Opinión

Chinchetas para Pedro Sánchez

Rafael M. Martos | Jueves 28 de mayo de 2026

A veces, la memoria es un mecanismo caprichoso que se activa con los estímulos más insospechados. Viendo la última comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, desde Roma —tras un protocolario encuentro de tres cuartos de hora con el Papa León XIV—, me vino a la mente un chiste de la infancia.

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Ya saben cómo va: la madre que lleva a Jaimito a ver al bebé de la vecina y le advierte, con severidad, de que la criatura ha nacido sin orejas y que, por pura compasión y decoro, ni se le ocurra mencionar el asunto. Jaimito, aguantando la presión ambiental ante la insistencia de la madre y la vecina para que diga algo bonito, mira fijamente al tierno infante y suelta: «Bueno, solo espero que Dios le conserve la vista muchos años». La madre, respirando aliviada, sonreír, hasta que el niño remata: «Porque como necesite gafas, a ver cómo se las pone, si no es con chinchetas».

Pues bien, al presidente del Gobierno le pasa exactamente lo mismo que al tierno infante, solo que al revés: él tiene orejas, pero lo que parece faltarle, de forma alarmante, es la vista. O la vergüenza. O ambas.

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Mientras Pedro Sánchez desplegaba su habitual manual de resistencia y retórica institucional en la capital italiana, la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil no estaba precisamente perdiendo el tiempo en la provincia de Almería recogiendo tomates. Los agentes entraban a saco en la sede central del PSOE en la madrileña calle Ferraz y, en un doble tirabuzón judicial, hacían lo propio en la comandancia general de la Benemérita. ¿El objetivo? Requerir documentación a cara de perro sobre el ya bautizado como 'caso Leire'.

La investigación, que avanza al ritmo de los autos del magistrado Santiago Pedraz en la Audiencia Nacional, ha estallado en las últimas horas confirmando los peores temores. Ya no son sospechas de barra de bar: el juez acaba de imputar formalmente a Santos Cerdán, a la gerente del partido Ana María Fuentes, y a un viejo conocido de la política de Andalucía, el exvicepresidente de la Junta Gaspar Zarrías, cuyo despacho ha sido registrado palmo a palmo por la UCO.

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La tesis judicial es tan nítida como demoledora: el PSOE presuntamente regó con más de 188.000 euros en facturas falsas a una trama encabezada por Leire Díez, la auténtica "fontanera de Ferraz". El objetivo de este entramado no era arreglar las cisternas de la sede, sino algo mucho más sofisticado y peligroso para la salud democrática del Estado: desestabilizar procesos judiciales, atacar a los jueces y comprar voluntades para blindar el entorno familiar del presidente, cercado por las investigaciones a su esposa, Begoña Gómez, y a su hermano, David Sánchez.

Cuando los periodistas, con esa incómoda manía de preguntar sobre la realidad y no sobre el dogma, le interrogaron en Roma por este despliegue de la UCO en sus propias oficinas, por la imputación de su mano derecha y por el regreso a las portadas judiciales de tótems del socialismo como José Luis Rodríguez Zapatero —en el que dice inspirarse— o el propio Gaspar Zarrías, la respuesta de Pedro Sánchez fue una obra cumbre del escapismo: él «no ve nada raro».

Hay que tener un optimismo antropológico muy desarrollado, o una miopía política severísima, para tener a la Guardia Civil registrando tus despachos y los domicilios de tu cúpula mientras tú sigas viendo el cielo azul de verano sobre el Cabo de Gata. En Andalucía sabemos bien cómo terminan estas cegueras voluntarias colectivas; los archivos de los juzgados están llenos de actas que empezaron con un "yo no sabía nada".

Sinceramente, presidente, nos alegramos profundamente de que conserve usted las orejas. Es un rasgo estético encomiable. Pero viendo su incapacidad para vislumbrar el elefante que tiene metido en el salón de Ferraz, vamos a tener que ir haciendo una colecta entre los ciudadanos para regalarle una caja de chinchetas. No por crueldad, sino por pura necesidad logística: para cuando la realidad sea tan evidente que no le quede más remedio que ponerse las gafas de ver la verdad, y necesite algo sólido donde sujetarlas.

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