Opinión

Es solo fútbol

Rafael M. Martos | Martes 21 de julio de 2026

Vayan por delante mis disculpas a los pacientes lectores, pero reconozco que sigo sin alcanzar el nivel de iluminación metafísica necesario para entenderlo. Me refiero, cómo no, a la febril insistencia en politizar los eventos deportivos, especialmente cuando alcanzan la máxima magnitud posible: un Mundial de fútbol. Ahora que España se ha coronado campeona, la marea de discursos cruzados inunda las tertulias en cualquiera de los sentidos que se quiera manifestar. Sin embargo, la terca realidad insiste en permanecer exactamente donde estaba antes del pitido final.

Lo cierto, lo real y lo auténtico es que, por mucha estrella que se borde en la camiseta, el panorama político y social no sufre la más mínima mutación.

Para disgusto de algunos y alivio de otros, que los veintiséis seleccionados hayan levantado la copa no impide que Pedro Sánchez siga siendo el presidente del Gobierno. El país despierta al día siguiente con la misma composición parlamentaria; los partidos nacionalistas e independentistas conservan intacta su enorme fuerza política y su capacidad de negociación en el Congreso de los Diputados. La euforia colectiva no altera un solo escaño. La gente seguirá votando lo que vota, independientemente de la nueva estrella.

De igual modo, quienes defienden una opción republicana se ven obligados a digerir la estampa del rey Felipe VI ejerciendo como jefe del Estado en los palcos presidenciales, entregando condecoraciones y acaparando flashes. El orden institucional del Estado no se inmuta por un gol en el descuento. Nada ha cambiado en la estructura del poder, ni nada va a cambiar en la vida cotidiana de la ciudadanía porque se gane un torneo. Un Mundial, despojado de su mística de consumo masivo, realmente no representa ningún giro histórico para la sociedad.

No cambió absolutamente nada desde el punto de vista político cuando se ganó el mismo campeonato hace dieciséis años, en aquel lejano 2010, ni cambia cuando se conquistan las Eurocopas. Sinceramente, resulta difícil comprender esa urgencia por patrimonilizar la victoria, de la misma manera que sería incomprensible politizar una derrota.

Mientras media población se desgañita admirando y aplaudiendo a veintiséis millonarios en pantalón corto, las economías domésticas siguen sujetas a las mismas inercias de antes del torneo. Los salarios continúan congelados en la misma casilla y las dificultades para llegar a fin de mes no se evaporan con el confeti.

Si descendemos al terreno de la geografía local, el contraste es todavía más sangrante. La provincia de Almería carecía de una conexión ferroviaria digna antes del campeonato y sigue exactamente igual ahora. Ningún triunfo deportivo ha acelerado las obras del Corredor Mediterráneo ni ha traído la alta velocidad a la provincia, un territorio históricamente postergado en los planes de infraestructuras estatales y arrinconado en el sureste de Andalucía. La desconexión ferroviaria almeriense no se soluciona con balones de oro.

El ámbito sociológico del equipo también deja en evidencia los discursos más encendidos de la ultraderecha. Mientras ciertos sectores insisten en la retórica de la "prioridad nacional" y el repliegue identitario, la realidad de la selección estatal ofrece un espejo incómodo para sus dogmas. Vemos el indiscutible protagonismo del torneo recae en Lamine Yamal, un joven cuyo padre es de origen marroquí. Y qué decir del ataque se complementa con Nico Williams, un futbolista negro y orgullosamente vasco que admira a su madre descalza cruzando el Sahel, para persistente sorpresa de quienes aún manejan conceptos decimonónicos de la identidad, o la defensa central cuenta con la solvencia de Robin Le Normand, un jugador nacido en Francia y posteriormente nacionalizado español.

Esta es la composición del éxito del país: una muestra indiscutible de una sociedad diversa, plural y multicultural. La ficción teórica de la homogeneidad étnica choca de frente con la alineación titular que esos mismos sectores se ven forzados a jalear.

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Resulta ridículo observar el empeño por encajar el resultado en el relato partidista. Por un lado, están quienes pretenden encumbrar a Pedro Sánchez como el talismán de la suerte del deporte estatal; por el otro, quienes aseguran que la plantilla ha sabido sobreponerse al supuesto "gafe" del presidente del Gobierno.

Toda esta sobreinterpretación ideológica del deporte rey es, en el fondo, un ejercicio profundamente absurdo. El fútbol es capaz de ofrecer entretenimiento y cohesión efímera, pero es completamente estéril a la hora de transformar las realidades económicas, políticas y estructurales de la sociedad.

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