En la física clásica existen leyes inmutables: la gravedad atrae las cosas hacia la tierra, la luz viaja a casi trescientos mil kilómetros por segundo, Pedro Sánchez no adelantará elecciones, y el ministro del Interior del Estado, Fernando Grande-Marlaska, jamás va a dimitir. Podría caer un meteorito en la Subdelegación del Gobierno o desmoronarse el sistema institucional por completo, que el titular de la cartera de Interior seguiría atornillado a su sillón con la misma firmeza con la que ha acompañado al presidente Pedro Sánchez durante toda su trayectoria en el Ejecutivo central.
La asunción de responsabilidades políticas en el Estado español se ha convertido en una disciplina extinguida. La demostración más reciente de este fenómeno roza el esperpento trágico. Tras los episodios vividos en la frontera de Ceuta, donde miles de personas cruzaron el perímetro fronterizo en una marea humana orquestada desde el país vecino, el propio ministro reconoció sin inmutarse que los mecanismos de aviso no anticiparon la maniobra. O lo que resulta todavía más inquietante: quizás la advertencia del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) existió y en los despachos del ministerio prefirieron no darse por enterados.
En cuanto el gobierno marroquí decidió dar por concluido el pulso diplomático y restablecer el control, la masa de ciudadanos magrebíes regresó por su propio pie, evidenciando la intencionalidad del episodio. Mientras tanto, en la provincia de Almería, acostumbrada a mirar al mar y a sufrir las consecuencias directas del descontrol en las rutas del Mediterráneo occidental, se contempla la escena con estupefacción. En cualquier estructura administrativa con un mínimo de rigor, una grieta de seguridad de semejante magnitud o la inacción deliberada del Ejecutivo ante un fallo de inteligencia desencadenaría ceses inmediatos.
Sin embargo, el guion marcado desde Madrid no contempla esa casilla. Si el CNI falló y no informó, el problema en la seguridad del Estado es mayúsculo. Si informó y ni Pedro Sánchez ni Fernando Grande-Marlaska actuaron, la negligencia es imperdonable. Pero el saldo de explicaciones se liquida siempre con silencio. No dimitirá el ministro, ni pagará la cúpula de la inteligencia, ni asumirá el coste político absolutamente nadie. El sillón de Grande-Marlaska sigue resultando ignífugo ante cualquier crisis, confirmando que la responsabilidad política es un concepto que solo se exige a los demás.