Opinión

PGE... 2027

Rafael M. Martos | Viernes 05 de junio de 2026

Como estrategia de marketing político, hay que reconocer que lo de este Gobierno es para estudiarlo en las facultades. Pedro Sánchez se ha plantado en Barcelona para anunciar a bombo y platillo que ya se está diseñando la orden ministerial para elaborar los Presupuestos Generales del Estado de 2027. La jugada es magnífica si uno padece de amnesia severa. Para el resto de los mortales, especialmente para quienes contemplamos el panorama desde esta esquina del mapa donde el tren sigue siendo una promesa difusa, el anuncio es el reconocimiento flagrante de un fracaso: el Gobierno renuncia oficialmente a presentar las cuentas públicas de 2026.

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No hace tanto tiempo —apenas un suspiro electoral— nos juraban por activa y por pasiva que el Ejecutivo trabajaba a destajo en los presupuestos de 2026 porque, claro, empeñarse en los de 2025 a esas alturas ya era una soberana tontería. Ahora resulta que los de 2026 también son agua pasada sin haber visto siquiera la luz del Congreso. Vivimos en un bucle temporal donde el futuro siempre es una maravillosa promesa expansiva y el presente, una prórroga constante.

Detrás de este gatillazo presupuestario emerge la figura de la exvicepresidenta primera y exministra de Hacienda, María Jesús Montero. La lideresa del PSOE en Andalucía ha estado notablemente ocupada últimamente. No debe ser fácil compaginar la gestión macroeconómica con los sofocones que están llegando desde la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). El sumario que cerca a la considerada "fontanera" del partido, Leire Díez, y las pesquisas de la Unidad Central Operativa (UCO) sobre el expresidente de la SEPI, Vicente Fernández Guerrero, tienen a los ministerios más pendientes de las notificaciones judiciales que de las calculadoras.

Eso por no hablar del ingente tiempo que la exministra debió invertir en las últimas elecciones autonómicas andaluzas. Lograr el peor resultado de la historia del socialismo en la Comunidad Autónoma no es tarea que se consiga sin esfuerzo; requiere una dedicación exclusiva y un talento especial para la desconexión con el electorado. Con tanta labor de fontanería y tanta campaña de récord, ¿quién tiene tiempo para sentarse a cuadrar las cuentas del Estado?

Lo que queda es un flagrante incumplimiento constitucional. El texto de 1978 no dice que los presupuestos deban aprobarse obligatoriamente —el juego de mayorías parlamentarias es libre—, lo que dice taxativamente es que el Gobierno tiene la obligación de presentarlos. Pero en el Madrid político las leyes fundamentales se han vuelto elásticas. Al Tribunal Constitucional, presidido por Cándido Conde-Pumpido, no parece temblarle el pulso ante este vacío legal, atrapado en esa misma inercia institucional que el propio Pedro Sánchez resumió a la perfección en aquella célebre entrevista en Radio Nacional de España. Al ser preguntado por los movimientos judiciales contra Carles Puigdemont, el presidente dejó botando la gran verdad de su manual de estilo: "¿De quién depende la Fiscalía? Pues eso". Aunque la teoría jurídica sostenga que el Fiscal General del Estado debe ejercer desde la más pulcra independencia, la práctica nos demuestra que la sumisión cotiza al alza.

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La hoja de ruta para 2027, sin embargo, está meridianamente clara. Ese año coincidirán las elecciones municipales y las elecciones generales, las que de verdad le quitan el sueño al inquilino de La Moncloa. Los presupuestos que se saltarán los ejercicios de estos años se convertirán en el programa electoral más caro de la historia. Serán unas cuentas asombrosamente expansivas, un catálogo de promesas imposibles donde habrá dinero para todo y para todos, diseñado expresamente para que sea un suicidio político votar en contra.

Si los socios de investidura pasan por el aro y los aprueban, el Gobierno se asegurará una campaña regada con dinero público. Si la oposición o los aliados rebeldes los tumban, Pedro Sánchez tendrá la coartada perfecta para activar el botón del adelanto electoral. Podrá salir a los atriles con el rostro compungido a decir que "las fuerzas del bloqueo han rechazado los mejores presupuestos de la historia de España". La jugada está ensayada y el guion escrito; solo queda ver cuántos vuelven a comprar la entrada para la función.

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