Opinión

Empatizando con Zapatero

Rafael M. Martos | Martes 16 de junio de 2026

La empatía, ese concepto tan manoseado en los manuales de psicología barata y en los discursos políticos de diseño, consiste esencialmente en hacer el esfuerzo de ponerse en el pellejo del otro. Identificarse con su situación, respirar su mismo aire de preocupación y entender sus motivos. En un arranque de generosidad —o de simple curiosidad morbosa—, he decidido hacer ese ejercicio con el expresidente del Gobierno del Estado español, José Luis Rodríguez Zapatero. Hay que reconocer que no es una tarea fácil para cualquiera que observe la realidad desde esta esquina de la provincia de Almería, donde el sol suele aclarar las cosas más de la cuenta, pero el esfuerzo analítico merece la pena.

El detonante de este rapto de comprensión humana es el sainete de la caja fuerte. Gracias a los informes de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil y a los recientes autos judiciales que investigan la presunta trama de comisiones internacionales, el país entero se ha enterado de que el expresidente custodiaba un suculento tesoro de joyas. Lo llamativo del caso no es solo el botín, sino la mudanza: el receptáculo blindado no estaba en el sótano de su residencia privada, sino que fue trasladado con nocturnidad y alevosía a su despacho oficial de expresidente, ubicado en el mismísimo inmueble de la sede federal del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Intentemos ponernos en su lugar sin ánimo de justificar, solo por entender la logística del pánico. Si uno es un ciudadano honrado y posee joyas de procedencia legal, fruto de una legítima herencia familiar o de un regalo de bodas perfectamente declarado, lo normal es dejarlas en la caja fuerte de casa. Al fin y al cabo, es donde se guarda lo que se estima. Ahora bien, ¿cuál es el único motivo por el que un servidor público trasladaría ese cofre a su despacho profesional? La respuesta nos la ofrece la más elemental prudencia criminal.

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Si yo fuera José Luis Rodríguez Zapatero, y supiera perfectamente qué tipo de metales brillan en el interior de esa caja, calcularía las probabilidades con la frialdad de un estadista. Pensaría, con evidente lógica, que si la UCO decide un día llamar a la puerta con una orden de registro, es infinitamente más probable y estéticamente más cómodo que asalten mi vivienda particular a que se atrevan a registrar el despacho oficial de un expresidente del Gobierno, protegido además por el paraguas institucional del partido que sustenta el Ejecutivo. Un escudo político en toda regla. Trasladar la caja fuerte al despacho no fue un capricho decorativo; fue una estrategia de camuflaje geopolítico doméstico.

Continuemos con el ejercicio de empatía. Imaginemos ahora que todo lo que relatan los folios de la UCO, todo lo que filtra la prensa y todo lo que el magistrado instructor plasma en sus autos de procesamiento es una descomunal patraña. Una conspiración cósmica. Si yo fuera inocente, estaría arañando las paredes por salir a una rueda de prensa sin límite de preguntas. Estaría deseando comparecer ante el juez para explicarle, con pelos, señales y facturas, el origen de cada gramo de oro. Es verdad que los seres humanos somos falibles y que el propio José Luis Rodríguez Zapatero —glorioso artífice de conceptos como los "brotes verdes"— podría cometer algún error de memoria o patinar en una fecha. Pero la disposición a hablar sería absoluta. Cuando la verdad te acompaña, el silencio es un lujo innecesario.

Sin embargo, la realidad procesal nos muestra un panorama radicalmente distinto. La estrategia de defensa del expresidente y de sus abogados no se está centrando en gritar la inocencia a los cuatro vientos, sino en algo mucho más prosaico y técnico: la prescripción de los presuntos delitos y la invalidación de las pruebas obtenidas durante la instrucción.

Haciendo gala de una empatía rigurosa, la conclusión jurídica y humana es demoledora. Si yo fuera culpable y supiera que la montaña de pruebas documentales hace imposible demostrar mi inocencia en un juicio limpio, haría exactamente lo mismo que él. Agarrarse a un clavo ardiendo. Cuando el fondo del asunto está perdido porque los hechos son tozudos, la única salvación es destruir la forma. Intentar anular el procedimiento judicial para evitar que el juez entre a valorar si los lingotes eran un pago de favores o un suvenir caribeño. Si el procedimiento sigue su curso natural, el destino final de la vía báltica suele ser una sentencia condenatoria.

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Terminado el ejercicio, uno vuelve a la realidad de la provincia de Almería, donde las únicas cajas fuertes que preocupan son las que deberían financiar el Corredor Mediterráneo y el agua para los invernaderos. Hay que admitir que, tras ponerme por unos minutos en el pellejo de José Luis Rodríguez Zapatero, la experiencia deja un regusto amargo. Debe ser agotador vivir midiendo el grosor de los muros de un despacho y calculando los años que faltan para que prescriba un secreto. Definitivamente, practicada la empatía, no me gustaría estar en su lugar.

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