El drama humano que ha dejado el reciente incendio de Los Gallardos, cobrándose la trágica cifra de 13 vidas en la provincia de Almería, debería ser más que suficiente para silenciar los debates de salón. Pero no. En la arena política, la realidad siempre es un estorbo secundario frente al relato. A estas alturas de 2026, presenciar el equilibrismo mental de algunos representantes públicos para esquivar la evidencia física roza lo cómico, si no fuera porque el monte se sigue cobrando vidas humanas y hectáreas.
Juan José Bosquet, presidente de Vox en la provincia de Almería, me confimaba en una entrevista en 7 Televisión que el cambio climático existe. El problema es que en su propia casa no terminan de aclararse con el nuevo guion. Mientras Manuel Gavira, vicepresidente del Gobierno andaluz, sigue arrastrando los pies con el escepticismo de siempre y dice a raíz del incendio que «Estamos hartos de cambio climático» para criticar a su presidente Juanma Moreno... Gavira no ha aparecido en toda la crisis, y cuando hace es para criticar a su socio... así son. Al final, Juan José Bosquet matizaba que contra lo que está su partido no es contra el diagnóstico, sino contra los métodos globales para combatirlo.
Pero mientras la extrema derecha decide si se sube o no al carro de la termodinámica, la física de la Tierra no espera a que se pongan de acuerdo. En una provincia con un suelo tan seco y a la vez tan agradecido como el almeriense, el ciclo meteorológico se ha vuelto letal. Los pocos días en los que cae algo de lluvia hacen florecer el entorno de la montaña de forma casi milagrosa; sin embargo, las temperaturas máximas cada vez más elevadas y prolongadas convierten ese brote verde en yesca pulverizada en cuestión de horas. Si a este combustible perfecto se le suma cómo el calor extremo modifica las corrientes de aire y multiplica la fuerza del viento, el incendio de Los Gallardos encuentra su explicación científica, despojada de cualquier ideología. No es una suposición: los datos oficiales reflejan que, en apenas los primeros seis meses de este año 2026, la superficie calcinada ya ha triplicado a la de todo el año 2025. Esto, sumado a unas DANA cada vez más constantes y peligrosas, evidencia que el impacto está aquí.
Es indiscutible que cada vez hay más días de calor, que ese calor es cada vez más alto, y que esas altas temperaturas duran cada vez más jornadas, que lo que antes era excepcional, ahora es habitual. Por contra, los días fríos son menos, pero las temperaturas mínimas son cada vez más bajas.
Lo verdaderamente grave de esta situación no es la contradicción de quienes niegan la evidencia, sino la inoperancia de quienes dicen creer en ella. Hablo principamente de la Unión Europea, cuyas decisiones acatan la Junta de Andalucía y el Gobierno de España. Todas estas administraciones se llenan la boca con planes de mitigación a largo plazo: reciclar, reducir plásticos y minimizar las emisiones de carbono. Gestos necesarios, desde luego, pero cuyos efectos tardarán décadas (en el escenario más optimista) en percibirse en el termómetro global. ¿Y mientras tanto, qué? ¿Se pretende apagar el próximo gran incendio forestal a base de pajitas de cartón?
Lo que esta perspectiva olvida es la urgencia de combatir las consecuencias inmediatas del cambio climático. No se puede proteger el territorio manteniendo los montes en un estado de abandono absoluto, convertidos en polvorines donde la rigidez normativa impide limpiar la maleza, trazar caminos rurales o ejecutar cortafuegos eficaces. Si se reconoce la virulencia del nuevo escenario climático, la respuesta debe ser estructural y sobre el terreno: mantener los cauces de las ramblas limpios para cuando llegue la próxima DANA y permitir que la población rural se quede en esos territorios porque pueda ganarse la vida cuidando y explotando el monte de forma sostenible.
Un entorno habitado y económicamente viable es la mejor garantía de conservación. Fiarlo todo a la reducción de humo mientras se desatiende el suelo es una negligencia que cuesta vidas y bienes. Está muy bien intentar ralentizar el cambio del clima para el próximo siglo, pero si no se toman medidas urgentes para mitigar su devastación hoy, para cuando la atmósfera esté limpia ya no quedará nada verde que proteger en esta provincia.