Opinión

Pipas para un eclipse

Rafael M. Martos | Jueves 13 de agosto de 2026
Ayer tarde, 12 de agosto de 2026, las playas de la provincia de Almería ofrecían una estampa que resumía a la perfección la paradójica esencia de la especie humana. Pasadas las siete y media, con el inicio del eclipse solar que cruzó la península Ibérica de oeste a este, miles de personas abarrotaban la arena desde El Zapillo hasta Cabo de Gata para contemplar un espectáculo celeste que no se producía en este territorio de forma tan notable desde hace más de un siglo. Sin embargo, mientras la Luna comenzaba su tránsito para ocultar gran parte del disco del Sol —alcanzando cerca del 85% de cobertura en la capital almeriense sobre las 20:38 horas, justo antes del ocaso de las 21:04—, junto al rumor de las olas resonaba otro chasquido incesante y masivo: el de cientos de personas masticando pipas serenamente mientras clavaban la mirada en el astro rey a pecho descubierto, sin gafas de protección, sin filtros homologados y sin el más mínimo pudor fisiológico.

Mira que las autoridades sanitarias y organismos científicos como el Instituto Geográfico Nacional (IGN) se han hartado de repetirlo por tierra, mar e internet hasta la saciedad. Se nos explicó por activa y por pasiva que la retina carece de receptores de dolor y que el verdadero peligro del eclipse sobreviene, con amarga ironía, precisamente cuando la penumbra engaña a la vista. Al percibir oscuridad ambiental, la pupila se dilata de par en par; sin embargo, la radiación ultravioleta e infrarroja continúa incidiendo con la misma potencia devastadora, abrasando el tejido ocular en cuestión de segundos. Pero nada: la pedagogía científica chocó frontalmente con la indomable costumbre rebeldes en las pamplinas y sumisos en lo relevante. Allí estaba parte del personal en la orilla, pelando la pipa con una mano y haciendo visera con la otra, mirando fijamente al centro del sistema solar como quien comprueba si viene el autobús urbano. Hay gente para todo, qué duda cabe.

Esta insólita obstinación por mirar directamente al sol sin medir los daños colaterales devuelve una enseñanza de corte más irónico, aplicable a la escena política que vivimos en Andalucía. Y es que colocarse voluntariamente «cara al sol» —con o sin camisa azul en el ideario— entraña riesgos irreversibles de los que conviene tomar nota. En el ámbito autonómico, tras la formación en julio de 2026 del nuevo Gobierno de la Junta de Andalucía bajo la presidencia de Juanma Moreno, la integración formal de Vox en la coalición autonómica —otorgando cuotas de poder a dirigentes como Manuel Gavira en los acuerdos institucionales y cargos de responsabilidad— representa precisamente el riesgo de quemarse. Hay quienes en el Palacio de San Telmo parecen fascinados por la posibilidad que tienen de seguir cuatro años más en el Gobierno, ignorando que la radiación de esas políticas ultraconservadoras termina por cegar los derechos sociales del conjunto ciudadano. Exponer a la sociedad al achicharre de esos discursos creyendo que «tampoco quema tanto» es el equivalente político a quitarse las gafas de protección en pleno pico de radiación.

Por fortuna, si algo nos demuestra un eclipse es que la ciencia y la realidad tangible siempre acaban poniendo a cada uno en su sitio. En los días previos al fenómeno, las redes sociales se convirtieron en un hervidero de disparates y profecías catastróficas propias de épocas oscurantistas y medievales. Abundaron los iluminados que anunciaban el colapso inminente de las redes de telefonía móvil, la repentina inutilización de los dispositivos electrónicos o calamidades variadas por el simple hecho de que la Luna interpusiera su masa frente al Sol. Toda esa marea de superchería volvió a quedar en ridículo público ante la impecable precisión del cálculo astronómico. La mecánica celeste demostró que no hay conspiraciones que valgan, dejando en evidencia, de paso, al estrambótico colectivo del terraplanismo. Si la Tierra fuera un plano estático en lugar de una esfera achatada, las geometrías de las sombras en los eclipses sencillamente no encajarían. Que la Tierra es esférica es algo que intuían y demostraron sabios de la antigüedad como Aristóteles o Eratóstenes midiendo sombras en Alejandría. La confianza en la ciencia no es una opinión; es una necesidad básica frente a los profetas de la estupidez.

Ahora bien, entre la rigurosidad científica y el alarmismo institucional media un abismo. Resulta inevitable preguntarse si no ha existido cierta dosis de exageración en el gigantesco despliegue de seguridad activado a nivel del Estado. La movilización de más de 24.000 efectivos de la Guardia Civil, cerca de 9.000 agentes de la Policía Nacional y un dispositivo extraordinario articulado por la Dirección General de Tráfico (DGT) sugería más bien los preparativos ante un inminente aterrizaje alienígena en las calles de la provincia de Almería o en los accesos a los observatorios de Calar Alto y Gérgal, antes que un evento astronómico perfectamente predecible. Nadie niega la importancia de la prevención vial en carreteras de montaña; pero desplegar semejante músculo como si el cosmos fuera a declararnos la guerra resulta, cuando menos, excesivo.

Tras la polvareda en redes sociales, los avisos de tráfico y el despliegue policial, el eclipse se consumó, el astro rey se ocultó tras el horizonte marino y la vida continuó exactamente igual. Nos quedan dos certezas empíricas tras esta jornada: que la ciencia no falla por más que bramen los agoreros, y que siempre habrá alguien dispuesto a comerse un cartucho de pipas mirando de frente al peligro sin pestañear.

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