Opinión

Conocer a Blas Infante

Rafael M. Martos | Martes 11 de agosto de 2026
Este 11 de agosto se conmemora una vez más el trágico asesinato de Blas Infante Pérez de Vargas, reconocido institucionalmente como el Padre de la Patria Andaluza. Sin embargo, si nos paramos a reflexionar con honestidad, llegamos a una conclusión inevitable: a día de hoy, Blas Infante sigue siendo un gran desconocido para la inmensa mayoría de los andaluces. A pesar de que en las últimas décadas se ha escrito profusamente sobre su figura, la distancia entre el personaje de cliché político y el hombre real no ha dejado de agrandarse. Conocer a Infante en su verdadera dimensión es indispensable para entender no solo nuestra historia moderna, sino también los vicios de nuestro debate político actual.

Blas Infante representa el ejemplo básico y más desgarrador de lo que significaron los inicios de la Guerra Civil española. Fue un hombre pacífico, un notario meticuloso y un intelectual comprometido que actuó siempre estrictamente dentro del marco de la ley y de la legalidad constitucional republicana. Su detención el 2 de agosto de 1936 y su posterior fusilamiento en la madrugada del 11 de agosto —apenas tres semanas después del intento de golpe de Estado del 18 de julio que acabó en guerra por la resistencia de la mayoría de los españoles a la sublevación— nos demuestran una realidad incuestionable: no era, en absoluto, una figura irrelevante.
Los sublevados actuaron de inmediato contra él porque sabían del peso moral, social e intelectual que su voz tenía en toda Andalucía, no tanto por sí mismo, como por la oleada de andalucistas que ya comenzaban a expandirse por todo el territorio hasta el punto de poner sobre la mesa del Congreso nuestra autonomía.
La persecución alcanzó cotas de un absurdo jurídico revelador cuando en mayo de 1940, casi cuatro años después de haber sido fusilado sin juicio en la carretera de Carmona, el Tribunal de Responsabilidades Políticas de la dictadura dictó una sentencia condenatoria contra él a título póstumo por actividades políticas desarrolladas durante la Segunda República; conductas que eran plenamente legales cuando él las ejercía, pero que el nuevo régimen tipificó como delito de forma retroactiva para justificar la incautación de sus bienes y estigmatizar su memoria. Esa sentencia era imprescindible también para que sus asesinos no corrieran el riesgo de ser acusados precisamente de eso, de asesinos.

Hablar del desconocimiento de Infante es hablar también del desconocimiento de su vasta obra superviviente. Quienes reducen su legado a un mero boceto simbólico ignoran, por ejemplo, el profundo interés y la sensibilidad que demostró hacia la provincia de Almería. En sus análisis sobre la cuestión agraria andaluza, Infante puso el foco de atención en la extrema precariedad de nuestra tierra, denunciando con crudeza los salarios misérrimos de los jornaleros almerienses, a los que identificó como los más castigados y desfavorecidos de toda el país. Asimismo, en su labor de investigación sobre la memoria histórica andaluza, rescató la figura legendaria de Tahir Al-Hor —también conocido como Tair de Gádor, por la sierra almeriense de la que procedía—. Infante situaba a este personaje en el siglo XVII, vinculándolo directamente a la conspiración de 1641 liderada por el duque de Medina Sidonia para sublevarse contra la Corona castellano-aragonesa y el gobierno del Conde-Duque de Olivares por el incumplimiento de las libertades y tratados con el territorio andaluz. Según los escritos de Infante, Tahir Al-Hor actuó en alianza con Medina Sidonia intentando movilizar a los moriscos para recuperar los derechos perdidos, llegando a enarbolar la bandera verde y blanca, una enseña que ya había ondeado en la alcalzaba almeriense, pero también en otros territorios y épocas, y que él asimiló a la paz y la esperanza.

Más allá de las disputas teóricas o históricas, Blas Infante fue una persona profundamente buena, educadora y comprometida con el bienestar de sus conciudadanos y de los animales, como dejó bien escrito y ejemplificado. Su bonhomía era tal que, en el momento de su detención por los falangistas (una milicia ajena al orden republicano, o lo que es lo mismo, una pandilla de matones envalentonados) en su casa de Coria del Río, vecinos también falangistas, e incluso comunidades religiosas de la zona —como las propias monjas del entorno a las que solía dar donativos— intentaron interceder por él y defender su integridad ante las autoridades, sabedoras de que jamás había hecho mal a nadie. Infante no buscaba la confrontación, sino la redención social de nuestro pueblo a través de la cultura y la educación, dedicando toda su vida a investigar la historia andaluza y a fundamentar una teoría política sólida sobre nuestra identidad, siempre basada en el humanismo y la justicia social.

Existe una regla no escrita en el debate público: cuanto menos se conoce a una figura histórica, más fácil resulta manipular su memoria. Y con Blas Infante se ha hecho un uso y desuso caricaturesco desde todos los extremos del espectro político. Desde un lado, hay quienes lo denigran presentándolo burdamente como un separatista peligroso o un islamista radical, retorciendo de forma malintencionada sus viajes de estudio e investigación cultural por el norte de África. Desde el otro, se le intenta desfigurar convirtiéndolo en un revolucionario comunista, encasillando su pensamiento en esquemas dogmáticos que él jamás profesó, mientras otros prefieren limarle todas las aristas para dejarlo en un inocuo regionalista de catálogo.

A esta distorsión se suma el oportunismo de la política cortoplacista, donde resulta llamativo ver cómo ciertos sectores que en el pasado mostraban una total indiferencia hacia esta efeméride —aprovechando las fechas de agosto para desconectar y marcharse de vacaciones a comer pulpo a Galicia— hoy se erigen en guardianes de su memoria y acusan airadamente al gobierno andaluz de ningunear su figura, omitiendo intencionadamente que ha sido precisamente la administración autonómica actual la que ha destinado mayores recursos económicos y de apoyo institucional a la Fundación Blas Infante.

Este 11 de agosto no debe servir para tirarse la figura de Blas Infante a la cabeza entre partidos políticos. Debe servir para leerlo, para conocer su obra y para recordar a un hombre bueno que pagó con su vida el delito de amar a su patria y defender la dignidad de sus trabajadores. Solo combatiendo el desconocimiento seremos capaces de rescatar su verdadero legado.

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