Cerca de un centenar de almerienses participaron en la vigilia juvenil organizada por la Conferencia Episcopal con motivo de la visita del Pontífice a España. Jose Aliaga, responsable de la Pastoral Juvenil de la Diócesis de Almería, relata la experiencia.
El autobús salió de Almería un viernes por la noche con unas cincuenta personas a bordo. Jóvenes de entre 16 y 35 años, mochilas al hombro y el horizonte puesto en Madrid. Al llegar, les esperaban una basílica con las puertas abiertas, una vigilia con conciertos y rosario, y un papa al que, según cuentan, se le veía más relajado que nunca. Tres días después, regresaron con los pies cansados —habían caminado cerca de 25 kilómetros— y una frase en la cabeza: lo importante empieza ahora.
La visita del Papa León XIV a España movilizó a miles de fieles de toda la geografía española, y Almería no fue una excepción. La Pastoral Juvenil de la Diócesis organizó un viaje conjunto con la Diócesis de Guadix, alianza fraguada el verano anterior durante el jubileo de Roma, para acudir a los actos celebrados en la capital. En total, alrededor de un centenar de almerienses tomaron parte en los eventos, entre quienes viajaron con la pastoral y quienes lo hicieron a través de sus colegios o parroquias.
"La idea es coordinar infancia y juventud en la diócesis. Hay muchas parroquias, hermandades y colegios, y nuestra misión es animar a todos los jóvenes a que participen en la fe", explica Jose Aliaga, responsable de Juventud de la Diócesis de Almería y uno de los organizadores del viaje. El alojamiento corrió a cargo de la Conferencia Episcopal, que facilitó plazas en la Basílica de la Concepción de Nuestra Señora. "Nos dan muchas facilidades", reconoce Aliaga.
El programa de los tres días giró en torno a la eucaristía del domingo, pero el corazón del encuentro fue la vigilia del sábado por la noche, un acto diseñado específicamente para el público más joven. Hubo conciertos, una oración del rosario articulada en torno a testimonios personales y, sobre todo, un ambiente que los asistentes describen como único. "Los jóvenes disfrutan mucho el ambiente y la música", señala Aliaga, que recuerda también las palabras que el Papa tuvo para ellos en esa jornada.
El domingo quedó marcado por la celebración eucarística y por un mensaje centrado en el amor fraterno. La proximidad del Pontífice fue uno de los elementos que más impresionó a los participantes. "El papa era cercano, podía ser el párroco de tu parroquia habitual. Nos sentíamos como en casa", describe Aliaga, que traza un paralelismo con la experiencia vivida meses antes en Roma, donde la muerte del Papa Francisco y la llegada del nuevo pontificado creaban todavía cierta incertidumbre. "En Roma no se conocía tanto al Papa León. Aquí había una conexión diferente, él estaba más relajado, más natural".
El encuentro con el Pontífice no rehuyó los temas espinosos. La inmigración fue uno de ellos. Para Aliaga, la Iglesia tiene aquí una posición clara: normalizar. "Los movimientos migratorios han existido siempre. Nos estamos polarizando y hay que dar un mensaje de normalidad, ser sensatos y entender que es una realidad", afirma. Y añade, desde la experiencia directa: "Los que tenemos contacto con esta realidad entendemos que hay que poner entre todos nuestro granito de arena y acercar el rostro de Dios a todas las realidades".
El viaje también tuvo su dosis de anécdotas. El grupo se desplazó a pie a todos los actos, acumulando cerca de 25 kilómetros en los tres días, casi la distancia de una jornada del Camino de Santiago.
Y luego estaban las duchas. "El agua estaba muy fría. Nos duchábamos muy pronto y la gente pegaba gritos. Tuvieron que llamarnos la atención", recuerda Aliaga entre risas. Pequeños momentos que, a menudo, son los que mejor sellan el recuerdo de una experiencia colectiva.
Si hay una frase que resume lo que el responsable diocesano se trae de Madrid, es la que León XIV lanzó durante la vigilia: la invitación a ser "humanos sensibles". Un mensaje que Aliaga interpreta como una llamada a la acción, no al repliegue. "Lo importante empieza ahora. Estamos en el buen camino y no estamos solos", repite, casi como un mantra, al cierre de la conversación.
El impacto del viaje, según Aliaga, se articula en tres planos. El primero es la comunión: "Uno se siente muy a gusto en su grupo, pero es importante ampliar el horizonte". El segundo es la responsabilidad personal: el Papa les encargó tareas concretas, les interpeló sobre qué puede hacer cada uno. Y el tercero es la vocación: la pregunta por el propio camino, por aquello a lo que Dios llama. "¿A qué estoy llamado yo? Eso es lo que se van a preguntar muchos al volver", dice.
El mensaje religioso de fondo, en palabras de Aliaga, es tan sencillo como poderoso: "Dios te ama, está contigo y te comprende". Una idea que, según él, resuena especialmente entre los jóvenes, una generación que a menudo carga con una dureza consigo misma difícil de gestionar. "Hay gente que es muy dura consigo misma. Si Dios me perdona, yo también puedo hacerlo", reflexiona. De ahí que la experiencia vivida en Madrid la resuma con una frase que no ha soltado desde que volvió: "Cuando sientes ese amor incondicional vives diferente, porque empiezas a amar sin esperar nada a cambio. Es un amor que te desarma, y a veces incomoda".