Opinión

Los últimos de la fila

Antonio Fernández Compán | Viernes 31 de julio de 2026

Cuando algunos representantes de los colectivos sociales unen sus fuerzas y reafirman su compromiso con la provincia de Almería y su futuro no es raro que se encuentren atrapados por la indiferencia de una notoria mayoría de los almerienses que no sólo desprecian esas iniciativas reivindicativas, sino que miran con recelo a quienes se han ‘atrevido’ a tratar de representarlos ante los poderes públicos.

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Hace diez años que se constituyó en Almería la Mesa en Defensa del Ferrocarril, una ya larga trayectoria que en este tiempo ha dejado oír su voz, ha puesto en entredicho el interés de las administraciones y de sus representantes políticos y ha conseguido algunos resultados, parciales pero resultados, para intentar que nuestra provincia tenga, cuanto menos, unos servicios ferroviarios similares a los de otros muchos territorios y no pierda el tren que conduce al futuro de las infraestructuras del transporte.

La pelea es con esas administraciones, con las instituciones que conforman el consorcio de sociedades encargadas de articular los territorios y atender la justa reivindicación de mejoras para que Almería no luzca con tanta frecuencia como es la tónica actual, los peores servicios ferroviarios del país, en cantidad y en calidad. Y por supuesto con una clase política que, en decenas, cientos de reuniones y contactos a todos los niveles, han mostrado una conmovedora coincidencia con el análisis de la Mesa del Tren y con los objetivos que desde hace una década airean.

Si esa coincidencia es sincera, ¿por qué no intensifican su pelea por conseguir que nuestros trenes dejen de ser los más lentos del país, nuestras vías las más viejas, nuestros trenes los más antiguos (en muchas ocasiones productos de desecho que se han ‘jubilado’ en otros trayectos por obsoletos) y los más caros atendiendo a los tiempos de viaje, que superan las siete horas y media para viajar a Madrid (casi el doble de lo que tarda un coche) o las cinco horas y media para ir a Sevilla.

Quizá el verdadero problema haya que buscarlo en esa indiferencia que se observa en los propios almerienses que, estando básicamente de acuerdo en que tenemos unos servicios ferroviarios que incluso empeoran los que teníamos sesenta o setenta años atrás, no aportan el impulso necesario para que las inversiones públicas mejoren un modo del transporte que en toda Europa e incluso en ‘casi’ toda España, se considera una garantía de futuro en la era del transporte intermodal y la descarbonización.

Puede que tal indiferencia se derive del atávico pesimismo que ha lastrado las lícitas expectativas de los almerienses a lo largo de la historia. Parecen no creer que son tan españoles como el resto, que deben o deberían gozar de los mismos derechos, ya que ciertamente tienen todas las obligaciones que el resto de los ciudadanos de este país, incluyendo el ‘religioso’ para de impuestos de toda índole.

Desgraciadamente somos una provincia que, para bien o para mal, nos hemos acostumbrado a ser los últimos de la fila, hemos perfeccionado hasta la desesperación el arte del conformismo y los únicos debates que alentamos y compartimos son los que se mantienen acodados en las barras de los bares, donde el llanto es más privado y, sobre todo, más inútil a efectos de conseguir nuestros anhelos.

Con frecuencia criticamos a nuestros representantes políticos por su inacción en un tema de tanta relevancia como el de dotar a la provincia de unos servicios ferroviarios, marítimos o aéreos que nos equiparen con nuestros vecinos españoles y europeos pero, bien pensado, ¿por qué les exigimos a ellos ese empuje, ese rigor y esa combatividad que el conjunto de la ciudadanía no muestra? Evidentemente un mejor sistema de transporte que combine las mejores prestaciones de cada uno de los modos, desde la carretera al tren, desde el avión a los barcos, no es un capricho de unos cuantos iluminados sino que debería ser la fórmula adecuada para que nuestra agricultura, nuestro turismo o nuestra conectividad con otras regiones y otros mercados no pierdan una competitividad que, pese a todo, hemos sido capaces de mantener activa durante muchos años.

En el fondo estamos en un túnel sin salida (más allá de los famosos túneles tapiados en la zona de Los Arejos) y lamentablemente no podemos mirar sólo a los despachos donde se toman las decisiones y se reparten las inversiones. Deberíamos mirar un poco hacia adentro, hacia las actitudes de una inmensa mayoría de almerienses que parecen estar conformes con que los almerienses sigamos siendo los últimos de la fila, que consideran que esta pelea no va con ellos, por más que los tiempos estén cambiando y ya se ponga la voz de alerta para aquellos que, como nosotros, estamos perdiendo una oportunidad histórica para dar un nuevo salto hacia el futuro.

Dicen que el Siglo XXI será el del triunfo de la logística, el del reto por la sostenibilidad y el de la batalla contra el cambio climático. Dijo a mediados del pasado siglo el ingeniero francés (y antiguo presidente de la Sociedad Nacional de Ferrocarriles Franceses (SNCF), Louis Armand que el ferrocarril “será el modo de transporte del Siglo XXI si logra sobrevivir al Siglo XX”. Resulta obvio que tenía razón, salvo en el caso de Almería ya que, al menos por el momento, nuestra provincia aún está estancada en la primera mitad del pasado siglo. Tan lamentable como cierto.

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