Cualquiera que me conozca o me lea con cierta regularidad sabe que siempre he rechazado el insulto y la grosería como forma de expresión en el debate público. Me molesta profundamente cuando un comentarista o un político cae en la zafiedad; la política debería ser algo más que un lodazal de barra de bar. Por eso, admito que me ha resultado difícil titular este artículo así, de una manera tan cruda. Pero, sinceramente, es la única expresión exacta que me vino a la cabeza. No hay otra que defina mejor lo que presenciamos. Se la suda.
Esa fue la nítida sensación al ver la sonrisa de Pedro Sánchez y los aplausos del grupo socialista en el Congreso de los Diputados. La cámara baja acababa de aprobar, por mayoría absoluta, una moción que pedía al presidente del Gobierno del Estado algo tan elemental en una democracia madura como presentar una moción de confianza o convocar elecciones anticipadas. ¿La respuesta del bloque gubernamental? Carcajadas. Qué divertido todo. Qué gracia les hace carecer de la confianza de la Cámara, más allá de que los intereses partidistas y cortoplacistas les permitan seguir al mando.
Para contextualizar el chiste, conviene recordar que solo veinticuatro horas antes se había vivido un pleno asfixiante. En esa sesión, absolutamente todos los grupos políticos del Congreso —con la obvia excepción del PSOE— retrataron a un Ejecutivo acorralado por la corrupción y sumido en una parálisis legislativa total. La estampa fue inédita: desde la oposición frontal del Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo y Vox, pasando por los socios habituales de investidura como Junts, ERC, EH Bildu o el BNG, hasta llegar a sus propios compañeros de alcoba. El grupo Sumar, esos que comparten mesa y mantel cada martes en el Consejo de Ministros, llegaron a calificar la situación actual del PSOE como un "lastre" para la acción de Gobierno.
Imaginen la escena en cualquier ámbito laboral: tus socios, tus clientes, tus proveedores y hasta el compañero con el que compartes despacho te digan a la cara que eres un problema, que bloqueas la empresa y que estás bajo sospecha. En el mundo real, uno recoge los papeles. En la Moncloa, te desternillas de risa.
Porque la realidad institucional es que la parálisis no es una percepción, son datos. El Gobierno lleva años saltándose el mandato de la Constitución Española, que en su artículo 134 obliga de manera taxativa a presentar los Presupuestos Generales del Estado, con independencia de que luego se tenga la pericia política de aprobarlos o no. Pero la planificación económica y las inversiones —esas que tanto necesita esta provincia en materia de infraestructuras hídricas y ferroviarias— pueden esperar.
Resulta difícil digerir este desdén hacia la sociedad. Ver al presidente del Gobierno reaccionar con una risita y aplausos ante la exigencia de la mayoría de la soberanía nacional es el síntoma definitivo de una desconexión total... él está bien, por unas u otras razones, el PP no logra una mayoría para la moción de censura, y él no está dispuesto a una moción de confianza sabedor de que carece de esa confianza, y de que por tanto, gobierna sin la confianza del Parlamento... pero oiga, como si la cosa no fuera con él. Da la impresión de que Pedro Sánchez se aferra al sillón presidencial con un pegamento industrial que ya quisieran para sí las multinacionales del bricolaje. Todo lo demás, la estabilidad, el respeto a las instituciones y el decoro parlamentario, sencillamente, se la suda.