Opinión

La izquierda es otra cosa

Angel Rodríguez Fernández | Martes 26 de mayo de 2026

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Parece mentira, pero de un tiempo a esta parte vengo dedicando mucho tiempo a explicar cosas que, a priori, parecen evidentes: a mis alumnos, por ejemplo, la necesidad de aprender para aprobar; y ahora a esta orden seglar de políticos que, por el mero hecho de decir que son de izquierdas, se creen mejores, más altos, más guapos, más buenos, decirles que esto no es cierto.

En esta concepción maniquea e infantil dividen el mundo entre buenos y malos. He observado cómo políticos de izquierdas se muestran tristes y catatónicos en sus participaciones públicas al señalar a alguno de sus camaradas como presuntos corruptos, como esta cita de Gabriel Rufián: “La izquierda es otra cosa”.

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La izquierda es el modelo socialdemócrata sueco, muchas de las mejoras laborales y gran parte de los avances sociales; pero también son los miles de muertos de ETA, las decenas del GRAPO o los millones de Pol Pot, Stalin o Mao. Y, si hablamos de corrupción, tampoco tiene nada que envidiar a la derecha; y si lo ha tenido, el decenio sanchista no ha perdido la oportunidad de emparejarse.

A grandes rasgos, izquierda y derecha se diferencian en modelos económicos y sociales de convivencia. Si la derecha liberal clásica entiende que el mercado, por sí mismo, a través de “la mano invisible”, se autorregula y basta con no ponerle obstáculos, reglamentaciones e impuestos para que todo funcione correctamente, la forma de verlo de la izquierda clásica es distinta: piensa que el capitalismo necesita regulación y que ese equilibrio entre la ley y el mercado es el que hace caminar al sistema sin dejarse a nadie atrás.

Son concepciones distintas y, en las democracias occidentales, unos y otros las eligen a veces más llevados por razones sentimentales que por pura oportunidad política. Se puede ser un ser de luz y ser de derechas, y ser un verdadero hijo de la gran puta y ser de izquierdas, no nos llevemos a engaño. Cuando se tiene la suerte de tener amigos a uno y otro lado, se corrobora: amigos que poco harían por una persona con necesidades y son de izquierdas, y otros de derechas que no pueden dejar pasar la oportunidad de echar una mano si ven que es pertinente, y viceversa.

Habría que preguntar a Rufián qué cosas hace por los demás, aparte de militar en un partido que se dice de izquierdas; esa sería otra historia de izquierdas y nacionalistas para mear y no echar gota. ¿Qué otras cosas adornan su celestial figura? ¿Ayuda a los ancianos con la compra? ¿Deja parte de su tiempo y dinero en la ayuda al necesitado? No lo sé, y tampoco vigilo ni juzgo la bonhomía de los políticos que nos representan. Solo exijo que, cuando el sistema funciona —mediante una denuncia política, un trabajo de investigación o la imputación de un juzgado—, no se diferencie a priori entre buenos y malos y se tomen los hechos con seriedad no exenta de cautela. Por desgracia no es así, y solo cuando todas las artimañas de encubrimiento fallan hablan de excepciones o del manido “y tú más”.

Recuerdo dos películas antiguas del conflicto vasco. Una de ellas, La muerte de Mikel, en la que Imanol Arias hace de un activista independentista homosexual; su entorno responde como la sociedad española de los años 80: apartándolo y culpabilizándolo de su sexualidad, igual que hubiera hecho gran parte de la derecha. Otra, El pico, nos muestra a dos amigos de familias totalmente distintas políticamente hablando: uno, hijo de cargos políticos de la izquierda vasca; y el otro, hijo de un guardia civil. Ambos heroinómanos. Por aquellos años, ETA no solo impuso el régimen del terror, sino que actuaba como un tribunal franquista de vagos y maleantes y ejercía la superioridad moral, como ahora Rufián, de una banda de asesinos.

Quisiera terminar con una analogía. Me refiero a dos formas de escritura: la poesía y la prosa. Se ha revestido al poeta de un halo especial, de un ser con el alma infinita, por el simple hecho de escribir en hileras. La historia nos da ejemplos de verdaderos canallas que escribían poesía y novelas que son lírica pura; valga como ejemplo Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, que adaptó Robert Mulligan en una película que, si no han visto, son ustedes muy afortunados, pues pueden contemplar esa maravilla por primera vez.

Aunando estas dos creencias podríamos deducir, en esta visión infantil de la vida, que no hay ser más maravilloso que el poeta de izquierdas, que en él se aúnan lo mejor de la condición humana. Pues no: cagan y mean como el resto e incluso tienen las mismas miserias que los demás. He dudado en poner un par de ejemplos, no vaya a ser que influya en alguna mente a medio cocer y cancelen sus lecturas.

Me refiero a Rafael Alberti y Pablo Neruda. Los dos tienen hermosísimos escritos y los dos colaboraron, desde la izquierda, en lo que pudieron; estuvieron exiliados y, en Neruda, últimamente cabe la sospecha de que fue asesinado por la dictadura chilena. Pero también ambos tienen sus ruindades. Alberti relegó a su esposa, María Teresa León, escritora y mujer que tanto lo ayudó en sus escritos, y no le dio el lugar que merecía; y Neruda no podía aguantar los gritos de su hija con hidrocefalia y la dejó en manos de una pareja holandesa que la crió.

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Historias conocidas que solo nombro para constatar que el maniqueísmo es una forma de autoengañarnos; que, aparte de los monstruos —que haberlos, haylos—, en todos nosotros conviven dos almas y que darles paso en cada instante solo depende de nuestro mejor o peor criterio.

Termino con una frase del gran Antonio Gasset, magnífico crítico de cine en su programa “Días de cine”: “Sed buenos, y si por lo que fuera no podéis, seguid siendo malos, la diferencia es mínima”.

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