Admitamos que el fútbol, como espectáculo de masas, posee la asombrosa capacidad de congelar el raciocinio colectivo. Quien esto escribe no siente el más mínimo rubor al confesar que veintidós personas corriendo tras un esférico le producen una soberana apatía. Sin embargo, el pasado fin de semana, el más puro pragmatismo obligaba a interesarse por el desenlace de la jornada. El encuentro de vuelta entre la UD Almería y el Málaga CF no era un simple partido; era el billete dorado hacia la Primera División, un indiscutible motor de crecimiento y visibilidad para la provincia de Almería. El conjunto local lo tenía todo de cara: le bastaba un simple empate para certificar el ascenso en el Estadio de los Juegos Mediterráneos. Pero, en un alarde de generosidad dramática y torpeza infinita, la UD Almería decidió perder estrepitosamente.
No entraré en el análisis táctico de por qué el planteamiento sobre el césped naufragó frente a los de la Costa del Sol. Carezco de criterio futbolístico y, francamente, me resulta indiferente quién merecía más el premio deportivo. Lo que verdaderamente merece un estudio antropológico profundo, financiado si hace falta por la Junta de Andalucía, no es lo que ocurrió con el balón, sino el bochornoso despliegue de instintos primarios que se vivió en los alrededores del recinto.
Resulta fascinante cómo el civismo se evapora en cuanto entra en juego una camiseta de poliéster. El encuentro comenzó con un retraso flagrante de casi 40 minutos. ¿El motivo? No fue una avería técnica ni un diluvio universal, sino la absoluta incapacidad de garantizar que el autobús del Málaga CF llegara al estadio sin ser apedreado por un sector de la afición local. Y hay que decir que la afición visitante, muchos de ellos sin entrada para el partido, tuvieron un comportamiento bastante rechazable. El dispositivo de seguridad, se vio desbordado por una horda que confundió la pasión deportiva con la balística urbana.
El paisaje prepartido en las plazas de la capital fue desolador. Espacios públicos que terminaron convertidos en auténticos estercoleros, alfombrados de vidrios rotos, plásticos y deshechos. Sorprende la impunidad con la que se asume que animar a un equipo exime de utilizar las papeleras. Es inevitable lanzar una pregunta al aire a los servicios de limpieza: si con una derrota el mobiliario urbano ha sufrido este calvario, ¿qué habría quedado de las calles si el equipo llega a ganar? ¿Habríamos tenido que lamentar la demolición descontrolada de media ciudad a cargo de los festejos?
Lo más alarmante de esta catarsis zoológica no es la minoría ruidosa de siempre, sino la preocupante normalización del vandalismo intergeneracional. Asistir a la estampa de padres lanzando consignas agresivas e insultos denigrantes delante de sus hijos pequeños, o de adolescentes pateando coches ante la mirada complaciente de sus progenitores, invita a una seria reflexión. Subirse al capó de un vehículo ajeno o destrozar bienes públicos se tolera socialmente bajo el mágico paraguas de la "emoción del fútbol". Si este mismo comportamiento, digno de una manifestación de radicales políticos violentos, se produjera por cualquier otra causa social en el Estado, las fuerzas de seguridad habrían actuado con una contundencia implacable. Pero claro, el vandalismo llevaba bufanda y escudo.
He tenido la fortuna de disfrutar de este deporte en reuniones con amigos que apoyan a aficiones opuestas, compartiendo el sano pique de la victoria y el consuelo de la derrota sin llegar a las manos, y no sé si alguno de ellos, en el anonimato de la masa actuaría como hemos visto. Imagino que deben de mirar este panorama con el mismo asombro. No se entiende el resultado deportivo, pero mucho menos se entiende que el precio de aspirar a la élite del fútbol sea el regreso voluntario a la Edad de Piedra.