Resulta repugnante comprobar cómo la gramática se vuelve blanda, elástica y asombrosamente compasiva cuando los proyectiles provienen del reino alauita. Según puede leerse en la inmensa mayoría de los medios que se editan en España, Lahbib Mohamed Abdelaziz no ha sido objeto de una ejecución sumaria ni de un frío asesinato político. Qué va. El hombre, simplemente, «muere tras el ataque de un dron». Quizá sea porque no hacen más que copiar y pegar los textos que llegan de agencia, y la información internacional y principalmente del Magreb, son norteamericanas.
Esa sutil pirueta lingüística es digna de un manual de prestidigitación: equiparar el impacto fulminante de un misil militar guiado por satélite con una complicación por apendicitis, un accidente de tráfico o un inoportuno resfriado es el último grito en el colaboracionismo mediático.
Cuando se esconde el verbo «asesinar» detrás de la pátina pasiva del «morir», se está limpiando la sangre del fuselaje antes de que el aparato regrese a su base. Pero las crónicas rigurosas, desprovistas del anestésico oficialista, pintan un panorama bien distinto. Las Fuerzas Armadas de Marruecos ejecutaron esta misma semana un ataque selectivo con vehículos aéreos no tripulados en la zona de amortiguación al este del muro de separación del Sáhara Occidental.
El objetivo principal era Lahbib Mohamed Abdelaziz, jefe de la brigada del Ejército de Reserva del Frente Polisario y miembro destacado de su Secretaría General desde el congreso de 2023. No se trataba de un combatiente cualquiera, sino del hijo del histórico líder saharaui Mohamed Abdelaziz —fallecido en 2016— y del nombre que se perfilaba como el relevo natural para suceder al octogenario secretario general Brahim Gali. Marruecos ha quebrado la línea sucesoria de la organización de un plumazo tecnológico, cometiendo un flagrante crimen de Estado en pleno desarrollo de la gira de mediación del enviado de la ONU, Staffan de Mistura.
Este proceder no debería sorprender a nadie, pues el monarca Mohamed VI cuenta con los mejores profesores del mundo en la asignatura de la impunidad y la ocupación unilateral. El régimen marroquí se ha convertido en el alumno aventajado de la doctrina de hechos consumados que impera en Oriente Próximo.
No es una coincidencia que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sea uno de sus socios estratégicos más mimados, facilitando que empresas de Tel Aviv como Blue Bird Aero Systems colaboren activamente en la fabricación de drones kamikaze en suelo norteafricano. Si a esto le sumamos el espaldarazo geopolítico que el estadounidense Donald Trump otorgó al validar la soberanía de Rabat sobre el territorio saharaui, el círculo se cierra perfectamente. Mohamed VI aplica en el desierto la misma receta criminal que sus aliados ensayan a diario.
Mientras la impunidad vuela libre, en Madrid se ha instalado un silencio sepulcral que hiela la sangre. El Gobierno de España, capitaneado por el presidente Pedro Sánchez y con José Manuel Albares al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, ha reaccionado ante este asesinato con el mismo perfil bajo y la misma sumisión con la que gestiona todo lo que incomoda al vecino del sur. Ni una condena formal, ni una queja diplomática, ni el más mínimo amparo a la legalidad internacional.
Pero la amnesia no entiende de siglas: desde la oposición, el líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, ha mantenido una sintonía absoluta con el mutismo gubernamental. Cuando el interlocutor es el majzén, las diferencias partidistas en el Estado se disuelven en un mar de prudencia cobarde.
Desde este rincón del sureste de lAndalucía, en la provincia de Almería, este ejercicio de hipocresía se contempla con una mezcla de indignación y lucidez. La provincia, que por pura geografía mira de frente a la realidad de las fronteras africanas y asimila en primera línea los vaivenes geopolíticos del Magreb, sabe perfectamente lo que cuesta mirar hacia otro lado.
Si este mismo ataque hubiese sido perpetrado por un gobierno no alineado con los intereses de Washington, asistiríamos a un desfile de minutos de silencio y portadas sobre «crímenes contra la humanidad», cosas que le gustan a Sánchez, pero que resulta que en este caso, coincide con su afinidad con el sátrapa criminal de Marruecos. Sin embargo, tratándose del aliado protegido, el asesinato de un líder político pasa a ser un simple deceso pasivo.