Opinión

Cuando sonaron las campanas

Ignacio Ortega | Jueves 16 de julio de 2026

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He pensado mucho estos días en esas campanas que sonaron en Los Gallardos y Bédar. Después de siete mil hectáreas arrasadas, más de mil seiscientos desalojados y trece muertos, uno busca una imagen para explicar lo ocurrido. Y vuelve a ellas. En este tiempo de satélites, algoritmos y teléfonos que saben dónde estamos, la alarma más antigua volvió a sonar: las campanas atravesando el humo.

Al terminar la misa en Turre, el párroco Víctor Fernández vio que el hilo de humo inicial era ya una columna sobre Los Gallardos. Corrió a voltear a rebato las campanas de San José. Una misión antigua: avisar mientras el fuego corría por los barrancos y el cielo adquiría el color sucio de las catástrofes.

Las llamas avanzaron hacia Bédar. El viento, antiguo traidor de los veranos almerienses, cambió de dirección y cercó cortijos. Su alcalde, Ángel Collado, no contemplaba el incendio desde un mapa lleno de puntos rojos. Tenía un pueblo. Y un pueblo es otra cosa. Concejales y vecinos corrieron a Santa María de la Cabeza. Sonaron a rebato sus dos campanas. El fuego había viajado de un pueblo a otro. También el miedo.

Los teléfonos no sonaron; las campanas sí. No por nostalgia, sino porque el pasado tuvo que salir al rescate. Los técnicos alegarán que el fuego era imprevisible, pero habrá que explicar, sin hogueras políticas, por qué el sistema ES-Alert permaneció en silencio.

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Mientras tanto, los alcaldes estaban allí. Francisco Miguel Reyes, de Los Gallardos, atendiendo a los desalojados; Ángel Collado, de Bédar, puerta por puerta; Pedro Ridao, de Antas, adelantándose al fuego; Domingo Ramos, de Lubrín, abriendo su pueblo a quienes llegaban con el humo pegado a la ropa. Qué pequeñas parecen las siglas cuando arde el monte. Un consejero conoce un municipio sobre un mapa; un alcalde sabe quién vive detrás de cada ventana.

Pero hubo puertas a las que ya nadie pudo llegar. Trece vidas perdidas. Nadie les dijo por dónde huir. Para ellas no habrá primavera capaz de cubrir de verde esta ceniza. El monte volverá. Bajo la costra negra latirá una raíz, pero las ausencias ya no brotarán.

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