Opinión

Mensajes del Papa

Rafael M. Martos | Domingo 07 de junio de 2026

Asistir al espectáculo de la coherencia ideológica es, habitualmente, un ejercicio de equilibrismo mental apto solo para profesionales. Pero lo vivido este sábado, con el inicio de la visita oficial del Papa León XIV, ha alcanzado cotas de un misticismo satírico digno de mención. Resulta fascinante observar cómo aquellos sectores que se autoerigen en guardianes de las esencias de España —esa que imaginan monolítica, medieval y, por supuesto, rigurosamente católica— han tenido que tragarse un cáliz especialmente amargo. Y no precisamente de vino de consagración.

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El relato oficial de los autoproclamados defensores de la Cruzada identitaria siempre ha sido sencillo: el cristianismo es el escudo contra el de fuera, el pegamento de la Hispanidad y la justificación moral para levantar muros. Sin embargo, basta que llegue el máximo representante de esa misma Iglesia católica para que el castillo de naipes teológico se desmorone en un solo discurso.

El Papa León XIV no llegó a Madrid a bendecir banderas ni a jalear a quienes avivan el fuego de la polarización, un deporte nacional que algunos practican con un celo casi religioso. Al contrario, sus primeras palabras han sido un torpedo directo a la línea de flotación de ese discurso excluyente que tanto resuena en ciertos despachos políticos. El Pontífice fue tajante al reivindicar la dignidad de las personas sin hogar y de los migrantes, dejando caer una frase que ha debido de causar más de un desprendimiento de retina por parpadeo tenaz en la capital:

"Si estás en Madrid, eres de Madrid".

Una máxima de inclusión que choca de frente con la retórica xenófoba de quienes miden la cristiandad por el árbol genealógico o el color del pasaporte. Resulta que la Iglesia, para sorpresa de los nacionalistas españoles, es católica, término que proviene del griego katholikos y que significa, precisamente, universal. No conoce fronteras, no pide el visado antes de otorgar la extremaunción y no entiende de cupos migratorios.

El divorcio entre estos presuntos cruzados anclados en el medioevo y la realidad eclesial quedó perfectamente retratado con la visita del Papa León XIV a un centro de Cáritas en Madrid. Aquí la hipocresía se vuelve tan densa que se podría cortar con el mismo cuchillo que la tarta de comunión. Esta entidad sociocaritativa, la joya de la corona de la acción social católica, lleva tiempo en la diana de los sectores más reaccionarios. ¿Su pecado? Atender a seres humanos en situación de vulnerabilidad sin exigirles el certificado de pureza de sangre ni el carné de afiliación. Ver a los mismos que tachan a Cáritas de "oenegé globalista" poner una sonrisa de circunstancias ante la televisión mientras el Obispo de Roma aplaudía su labor ha sido, sencillamente, poético.

Pero si hubo un momento de incomodidad absoluta para la facción más integrista, fue cuando el Papa León XIV decidió saltarse el guion de la Reconquista y reivindicar abiertamente el legado de Al-Ándalus. En un ecosistema político donde la mención al pasado islámico de la península se utiliza como combustible para el miedo y la división, que el Jefe del Estado del Vaticano recuerde que hubo un tiempo donde la convivencia entre distintas religiones y la mezcla cultural enriquecieron esta tierra es un golpe de realidad histórico.

Para una provincia como Almería, cuyo propio paisaje, alcazaba y sistema portuario son testigos mudos pero contundentes de esa herencia cultural compartida, el recordatorio papal no es una quimera progresista; es arqueología básica. Mientras aquí se utiliza el pasado para justificar el rechazo al vecino del sur, en Roma parecen tener claro que los puentes del pasado son más útiles que los muros del presente.

La visita papal está sirviendo para desnudar una gran mentira. A estos sectores que se envuelven en la infalibilidad pontificia solo cuando les conviene, la figura del Papa León XIV —e incluso la línea pastoral de su predecesor, Francisco— les resulta profundamente incómoda.

Se demuestra así que su supuesta defensa de los valores cristianos no es más que una burda instrumentalización estética. No les mueve la fe, ni la caridad, ni el amor al prójimo que fundamenta el Nuevo Testamento. Lo que les mueve es un nacionalismo de manual, sazonado con altas dosis de racismo y xenofobia, que utiliza la religión como un garrote contra el diferente.

El sábado quedó claro: para ser un buen cruzado de la identidad de España, el primer requisito indispensable es no escuchar jamás lo que tiene que decir el Papa.

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