Como cada verano, casi a la par, cuando los ayuntamientos celebran y ondean las banderas azules como estandartes turísticos de la calidad de sus playas, Ecologistas en Acción publica su informe de banderas negras para remarcar lo contrario: la contaminación de las aguas provocada por las basuras, por vertidos mal depurados o por químicos; la mala gestión del litoral, donde se sigue invadiendo y destruyendo el patrimonio histórico y cultural en el dominio público marítimo-terrestre con construcciones ilegales o legales como obras portuarias; y la degradación ambiental provocada por todos estos impactos, además de la masificación y las afecciones a la biodiversidad.
Dos formas de entender la calidad ambiental de una playa. Las azules, que comenzaron en los puertos en 1985 y dos años después se extendieron a las playas, son solo una campaña publicitaria, de marketing y, como inocentes consumidores, sabemos que la mayoría, por no decir todas, nos mienten, exageran el producto y cuentan medias verdades. Lo importante es vender sea como sea, y que se vea reflejado en la cuenta de resultados, porque son eso, una inversión que busca multiplicar beneficios.
Eso es lo que denuncia con su campaña de dos banderas negras por provincia el grupo ecologista, que los criterios que en sus comienzos eran esperanzadores y positivos para que la ciudadanía supiese que la playa es adecuada para el baño, se han prostituido, quedando en lo superfluo, lo superficial, lo anecdótico, en vender servicios, pero no defender la salud de los ecosistemas y usuarios. Más que azules deberían ser verdes, porque son un claro ejemplo de lo que es el greenwashing institucional.
Una de las principales críticas es que las otorgan una entidad privada, sin ningún respaldo de la Unión Europea, que se desmarcó del proyecto en 1999, retirando todas las subvenciones que otorgaban, porque se dieron cuenta de que no había ningún rigor científico y que, en vez de resaltar la excelencia, se dedicaban a premiar los mínimos legales que los ayuntamientos deberían cumplir por obligación en la Directiva de Aguas de Baño comunitaria.
Para obtenerlas, basta con realizar un informe por parte del ayuntamiento que demuestre que la calidad microbiológica de las aguas de baño es excelente y que no hay vertidos industriales o de aguas residuales. Estos son fáciles de conseguir, porque los muestreos de las aguas se realizan en días puntuales, en lugares interesados y en la parte de la lámina de agua donde sabes que no habrá nada prohibido.
Si estos estudios se hiciesen con rigor, demostrarían por qué España es el país más castigado de la UE por no depurar el agua que termina en el mar. Cada año pagamos multas millonarias porque la mayoría de los ayuntamientos se gastaron el dinero que nos dieron para realizar el tratamiento terciario de las depuradoras en otras cosas. A esto hay que sumarle que estas instalaciones se han quedado obsoletas, pequeñas, y ni el primario ni el secundario lo hacen con garantías, porque la población, sobre todo en la costa, ha crecido y se multiplica en verano.
El resto del informe que se presenta se dedica a las pasarelas, los cartelitos, las cinco actividades de educación ambiental obligatorias al año que se falsean muy fácilmente, los socorristas durante el verano y a cumplir la Ley de Costas referente a los residuos y el reciclaje. Algo que todos deben hacer porque las leyes lo exigen, pero que si pagas 450 euros para que alguien venga a chequear que lo haces, te dan una telita para presumir y confundir a la gente.
Por poner un ejemplo. En Almería este año se ha otorgado una bandera azul y una negra a la misma playa, la de Quitapellejos. Mientras una habla de excelencia, la otra recuerda que es una playa radiactiva por culpa de las bombas de Palomares y donde se pretende construir una urbanización a escasos metros de la costa. Yo no sé ustedes, pero da un poco que pensar el detallito.
La otra bandera negra se la han concedido a la playa de Levante de Punta Entinas, porque en apenas una década, por las negligencias acumuladas a lo largo del último siglo en la costa, han desaparecido casi 200 metros del ancho de la playa, dejando las raíces de los lentiscos y sabinas de la Reserva Natural al descubierto en la orilla. En el mismo pueblo, los vecinos de Balerma llevan décadas intentando salvar sus casas de la imparable regresión marina, exigiendo más espigones y alteraciones costeras. Parece que por fin (hasta que no lo vea, no lo creo) se ha sacado a licitación el proyecto, pero si se termina haciendo, será un impacto para las playas contiguas que habrá también que salvar, hasta llegar a esa playa donde no hay vecinos que exijan su protección. Los expertos dicen que en 2050 la playa será solo un recuerdo que contarles a nuestros nietos y que ninguna restauración ambiental será efectiva si no se ataja el problema de origen y empezamos a deconstruir la costa como se hace en muchos lugares. Algo fácil de decir y difícil de hacer.
Esta discrepancia de criterios me ha recordado a la película Azuloscurocasinegro, sobre la incertidumbre de varios personajes cuando miraban al futuro. Pues eso mismo pienso yo cuando veo unas banderas que casi parecen azules, pero que son negras, muy negras, y que solo sirven para vender humo, bonitas fotos y perder muchas horas de trabajo y dinero que podríamos gastar en proteger los ecosistemas y nuestra salud.