No, este no es un artículo más sobre Santos Cerdán, aunque también.
Ayer, el histriónico político de ERC, Rufián, le requirió al presidente del Gobierno:
—«¿Ha habido pecado?»
A modo del versátil actor Burt Lancaster en la maravillosa película “El fuego y la palabra”, de Richard Brooks, donde un timador encuentra su verdadera vocación en la predicación. Tal vez le faltó concluir:
—«Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado»,
citando al más literario de los evangelistas, san Mateo, al que Pasolini dedicó su versión de Semana Santa: “El Evangelio según san Mateo”.
Esta intervención me confirma una vez más el carácter religioso de la izquierda, o de parte de la izquierda. Como si la frase de Marx «La religión es el opio del pueblo» fuera dirigida a yonquis sin remedio y solo un tratamiento alternativo con otros estupefacientes pudiera mitigar esa querencia opiácea. Ahí está esa forma de entender la izquierda: con fe, fuego y palabra.
Hace poco leí unos versos en prosa del infravalorado poeta almeriense Adolfo Lisabesky:
«Tras oír las palabras del párroco: “Podéis ir en paz”, abandonaban los austeros bancos de la iglesia por las sillas de oficina del comité central. Solo cambiaban de tapicería.»
Cambiando libros religiosos por otros libros religiosos. Los truhanes, especialmente dotados para la detección de primos, ven en este colectivo el ecosistema propicio para sus trucos. Ayer Sánchez siguió en esa línea y la izquierda lo valoró también con esa misma actitud.
Creer y no fallar al colectivo, aunque estuviera secuestrado por la corrupción y la mentira de unos tramposos, son unas máximas peligrosas y difíciles de discutir. ¿Qué se puede discutir cuando la fe está de por medio? Los mismos que en su momento se creyeron lo de la Santísima Trinidad ahora defienden vehementemente que todo es un bulo, obra de unos jueces fascistas y propagado por periodistas fachas. Pues claro que sí.
Lo que haga falta. Y aquí, en un modelo basado en la fe, encuentran su caldo de cultivo.
El otro día hablábamos de “1984”, el libro de Orwell, en el que la entidad superior quería de sus camaradas no que dijeran que había cuatro dedos cuando sus ojos veían cinco, sino que realmente creyeran que había cuatro dedos. Groucho lo adaptó para la comedia: «¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?».
Cuando me casé, lógicamente lo hicimos por lo civil, y ofició la ceremonia —terminología religiosa— el único concejal que había de IU, Diego Cervantes, al que le estoy inmensamente agradecido. Por entonces un compañero me dijo: «Yo conozco al cura que te va a casar». Y yo le respondí: «Pero si nos casamos por el Ayuntamiento». (Luego se realizó en los hermosos Aljibes Árabes, pero esa es otra historia). «Bueno, tu cura laico».
Eso es: la izquierda ha sustituido unos libros por otros libros, unas ceremonias por otras ceremonias, pero la esencia religiosa la ha conservado. El cristianismo retomó creencias paganas y las integró en su credo; absorbió fechas y fiestas. La izquierda ha hecho lo mismo. Una izquierda que, además, bebe de esas aguas en las que encontraron acomodo, al mismo tiempo, la fe política y la fe religiosa.
El pecado, la bondad y el maniqueísmo de la izquierda no se podrían entender sin esta base y este componente religioso.