Opinión

La verdad tras un cínico

Angel Rodríguez Fernández | Jueves 02 de julio de 2026

¿Quién no ha contado una mentirijilla? No quisiera transformar este espacio dedicado a la opinión en una catarsis personal, pero confieso que, en algún momento, he practicado esa perversión moral que es la mentira. Mentiras más o menos piadosas que siempre he querido evitar y que, en alguna ocasión —las menos de las veces—, he tenido que utilizar.

Otra cosa es convertirse en un mentiroso, y otra muy distinta en un cínico. Más aún, que unos cínicos se dediquen a la política y hagan de su práctica un ejercicio de continuo cinismo. Mienten, cambian de opinión y lo justifican escondiéndose tras lo que llaman el bien común, convirtiendo así el bien común en un cínico esperpento al servicio de sus propios intereses.

Ha habido miles de ejemplos. Tal vez, para mí, el más flagrante, si al final se sustancia, sean los esfuerzos de Zapatero en pro de los derechos humanos. Ese era su bien común: acabar con las guerras, liberar presos —aunque él nunca los llamara presos políticos—, intermediar entre gobiernos y delincuentes para rehabilitarlos y hacerlos entrar en el redil de la convivencia.

Pero, visto lo visto, eran mentiras; una tras otra que, puestas en fila, se verían desde el espacio como la Gran Muralla China, símbolo de esa dictadura tan admirada por Zapatero . Dicen que las mentiras tienen las patas muy cortas, pero hemos necesitado ver unas joyas valoradas en más de un millón de euros para acabar alcanzándolas, y aún hay quienes siguen tras ellas.

No hacía Zapatero negocios en países de tradición democrática como Noruega, Suecia, Dinamarca o Costa Rica. Encontraba a sus cómplices en países de dudosa reputación: Venezuela, Bolivia, China o Arabia Saudí; allí donde su dialéctica para dummies era bien recibida porque era el mismo lenguaje de chavistas, maduristas o Delcy Rodríguez, un discurso de telenovela impostado, populista, de telepredicador. Otra gran mentira es la de apropiarse del fin de ETA y, además, de una manera espiritual, casi mística, a través de reuniones y abrazos, cuando la verdad es que el fin de ETA lo pagaron los asesinados y sus familias, y se lo cobraron los jueces y las fuerzas de seguridad mediante un trabajo inconmensurable y una valentía inaudita.

¿Y qué decir de nuestro presidente? El gran timo de la amnistía, vendida en nombre de la convivencia; de nuevo ese discurso espiritual, tramposo y cínico que a tantos nos ha costado traducir cuando quería mi santo culo presidencial por encima de todo lo demás. ¿Y los bulos? Nos enfrentaron unos con otros: familias, amigos y compañeros, para tapar sus miserias, para defender al mentiroso cuando lo pillaban. Acabaron con la ética periodística de algunos periodistas —aquellos firmantes del manifiesto «Los gobiernos se eligen en las urnas. No al golpismo judicial y mediático» quedarán grabados para su desgracia—; a cambio, hemos encontrado otros que no quisieron pasar por el aro.

Así es el cínico y el mentiroso. Pero, a veces, los cínicos dicen algo que conviene y entonces nos mantienen a todos en alerta, sorprendidos. Como ese reloj parado que da bien la hora dos veces al día. Quien sabe que está parado lo observa en uno de esos momentos y reacciona pensando que esa hora, precisamente porque el reloj está parado, no puede ser la correcta.

Eso ocurre con el político al que ya le hemos tomado la matrícula: todo lo que dice o hace lo interpretamos en función de lo que ya nos ha mentido, y descreemos. Por eso debemos ser especialmente cuidadosos y no caer siempre en las antípodas de sus discursos, porque, a veces, sus intereses, la verdad y el interés común coinciden.

Hablo del último debate sobre la ley de nietos, sobre la que había prácticamente unanimidad, pero un giro de guion de otra señora Puente —y yo pensé que no podría ver más Puentes que el puto súbdito— y un discurso populista de la ultraderecha han hecho que Feijóo vuelva a conspirar contra el mismo. Claro que está bien que vuelvan los nietos de los exiliados y de los emigrantes que perdieron su nacionalidad y lo hagan como españoles. Ahí el reloj parado dio bien la hora. No es de recibo negársela ni entrar en despropósitos por muchos votos que eso pueda generar.

Cosa parecida ocurre con la regularización de inmigrantes. ¿No decía la misma ultraderecha que los prefería legales? Pues de eso se trata. Lo único es que, si vamos a ser más, deberíamos organizarnos y reforzar nuestro entramado social: más médicos, más profesores... Si aumentan las afiliaciones a la Seguridad Social y, por tanto, los ingresos, también deben aumentar los gastos en sanidad, educación y servicios públicos.

Que no pase como en la novela de Boris Pasternak, Doctor Zhivago, cuando el protagonista vuelve después de la guerra y la Revolución rusa a su lujosa casa y la encuentra invadida por una comuna de trabajadores y sus familias. Zhivago, humanista, lo observa al principio con ilusión; le parece correcto. Pero más adelante se percata de que sus recuerdos, el alma de su hogar, desaparecen: literalmente se incineran, devorados por unos invitados que terminan colapsando lo que era su vida.

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Creo que todos entendemos perfectamente el drama humano de tantos hombres y mujeres que dejan su vida en el desierto, en las fronteras o en el Mediterráneo, en manos de mafias que los utilizan como mercancía, igual que Al Capone utilizaba el alcohol en tiempos de la Prohibición.

Muchos apoyamos, en la medida de nuestras posibilidades, a las ONG que ayudan a los inmigrantes y hacen una labor encomiable. Yo lo hago, aunque no creo que este sea el lugar para enumerar mis filias humanitarias. Pero el Estado, que somos todos, debería ser el garante y organizarlo, regularizarlo, en cooperación con otros países de la Unión Europea. Y me temo que también en esto se les ve el plumero cínico y mentiroso.

Escuché anoche a Luis del Val, magnífico pensador cuyas reflexiones me han acompañado durante mucho tiempo, desde que trabajaba en la Cadena SER y también ahora en COPE. Comparaba España con Finlandia y Eslovenia, los tres miembros de la Unión Europea y los tres con fronteras exteriores. Planteaba qué ocurriría si Finlandia y Eslovenia, por decisión propia, dejaran pasar y regularizaran a miles de ciudadanos de origen ruso sin conocer quiénes son, si entre ellos hay delincuentes, espías o simplemente trabajadores que buscan una vida mejor.

Servía como ejemplo de que es lógico que Europa necesite la cooperación honesta y leal de todos los países miembros.

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¿Puede un cínico ser honesto y leal?

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