Opinión

Excesos de la Feria

Rafael M. Martos | Jueves 27 de agosto de 2026
No voy a entrar a desgranar el asunto de los excesos que recientemente terminaron provocando la dimisión de un concejal del Ayuntamiento de Almería, por muy apetecible que resulte la anécdota en el sainete político municipal. El exceso que hoy nos ocupa es de una naturaleza bastante más rutinaria e insidiosa: la desmesura hiperbólica y el abuso del superlativo que rodea, como cada mes de agosto, a la Feria de Almería.

Si algo confirma cada edición festiva en esta provincia es que el viejo refrán no yerra: cada uno cuenta la feria según le va en ella. Admitiré de entrada, y sin el menor rubor, que este año no he pisado el recinto ferial. No suelo hacerlo por una razón tan sencilla como incontestable: no me gustan las ferias y ya he explicado en otras ocasiones las razones. No me gusta la de la capital almeriense, ni las del resto de Andalucía, ni las de cualquier otra latitud. Sin embargo, no hace falta mancharse los zapatos de albero para analizar el grotesco teatro del adjetivo en el que se convierte la política local durante estos días.

Para el equipo de gobierno encabezado en esta ocasión por la alcaldesa María del Mar Vázquez, la feria en curso es, sin margen de duda, «la mejor de la historia», como todos sus predecesores se afanaron en asegurar entonces, los del PP, pero también antes los del PSOE. El guion institucional es inalterable: siempre es la más participativa, la más inclusiva, la que más impacto económico genera en los negocios locales y la que ostenta la oferta cultural más deslumbrante jamás concebida, la de mayor apuesta por la tradición...

En el lado opuesto del salón de plenos, la oposición despliega con idéntico entusiasmo el catastrofismo de manual. Para sus portavoces, la participación roza siempre el desastre, la relación con los feriantes es un conflicto permanente y el precio de los «cacharricos» se califica de atraco a mano armada. Si el consistorio amplía las horas del mediodía, se denuncia la tortura acústica a los vecinos; si se restringen los horarios, se clama al cielo por recortar el derecho de la ciudadanía a disfrutar.

Entre la arcadia feliz de unos y el apocalipsis de otros, la realidad transcurre con la aburrida evidencia de que la fiesta deja tras de sí una empalagosa montaña de adjetivos descalibrados. A partir del lunes lo veremos.

TEMAS RELACIONADOS: