Opinión

¿Dimitir? No he leído nada de ese escritor Ruso

Angel Rodríguez Fernández | Viernes 29 de mayo de 2026

La permanencia de un gobierno que arrastra causas como las cadenas de un fantasma decimonónico no hace bien a nadie. El mal a la socialdemocracia en España, a la izquierda en España, a la convivencia en España y a España está ya hecho. Qué efectos tendrá y cuánto durará son las incógnitas que nos quedan por dilucidar.

Decía el poeta protestante alemán Martin Niemöller sobre el nazismo:

Primero vinieron a buscar a los comunistas,/y yo no hablé porque no era comunista./ Luego vinieron a buscar a los socialistas,/y yo no hablé porque no era socialista.

Luego vinieron a buscar a los sindicalistas,/y yo no hablé porque no era sindicalista./Luego vinieron a buscar a los judíos,/y yo no hablé porque no era judío.

Luego vinieron a buscarme,/y entonces ya no quedaba nadie que hablara por mí.

Vamos a darle una vuelta a estos versos del gran Niemöller y al aviso a un pueblo que llegó demasiado tarde. Démosle una pátina de actualidad:

Primero llamaron fascistas a la ultraderecha que venía/ y yo me uní, ya que era antifascista/ Luego llamaron fascista a la derecha tradicional/ y no hablé porque me parecían franquistas.

Luego llamaron fascistas a los antiguos camaradas/ y yo no hablé porque me parecían viejos y caducos/ Luego llamaron fascistas a los disidentes más jóvenes/ y yo no hablé, no soy joven ni disidente.

Hoy quise puntualizar sobre a quién llamamos fascista/ y entonces vi cómo mudaron el rostro, murmuraron y creo que dijeron: ¡Maldito tocapelotas fascista!

Cuando una ideología que debiera abrazar la libertad de pensamiento y la independencia de criterio toma estas tintas tan sectarias, no hay cosa más saludable que saltar del barco cuanto antes, antes de verte gritar fascista al amigo o al compañero que no entiende ni defiende los espantosos trucos de un líder al que se le caen los ases allí por donde pasa.

Nostálgicos de regímenes totalitarios, como el estalinista; en él no había lawfare: los enemigos del pueblo confesaban públicamente sus delitos capitalistas, pedían perdón y aceptaban de buen grado sus condenas de muerte.

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Estoy juguetón y he hecho una lista. Se hacen listas de todo tipo: las mejores películas del siglo XX; ahora podríamos hacer una listilla del siglo XXI, una lista de las grandes fortunas o la lista de Luis de la Fuente sobre los jugadores seleccionados para jugar el próximo Mundial.

Mi lista versa sobre pensadores, escritores y políticos convertidos socialmente, por lo que ha venido a llamarse «la sincronizada», en algún momento en fascistas por su disidencia. Vamos allá: Javier Cercas, Elisa Beni, Lucía Etxebarria, César Antonio Molina, Juan Lobato, Tomás Gómez, Javier Lambán, Emiliano García-Page, Felipe González, Alfonso Guerra, Luis del Val, Pablo Motos, Antonio García Ferreras, Andrés Trapiello, Joaquín Leguina, Nicolás Redondo, Félix de Azúa, Juan Luis Cebrián, Arturo Pérez-Reverte...

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Quedémonos en este último por cartagenero y porque dio algunas claves de nuestro augusto presidente. Primero mostró su interés por el personaje, lo llamó pistolero y le pareció un político muy interesante por su éxito en la resiliencia; más tarde perdió el interés por él al considerarlo simplemente un ilusionista, un vendedor de crecepelo, que sería capaz de vender a la madre —no la suya, la de los demás— por su continuidad. Lo último que le escuché es que desconfiaba de la posibilidad de que desapareciera de la escena pública. Él dijo que «no se iba a ir». Nos quedamos de piedra ante la creencia de que nos presentara a un político que se perpetuara en el poder, al estilo Chávez u Ortega; menos mal que matizó y respiramos con él: se refería a que, si perdía las elecciones, no dejaría de ser líder de la oposición para permanecer en escena.

Vamos, que según su opinión tendríamos, de una u otra manera, a Sánchez para rato. Como un castigo divino, Sánchez se enquista en nuestro paisaje político recordándonos a todos los españoles que no hemos avanzado mucho desde el Siglo de Oro; tal vez hemos degenerado, no si miramos a nuestros pícaros, sino a la forma de retratarlos de nuestros intelectuales. Harían falta escritores con la grandeza de Francisco de Quevedo, Miguel de Cervantes o Mateo Alemán para retratar con acierto y lucidez a los nuevos pícaros.

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