Opinión

La deuda

Ignacio Ortega | Miércoles 01 de julio de 2026

El 28 de junio Almería volvió a vestirse de arcoíris. La calle fue un río de cuerpos con la piel erizada, banderas abiertas como pulmones y una alegría que era, también, trinchera. Enfrente, la vieja pregunta: ¿por qué hacer de la piel un manifiesto? ¿Por qué convertir el beso en pancarta?

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Porque la memoria huele aún a calabozo. Aquí, amar fue delito hasta 1979. La Ley de Peligrosidad Social bordó barrotes en el psiquiátrico de la carretera El Mamí y en la vieja cárcel. Esa mentalidad no murió: aprendió a votar. Lo vimos cuando Vox se opuso en el Pleno a crear un observatorio municipal LGTBI y amagó con bloquear presupuestos si salía adelante.

No es un eco lejano. Es la hostilidad que late en Almería, donde ocurre uno de cada diez incidentes por LGTBIfobia de toda Andalucía. Un acoso silencioso que empuja a los jóvenes a camuflarse para sobrevivir en su propia ciudad. Almería guarda armarios con cerrojo. Hay muchachos que borran el móvil antes de cruzar el umbral. Hay padres que prefieren un hijo roto a un hijo maricón. Hay vestuarios donde la palabra pluma corta más que el césped. Hay consultas donde preguntan si eso es amor de verdad. No es identidad: es la asfixia que fabrica el “yo no tengo nada en contra, pero...”.

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Lo vi. El 28 de junio, terminada la marea, en Plaza Vieja. Un grupo volvía con la bandera aún tibia, purpurina como una constelación brillando en la piel y camisetas que eran un grito. Desde un soportal de la Plaza Vieja brotó el veneno: “maricones de mierda, vestiros normales, qué asco”. No volaron piedras. Volaron palabras que pesan igual. Ellos apretaron el mástil y siguieron. El manifiesto significa eso: seguir cuando te quieren mudo y quieto en penumbra.

Cada beso público dado en aquella manifestación saldaba siglos de besos escondidos. No pedían trono. Pedían no aplaudir un día y reírse el resto del año. Que al llamar “mariconazo” o “bollera” a una persona, nuestras voces no se hagan silencio. Como a mí me ocurrió aquella tarde del 28 de junio: ante el veneno bajo el soportal de la Plaza Vieja, mi silencio cómodo se hizo ovillo.

No pensé por qué alzaban la bandera. Pensé por qué la calle seguía oliendo a miedo. Pero mi silencio fue parte del linchamiento: vi el latigazo, me encogí de hombros y seguí andando. Olvidé que aquel día no era fiesta; era deuda.

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