Opinión

Marjane Satrapi

Angel Rodríguez Fernández | Jueves 04 de junio de 2026

Ha muerto la disidente iraní, activista por los derechos humanos y autora de la inmortal Persépolis, Marjane Satrapi, víctima de la teocracia iraní y de la incomprensión occidental.

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Recuerdo mi primera lectura de Satrapi: Persépolis, una historia del mundo a través de su familia, de su país. Conectó rápidamente con el lector europeo, y el régimen teocrático se percató de lo peligrosa que podía ser una mujer divertida y formada.

Ella no era una mujer cualquiera. Instruida, con independencia de criterio, era realmente peligrosa para mentes primitivas e intransigentes. Sobre todo cuando despertó en Occidente primero curiosidad y luego levantó una ola de solidaridad con los activistas iraníes que, tanto entonces como ahora, han colgado tradicionalmente de esas grúas torre que forman parte del paisaje urbano de Teherán.

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Sus lecturas resultaban empáticas y entretenidas. Después de Persépolis llegó Pollo con ciruelas, historias cercanas que, bien contadas, como ella hacía, conducen esas historias íntimas al corazón de todos los hombres. A los que la leíamos nos ayudaba a comprender que el feminismo no tiene fronteras; que la mujer iraní, saudí o china pena y sangra de la misma forma que la mujer occidental, que, como decía Shakespeare en uno de sus famosos monólogos —repetido en la divertidísima película de Lubitsch Ser o no ser— en El mercader de Venecia: «¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No se alimenta con los mismos alimentos, no le hieren las mismas armas...?».

Ella no era distinta a mis hermanas, ni a mis amigas, ni a mis compañeras. Era iraní y solo deseaba para ella y su pueblo lo que ya, gracias a Dios, tenían mis hermanas, mis amigas y mis compañeras: derechos y libertades iguales a los de los hombres. Pero los activistas a tiempo parcial tenían otras cosas que hacer, otros pueblos a los que defender, y les parecía que esta defensa era incompatible con otras de sus múltiples y humanitarias acciones.

Y llegó Mujer, vida y libertad, otro de sus libros, esta vez realizado en colaboración con grandes autores, entre ellos nuestro Paco Roca, al que agradezco que no sufriera de esta hemiplejia moral y colaborara con ella, como otros tantos magníficos dibujantes europeos. El resultado: una hermosísima obra tanto ética como estéticamente. A la par, en su país, primero decenas, luego centenas y después miles de muertos.

Por si fuera poco, muere su compañero de vida y la soledad del exilio en Occidente se hace aún más solitaria. Estos últimos meses de vida ha alternado pequeñas alegrías y grandes frustraciones que la han perseguido de forma ineluctable durante toda su vida. Lo que podría ser el comienzo de las libertades en su querida Persépolis resultó una excusa para que la geopolítica se midiera los cuernos en el estrecho, lugar físico y metafórico donde sucumben los más nobles ideales bajo la presión petrolífera, y donde, como en una berrea, Trump y los fascistas teocráticos dirimen la suerte de las mujeres y hombres iraníes, nuevamente abandonados por Occidente.

Y de nuevo una generación en Irán masacrada por la barbarie fascista y por los bombardeos, como un sino de permanencia en el drama, en el horror.

Cincuenta años de un régimen de muerte contra el que luchó Satrapi, y ahora, según las crónicas, ha muerto de tristeza. ¿Hay mayor tristeza que el exilio y la muerte de familiares y amigos? Sí, si le sumamos el desamparo, la amnesia de una sociedad anestesiada por muros y afrentas, sin principios, sustituidos por disciplinados eslóganes y diatribas vacías, realizadas más por tocar las narices al opositor que por complicidad y empatía con los pueblos que sufren.

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Si fuera así, defender la causa palestina no debería ser obstáculo para ver claramente el régimen del terror iraní, y viceversa. Nos han hecho más cínicos, menos idealistas, y solo pretendemos que los nuestros ganen y, claro está, «llevar la razón». Pues claro que sí.

En esta sociedad no caben las Satrapi. No hay lugar para ellas, ni para Shimon Peres, ni para Mandela, ni para Luther King, ni para Szymborska. Una generación de estúpidos papagayos se hace cargo de todo: de la política, de la cultura, de los medios de comunicación, derribando los canales por donde los hombres de bien salían al auxilio de otros hombres.

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Adiós, Satrapi, grande como autora, como disidente y como feminista, la gran olvidada. Ojalá sus desvelos por llevar los derechos humanos a su tierra no hayan sido en vano.

Que la tierra te sea leve.

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