Hay que reconocerle a Mariano Rajoy una capacidad innata para animar los veranos. Mientras el termómetro se dispara a cifras que en la provincia de Almería consideramos simplemente un martes cualquiera de julio, el expresidente del Gobierno decidió aparcar momentáneamente sus paseos rápidos para ejercer de cronista deportivo en el diario digital El Debate. El escenario elegido: el Mundial de fútbol que se disputa en Estados Unidos. Su veredicto: la selección francesa es buenísima, pero —según su agudo análisis demográfico— no tiene franceses. Porque claro, que casi todos sus integrantes sean negros o de origen magrebí los convierte, a ojos del célebre registrador de la propiedad de Pontevedra, en "legalmente" franceses, pero no "realmente" franceses. Un matiz identitario digno de un tratado de geopolítica de barra de bar.
La Moncloa, por supuesto, no ha tardado ni un segundo en desplegar la alfombra roja a la polémica. Al Gobierno de Pedro Sánchez le ha faltado tiempo para rasgarse las vestiduras y amplificar el desliz de Mariano Rajoy. Y cómo no iba a hacerlo. Con la que está cayendo en los juzgados, la reciente sentencia condenatoria de David Sánchez —hermano del mismísimo presidente del Gobierno— y el goteo constante de procesos judiciales pendientes, una ración diaria de debate moral sobre el color de piel de los delanteros franceses es el bálsamo que necesitaban para que miremos a cualquier lado menos al sumario. Una cortina de humo tan densa como el levante cuando sopla con ganas en el cabo de Gata, ideal para camuflar las miserias propias al más puro estilo de una república bananera.
Sin embargo, reducir esto a una simple pataleta estival o a una burda maniobra de distracción gubernamental sería un error de cálculo. Aunque cuesta imaginar a Mariano Rajoy teorizando sobre la supremacía aria entre puro y puro, sus palabras rozan un terreno verdaderamente pantanoso. Sobre todo porque el partido que él presidió ha acabado firmando pactos de gobierno en diversos territorio del Estado —incluyendo Andalucía— con una formación de extrema derecha que lleva tiempo agitando la bandera de la "prioridad nacional". Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo: si se pretende aplicar la "prioridad nacional" para el acceso a determinados servicios públicos, lo primero que habrá que hacer es definir, con precisión de cirujano, quiénes son exactamente los "nacionales". El siguiente paso, lógicamente, es decidir quién entra en el club y quién se queda fuera, midiendo la pureza patria con el rigor de quien pela una banana y decide si es apta para el consumo según la tonalidad de su piel.
Es ahí donde la comedia involuntaria de la extrema derecha alcanza cotas sublimes. Tras el patinazo de Mariano Rajoy, el exvicepresidente de Castilla y León, Juan García-Gallardo, no tardó en salir a la palestra digital para asegurar, muy ufano, que los apellidos determinan la identidad nacional. El argumento es de una solidez de plastilina. Si uno se toma la molestia de buscar en internet el nombre completo del susodicho, descubre que se llama Juan García-Gallardo Frings. Un segundo apellido que no evoca las esencias de la meseta castellana, de esos que se debieron forjar en Covadonga, supongo. O sea, que muy español de España no es.
Pero la lista de guardianes de las esencias patrias con árboles genealógicos exóticos no termina en tierras castellanas. En las filas de Vox, el partido que pretende expedir los certificados de "español fetén", nos encontramos con fenómenos de la nomenclatura como Hermann Tertsch, cuyo nombre y apellido suenan indudablemente a tapa de migas en el poniente almeriense. O Javier Ortega Smith, que combina un rancio abolengo militar con un "Smith" que parece extraído directamente de una serie de televisión sobre la América profunda. Ambos, ejemplos de españolidad: el uno no renuncia a la germanización del nombre, y el otro no lo hace a su doble nacionalidad... pero ellos sí son "mucho" españoles.
Si descendemos al terreno de la provincia, Almería conoce bien a Rocío de Meer, diputada en el Congreso por esta circunscripción. Su apellido, de Meer, de clara influencia flamenca (pero no de los fellah mecú, aquellos campesinos sin tierra que dieron origen al arte flamenco andaluz, sino a los flamencos de Países Bajos), resulta de lo más curioso cuando se defiende con tanto ahínco la homogeneidad identitaria frente a lo exterior. Y si miramos al secretario general de su partido, Ignacio Garriga, resulta que su segundo apellido es Vaz de Concisao, de origen afro-portugués. Muy español, pues tampoco da la impresión de que sea.
Con este panorama, cabe preguntarse: ¿Quién decide quién es español? ¿Consiste la españolidad en tener una visión del Estado exclusivamente de extrema derecha? ¿Por qué Rocío de Meer o Ignacio Garriga son españoles de pura cepa, merecedores de todas las prioridades nacionales habidas y por haber, mientras que chavales con apellidos como Yamal o Mohamed, nacidos y criados en el poniente almeriense, que trabaja de sol a sol, son extranjeros sospechosos? Si nos ponemos exquisitos con la pureza heráldica y buscamos los orígenes del apellido de Santiago Abascal, más de uno en su parroquia se llevaría una sorpresa de tintes "morunos" que dinamitaría sus propios esquemas mentales. El mito de los ocho apellidos vascos o catalanes se cae por su propio peso cuando se pasa por el tamiz de la realidad histórica de la Península Ibérica.
Lo de Mariano Rajoy habría quedado en el enésimo chascarrillo de un jubilado ilustre si no fuera porque su partido ha abierto de par en par las puertas institucionales a quienes pretenden clasificar a los ciudadanos por su árbol genealógico. Y ya que nos ponemos a fiscalizar apellidos y lealtades al Estado, no estaría de más recordar al mismísimo rey emérito, Juan Carlos I de Borbón. Nació en Roma, ostenta un apellido de indiscutible origen dinástico francés y, para colmo del patriotismo fiscal, elude el pago de impuestos. Quizás los repartidores de carnés de españolidad deberían empezar por ahí su examen de pureza, antes de seguir midiéndole el cráneo a las personas.