Desde la franja costera de la provincia de Almería, donde el mar Alborán recuerda a diario que las tensiones del norte de África no son teoría de despacho sino realidad geográfica, el teatro político del Estado vuelve a regalarnos una función de cinismo verdaderamente memorable cuando contemplamos cómo los sectores de la izquierda institucional, aquellos que suelen sufrir urticaria cada vez que Felipe VI pronuncia una palabra más alta que otra o se desliza un milímetro en sus intervenciones sobre el 1-O, descubren de pronto las virtudes taumatúrgicas de la Corona.
Cuando la situación en Ceuta se complica y las fronteras del Estado se ven desbordadas por la presión diplomática y migratoria de Marruecos, la incoherencia del Ejecutivo alcanza cotas sublimes. Quienes exigen a diario apartar al monarca de cualquier resquicio de la vida pública piden ahora, sin pestañear, que sea Felipe VI quien descuelgue el teléfono y llame a Mohamed VI para apagar un incendio que el propio Gobierno de Pedro Sánchez ha sido incapaz de gestionar. La estrategia es cristalina: si la diplomacia gubernamental fracasa, que sea el Rey quien saque las castañas del fuego; eso sí, en cuanto amaine la tormenta, se le volverá a recordar amablemente que la Constitución lo prefiere mudo.
Como postura republicana, el malabarismo resulta tan descarado como entretenido. Sin embargo, para redondear la paradoja, se pretende activar la supuesta eficacia de esa diplomacia de sangre que la Casa Real lleva décadas cultivando con el reino vecino. Conviene no perder la memoria histórica: Juan Carlos I llegó a calificar públicamente a Hassan II como «mi otro padre», mientras que Felipe VI mantiene el tratamiento protocolario de «hermano» hacia Mohamed VI. Confiar en que los lazos afectivos entre dos dinastías vayan a resolver los pulsos estratégicos entre dos Estados es de una ingenua candidez, máxime cuando la estabilidad es la que está en juego.
La maniobra se reduce a derivar la responsabilidad hacia Zarzuela para tapar las grietas de Moncloa mientras tanto, observamos cómo la coherencia se ahoga en el Mediterráneo, demostrando que en la política de moqueta los principios son un bien totalmente moldeable según apriete el calor de la crisis de turno.