Opinión

Esperar ya no basta

Ignacio Ortega | Martes 04 de agosto de 2026

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Hace unos días, mientras tomaba un café, escuché a un hombre decir algo durante una conversación sobre los trenes de Almería. Desde entonces no he dejado de darle vueltas a aquella frase: “¿Y para qué sirve protestar?.”. Nadie de los que compartían café y tostada con el respondió. Uno de ellos levantó los hombros y, enseguida, alguien cambió de conversación mientras el camarero servía los cafés. Pero fue precisamente esa indiferencia lo que más me llamó la atención.

Basta asomarse cualquier mañana al andén de la estación. Los viajeros miran el panel electrónico con la misma naturalidad con la que uno consulta la temperatura. Si aparece un retraso, casi nadie protesta. Alguno suspira, otro llama para avisar de que llegará más tarde y la vida continúa. Ya casi nadie pregunta qué ha pasado.

Lo verdaderamente grave no es que el tren tarde más de siete horas en llegar a Madrid mientras el coche apenas supera las cinco. Lo grave es que ya no nos parezca escandaloso. Hemos terminado aceptando que lo excepcional forme parte de la rutina. Y cuando una ciudad convierte una anomalía en costumbre, el retraso deja de medirse en minutos y empieza a medirse en resignación.

Esa resignación no formó parte del carácter de esta tierra. Hubo un tiempo en que Almería no esperaba a que las cosas llegaran. Las hacía llegar. Hace un tiempo hablaba con un agricultor de El Alquián, y me dio a entender que Almería no siempre fue una ciudad resignada.

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Me contaba que en los años setenta para sacar los primeros pimientos tenían que cargarlos en un camión que se quedaba atascado cada dos curvas porque la carretera era poco más que un camino de piedras y barro. No llamaron al Ministerio. Se bajaban tres del camión, empujaban, y seguían. No esperaron a que llegara la carretera perfecta para ponerse a sembrar. Sembraron, y la carretera tuvo que llegar después. “Esa es la Almería que nos hizo”, concluyó

Almería acumula una colección de promesas que forman parte de su paisaje. Cada pocos años el Ministerio de Transportes presenta un nuevo calendario para el Corredor Mediterráneo y ADIF convierte cada plazo incumplido en una nueva previsión. Después aparece otra explicación, otro aplazamiento y otra inauguración que vuelve a quedarse en el futuro. Lo preocupante no es que las administraciones incumplan. Cada nuevo calendario se parece demasiado al anterior. Cambian las fechas, pero la sensación de provisionalidad sigue siendo la misma.

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Hace años que la Mesa del Ferrocarril convoca concentraciones para reclamar unas comunicaciones dignas. Un martes de la semana pasada, a las siete de la tarde, apenas reunió a medio centenar de personas. Mientras tanto, cientos comentaban la noticia desde el móvil. No era falta de información. Era otra cosa. Es la sensación de que protestar ya no cambia nada. Quizá ahí esté el verdadero problema. Durante demasiado tiempo los almerienses hemos celebrado como conquistas lo que en otros lugares se considera un derecho, como por ejemplo, unas comunicaciones dignas, unas infraestructuras acordes con el peso económico de la provincia o unas inversiones que lleguen cuando hacen falta y no cuando ya llegan tarde.

Vuelvo de vez en cuando a aquella conversación de la cafetería. A ese hombre que preguntó para qué sirve protestar y al silencio que vino después. Nadie discutió con él. Nadie intentó llevarle la contraria. Quizá porque todos pensaban lo mismo. Y, sin embargo, cuesta encontrar una ciudad que haya cambiado gracias al silencio de sus vecinos. Las mejoras siempre empezaron el día en que alguien dejó de aceptar que aquello era lo normal.

Antes de despedirnos, aquel agricultor me dijo: «Si me hubiera quedado esperando la carretera, todavía estaría esperando». Tal vez ahí estaba la respuesta a la pregunta que escuché aquella mañana en la cafetería. Protestar no garantiza que las cosas cambien. Callarse tampoco. Quizá esta ciudad empiece a avanzar el día que dejemos de considerar normal llegar siempre los últimos.

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