Opinión

¿Qué pasará por la cabeza de Mohamed VI?

Rafael M. Martos | Miércoles 05 de agosto de 2026

Vivir a este lado del mar de Alborán, en una provincia como Almería que mira fijamente al norte de África, permite asistir a la política internacional con una platea de primera fila. A veces, la geopolítica no se mide en los solemnes tratados firmados con estilográfica en los despachos de Bruselas, sino en la desesperación que empuja a miles de personas a saltar una valla o tirarse al agua. Y ahí salta la pregunta inevitable, mordaz y casi filosófica: ¿qué carajo pasará por la cabeza del rey Mohamed VI cuando observa a sus propios súbditos salir corriendo de su país a la menor oportunidad?

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Para ser honestos y rigurosos con los hechos, el propio monarca alauí tampoco parece sentir una pasión desmedida por residir de forma permanente en su territorio. Es de sobra conocido el gusto de Mohamed VI por las estancias prolongadas en París o en sus castillos en Francia o incluso en otros territorios de África, lo que convierte en algo casi comprensible que, si ni el propio jefe del Estado quiere estar allí, entienda perfectamente que sus súbditos piensen exactamente lo mismo. El episodio acaecido en Ceuta —donde miles de personas, muchas de ellas jóvenes e incluso menores, cruzaron la frontera masivamente en cuestión de horas ante la calculada pasividad de las fuerzas marroquíes— no fue solo un pulso diplomático al Estado español encabezado por el presidente Pedro Sánchez. Fue, sobre todo, una radiografía brutal del colapso social interno de Marruecos. Y aun cuando existen órdenes de retorno o presión policial, son miles los que prefieren merodear sin rumbo en la ciudad autónoma antes que regresar al supuesto «paraíso» alauita.

Es el ejercicio de amnesia que practican ciertos patriotas de pandereta cuando analizan estos fenómenos de éxodo masivo. No hay que viajar muy lejos en el tiempo ni en la geografía. ¿Qué pasaría por la cabeza del dictador Francisco Franco cuando miles de españoles tenían que meter cuatro trapos en una maleta de cartón y abandonar sus pueblos y ciudades para irse a Francia, Alemania o Suiza? Quitemos de la ecuación por un instante a quienes huyeron por motivos estrictamente ideológicos y políticos tras la Guerra Civil; hablemos únicamente de aquellos que emigraron empujados por el hambre atroz y la falta de futuro bajo la autarquía franquista, o incluso cuando comenzó la tímida apertura. España, convertida entonces en un Estado emisor de mano de obra barata, vivió en sus carnes la misma tragedia de la desesperanza.

¿De verdad un monarca absoluto o un jefe de gobierno puede sentirse orgulloso de un país cuyo principal producto de exportación son sus propios jóvenes? Esa es la gran paradoja del Marruecos moderno. Mientras el régimen promueve la imagen de una potencia emergente, con grandes inversiones e infraestructuras, la realidad a pie de calle es implacable: millones de marroquíes han abandonado el país en las últimas décadas buscando la dignidad de un trabajo que su tierra les niega. En una provincia como Almería, donde la mano de obra migrante es pilar fundamental del tejido productivo, se conoce bien la otra cara del mapa. Se conocen las historias de quienes prefieren jugársela en una patera antes que permanecer en un régimen que les ofrece boato regio pero ningún plato en la mesa.

Qué triste y demoledor debe ser para cualquier gobernante tener que admitir implícitamente que la única forma de presionar a los vecinos continentales o aliviar la presión interna es abrir el grifo del éxodo de su propia gente. Si esa es la visión que Mohamed VI tiene de un «gran país», el concepto de grandeza tiene un problema serio de definición. Pero claro, cuando el rey observa cómo su pueblo huye en estampida hacia la frontera del Estado español, probablemente solo piense en organizar su próximo viaje a Europa. Al fin y al cabo, él y sus súbditos comparten exactamente la misma prisa por salir de allí.

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