos y se compraron una casa en Galapagar, que no es el cielo, pero queda cerca. Poco a poco, y con el grito del pastor —“¡que viene el lobo!”— dejamos las plazas y nuestras ilusiones, nuestros juramentos de vigilar a la clase política, y se lo cedimos todo para estar en el lugar adecuado de la historia.

¿Quién no quiere ser un poeta? ¿Quién no quiere una alianza de civilizaciones? ¿Quién quiere la guerra? Eslóganes que dejaron vacíos, a veces por hemiplejia, otras por disciplina y casi todos cargados de cinismo.

Hoy, con sus trucos al descubierto, arrastran el buen nombre de Ginés y Gonzalo.

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