Opinión

Por Jairán, por Almería

Rafael M. Martos | Lunes 15 de junio de 2026

Hay una tendencia muy extendida en la gestión pública local que consiste en pensar que la historia de la provincia de Almería comenzó, más o menos, con la llegada del cine, del turismo en los años sesenta o con la proliferación de los invernaderos. Todo lo anterior parece diluirse en una especie de nebulosa medieval que a menudo estorba en los despachos oficiales. El último ejemplo de esta amnesia institucional lo encontramos en el proyecto de reconstrucción del complejo deportivo de Costacabana, un espacio que durante décadas fue el hogar del mítico Club Natación Jairán y que acabó convertido en un monumento al abandono y al vandalismo tras su cierre definitivo allá por 2011.

Ahora que el Ayuntamiento de la capital, capitaneado por María del Mar Vázquez, parece haber desempolvado los planos para levantar de sus cenizas esta instalación, la alegría vecinal llega acompañada de un regusto amargo. No se trata ya de los plazos o de las eternas promesas heredadas de la etapa de Ramón Fernández-Pacheco al frente del consistorio, sino de una decisión que atenta directamente contra la identidad y la memoria histórica local: todo apunta a que el nuevo centro deportivo perderá el nombre de Jairán.

[publicidad:922]

Resulta verdaderamente paradójico que en una Comunidad Autónoma como Andalucía, tan propensa a presumir de sus raíces, se decida borrar de un plumazo el nombre del personaje que colocó a este territorio en el mapa de la alta política medieval. Jairán al-Amiri no fue un líder menor. Musulmán de origen eslavo —un antiguo esclavo saqaliba que escaló hasta la cima por puro talento militar y político—, se convirtió en el primer rey de la Taifa de Almería en el siglo XI. Fue él quien transformó un asentamiento costero en un reino independiente, próspero y temido, dotando al territorio de un poderío y un caché que obligó al resto de potentados de la península a mirar hacia el sureste con un profundo respeto. Bajo su mandato se expandió la Alcazaba y se construyeron las imponentes murallas que trepan por el cerro de San Cristóbal, definiendo el paisaje que hoy se vende en las postales turísticas.

Para aquellos gestores públicos que sufran de despiste crónico, el recordatorio de su legado ni siquiera requiere abrir un libro de texto. Basta con dar un paseo y pararse justo al pie de la Alcazaba, donde una estatua recuerda la figura de Jairán. Allí permanece el monarca, observando impertérrito el devenir de una ciudad que parece empeñada en olvidar a quienes le dieron forma y relevancia histórica mucho antes de que se inventaran las concejalías de urbanismo.

[publicidad:922]

Renunciar a la denominación de Jairán para el nuevo complejo de Costacabana no es solo un desplante al club de natación que llevó ese nombre con orgullo por las piscinas; es también un síntoma de un alarmante complejo de inferioridad cultural. Sustituir el nombre de un rey eslavo y musulmán que fundó el esplendor almeriense por una etiqueta aséptica, burocrática o meramente geográfica confirmará que no solo arrastramos carencias en sus infraestructuras, sino también una preocupante falta de amor propio. La memoria de un territorio no se desahucia por exigencias de un diseño moderno.

TEMAS RELACIONADOS: