Almería

Cuando Venezuèla tiembla, en Almería se siente

Ana Rodríguez | Lunes 29 de junio de 2026

La madrugada en la que Venezuela volvió a estremecerse con un terremoto de magnitud 7,1, seguido horas después por otro de 7,5, miles de venezolanos repartidos por el mundo sintieron un golpe en el pecho. En Almería, donde reside una de las comunidades venezolanas más numerosas de Andalucía, la noticia se vivió con una mezcla de angustia, memoria y una empatía que nace de la propia experiencia. Porque aquí, en el sureste español, la tierra también se mueve. Y lo hace con la suficiente frecuencia como para que cada temblor en cualquier parte del mundo active un reflejo compartido.

Almería es, desde hace décadas, uno de los territorios sísmicos más activos de España. Las fallas del Mar de Alborán han provocado movimientos significativos en 1910, 1993, 1994 y 2020, además de los microtemblores que se registran de manera habitual en la capital, Níjar, Huércal, Roquetas y El Ejido. Esa condición geológica ha moldeado una cultura de alerta silenciosa: aquí nadie se sorprende del todo cuando la tierra tiembla, aunque siempre se respira un cierto respeto hacia lo imprevisible.

Esa sensibilidad sísmica es uno de los puntos de encuentro más inesperados entre Almería y Venezuela. El país caribeño está atravesado por sistemas de fallas como la de Boconó y la de San Sebastián, responsables de algunos de los terremotos más devastadores de su historia. Para muchos venezolanos que hoy viven en la provincia, la noticia de un nuevo seísmo no es solo un titular internacional: es un recordatorio de su propia biografía, de noches en vela, de familiares que aún viven en zonas de riesgo y de un país donde la tierra nunca ha sido completamente estable.

CONEXIÓN

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La conexión entre ambos territorios, sin embargo, va mucho más allá de la geología. Según los datos municipales del INE recopilados por prensa local, en Almería viven 5.254 venezolanos empadronados. La cifra es significativa no solo por su volumen, sino por su distribución: 3.318 residen en el Poniente, lo que convierte a esta zona en el principal núcleo de la comunidad venezolana en la provincia. Municipios como Roquetas de Mar, El Ejido, Vícar, La Mojonera, Adra o Balanegra han visto cómo, en apenas una década, la presencia venezolana ha pasado de ser anecdótica a formar parte del paisaje humano cotidiano.

La razón de esa concentración es clara: la agricultura intensiva del Poniente, que genera el setenta por ciento del empleo agrícola de la provincia, se ha convertido en un imán para quienes llegan buscando trabajo y estabilidad. Muchos venezolanos proceden de regiones agrícolas como Lara, Portuguesa o Zulia, donde el cultivo y el manejo de la tierra forman parte de la vida diaria. En el mar de plástico han encontrado un entorno familiar, aunque más tecnificado, y una oportunidad para empezar de nuevo. Las estadísticas del INE indican que entre el treinta y cinco y el cuarenta por ciento de los extranjeros del Poniente trabajan en agricultura, lo que permite estimar que entre 900 y 1.200 venezolanos están vinculados directamente a este sector.

El análisis municipal del INE, recopilado por prensa local, permite trazar con precisión la presencia venezolana en la provincia:

  • Almería capital: 1.482 venezolanos

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    Roquetas de Mar: 1.214

  • El Ejido: 1.008

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    Vícar: 612

  • Aguadulce: 540

  • Níjar: 398

  • La Mojonera: 221

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    Adra: 189

  • Balanegra: 74

La agricultura intensiva del Poniente —El Ejido, Roquetas, Vícar, La Mojonera, Adra— concentra el 70% del empleo agrícola de la provincia (INE). Y en estos municipios vive el 63% de los venezolanos de Almería.

Pero la presencia venezolana en Almería no se limita al campo. La hostelería, los servicios personales, la construcción y la sanidad también han absorbido a cientos de profesionales que han logrado homologar sus títulos o están en proceso de hacerlo. En hospitales como Torrecárdenas o Poniente ya es habitual encontrar médicos, enfermeros y fisioterapeutas venezolanos que refuerzan áreas donde la provincia arrastra déficit estructural. En Roquetas, Aguadulce y Almería capital proliferan negocios de gastronomía venezolana que han introducido sabores como la arepa, la reina pepiada o los tequeños en la rutina culinaria local. Y en el comercio y los servicios personales, la comunidad venezolana ha encontrado un espacio donde emprender y generar empleo.

MIGRACIONES

La relación entre Venezuela y Almería también tiene memoria histórica. Durante los años sesenta y setenta, cientos de almerienses emigraron a Venezuela buscando oportunidades en la construcción, la hostelería o la industria petrolera. Muchos de ellos formaron familias allí, y hoy sus hijos y nietos regresan a España cerrando un ciclo migratorio que une dos generaciones y dos geografías. Ese vínculo emocional explica por qué, cuando ocurre un terremoto en Venezuela, en Almería se multiplican las llamadas, los mensajes y la preocupación. No es solo solidaridad: es historia compartida.

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En estos días, mientras Venezuela evalúa los daños de los últimos seísmos, la comunidad venezolana del Poniente vive entre la inquietud y la esperanza. Muchos tienen familiares en zonas afectadas y siguen las noticias con el corazón encogido. Almería, que conoce bien la sensación de que el suelo pueda moverse sin aviso, se convierte en un lugar donde esa preocupación se entiende sin necesidad de explicaciones.

RESILIENCIA

La tierra tiembla en Venezuela y Almería por razones distintas, pero el efecto emocional es parecido. Ambos territorios han aprendido a convivir con la incertidumbre geológica y a construir futuro en medio de la fragilidad. Esa resiliencia compartida es, quizá, el vínculo más profundo entre dos lugares que, pese a estar separados por un océano, se reconocen en la forma en que enfrentan lo inesperado.

Cuando la tierra se mueve en Venezuela, Almería escucha. Y cuando tiembla en Almería, miles de venezolanos recuerdan que hay lugares donde el suelo nunca deja de moverse, pero la vida sigue adelante. Esa es, en el fondo, la historia que une a ambos territorios: una historia de temblores, de migraciones y de una comunidad que ha encontrado en el Poniente un lugar donde reconstruirse sin olvidar de dónde viene.

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